Pecados Capitales 3

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Carla estaba convencida de que la visita de su hermana sólo traería inconvenientes a su vida tan pulcramente organizada. Ella vivía en Buenos Aires desde hacía siete años y, recibida ya de psicóloga, vivía sola en un departamento reciclado de San Telmo. Aunque no tenía novio, sostenía regulares relaciones sexuales con circunstanciales parejas aleatorias que la ayudaban a liberarse de tensiones pero que no la comprometían en lo absoluto. La llegada de la quinceañera amenazaba con modificar sus costumbres y, además, no estaba segura de cómo lidiar con una adolescente doce años menor que ella y a quien no veía desde que era una pequeña desdentada.

Sin embargo, y a su pesar, la muchachita la había sorprendido en dos aspectos; no sólo no era una pueblerina ignorante sino que sus conocimientos culturales superaban lo que ella imaginara y, físicamente, distaba de ser una niña, lo que la desubicaba, ya que la desenvoltura con que manejaba su exuberancia había colocado en ella un interés no habitual.

Definitivamente, las mujeres no la atraían, pero había un algo en su hermana que la hacía conspicuamente licenciosa; sin proponérselo, emanaba tal sexualidad latente, una lascivia tan naturalmente profunda, que sus gestos descarados y su cuerpo desbordante la hacían deseable. Algo que no podía manejar atraía irresistiblemente sus ojos y la hacían mirarla con pensamientos de lúbrico deseo e, inexplicablemente, no hacía nada por evitarlo.

Aquella noche le fue difícil conciliar el sueño. Recurrentemente, la imagen de la despampanante Lucía rondaba su mente y sin quererlo, se la imaginaba allá, en el pueblo pequeño, sin otra compañía que la de su padre. A pesar de no ser una estúpida, la falta de la madre debería de haberla puesto a disposición del primer hombre que se le cruzara y la consolidada opulencia de su cuerpo junto con sus desmañadas maneras le demostraba que la muchachita no sólo no era virgen sino que debía ser una entusiasta practicante del sexo.

Cuando por la mañana la interrogó con toda la discreción que su profesión le proporcionaba, Lucía, con franca desfachatez rayana en la grosería, no sólo admitió haber mantenido sexo con más de un muchacho sino que hasta comenzó a darle detalles escabrosos sobre su habilidad para practicar el sexo oral casi desde el mismo momento de convertirse en mujer. Sorprendida por el grado de degradación sexual de su hermana a tan temprana edad, trató de restarle importancia a sus confesiones y, para romper el hielo, la invitó a acompañarla al mínimo solario que había instalado en el patio de la casa.

Complacida por el refugio que los altos muros sin ventanas de los departamentos vecinos ofrecían al lugar, la muchacha se quitó el vestido y con la confianza que le daba la presencia de su hermana mayor, se instaló en una de las grandes reposeras, desprendiéndose del corpiño y la trusa con toda naturalidad.

El cuerpo de la muchachita superaba con creces cualquier especulación que ella hubiera realizado y los adjetivos de maravilloso, excelso, majestuoso, exquisito, espléndido y soberbio se quedaban cortos para expresar tanta belleza.

La combinación del todo lo hacía glorioso; unos centímetros más baja que ella, la estructura resultaba proporcionalmente perfecta. La piel, que exhibía en su totalidad un suave dorado que demostraba su afición a solearse desnuda, era tersa y traslúcida como el alabastro y el torso desplegaba la exuberancia de los senos que, gordezuelos y oscilantes, no eran caídos y se mantenían erguidos.

Su cúspide estaba cubierta por rosadas aureolas que sostenían la oscura dureza de unos pezones cortos y gruesos que mostraban en su centro la profundidad del agujero mamario. Debajo de la caja torácica que insinuaba las costillas, surgía una meseta de fuertes músculos que formaban en su centro una especie de cañadón. Superando al pequeño ombligo, se adentraba en la suave comba del bajo vientre hundiéndose luego hasta la huesuda elevación de un Monte de Venus poblado por un recortado triángulo velloso y la entrepierna mostraba la ranura casi imperceptible de la vulva. Las largas piernas, torneadamente esbeltas, daban sustento a las fuertes caderas destacando la contundencia de los redondeados glúteos.

Alelada por la revelación de aquel cuerpo sublime en una niña que recién alcanzaba los dieciséis años, tardó unos segundos en reaccionar. Contradictoriamente, se sentía intimidada por su hermana menor e, indecisa, se despojó del corpiño con cierta renuencia. Aunque su inconsciente estaba ansioso por hacerlo, mostrarse totalmente desnuda delante de otra mujer le produjo un cosquilleo de excitada vergüenza pero la indiferencia de aquella la tranquilizó y se relajó bajo de los rayos del sol.

Observó atentamente como la muchacha esparcía sobre todo su cuerpo la pátina oleosa del protector solar que le alcanzara y cuando ella se dio vuelta para recibir la tibieza del sol en las espaldas, Lucía se acuclilló a su lado y solícitamente comenzó a ponérselo sobre la piel. Por primera vez en su vida sentía las manos de una mujer en su cuerpo e instintivamente se crispó, pero inmediatamente la ternura de los dedos fue esparciéndose por todos sus músculos y con voluptuoso deleite fue abandonándose a la caricia de su hermana.

Su largo cuerpo tostado se aflojó y Lucía se acomodó arrodillada sobre la larga reposera entre sus piernas abiertas. Dejando caer sobre las espaldas una cierta cantidad del protector, comenzó un masaje de una lentitud exasperante con ambas manos a lo largo de la columna vertebral. Los largos dedos de recortadas uñas se escurrían remolones por su piel encendida, masajeando y sobando la carne que parecía derretirse en medio de los trémulos suspiros agradecidos de la mujer mayor. Nunca nadie, jamás, la había acariciado de esa forma y seguramente su predisposición física y mental la nutría de una expectante delectación.

Su hermana centraba ahora toda su atención en las piernas; contorneando los fuertes músculos desde los mismos tobillos y ascendiendo gratamente por los muslos, los dedos se esmeraron sobre la contundencia de las nalgas. Cuando finalizó con aquello, las usó para apoyar el contundente trasero y estirándose sobre sus espaldas, le masajeó hombros y brazos mientras, en su ir y venir, los senos colgantes acariciaban con sus pezones la piel abriendo surcos de oscuros deseos en su pecho. Ese pulposo contacto ponía una tumultuosa nube de mariposas en el vientre de Carla y de sus labios entreabiertos surgía un gemido de anhelante histeria en la insoportable espera de que algo se concretara, cuando la muchacha salió de encima suyo y la ayudó a darse vuelta.

Aunque cada día era más frecuente escuchar de sus pacientes la confesión de tendencias homosexuales o relaciones lésbicas, la ignorancia personal la habitaba pero, instintivamente, allá en el fondo de su subconsciente, un llamado atávico la compelía a desear el sexo con aquella niña que se le antojaba maravillosa. Mojando con la lengua sus labios resecos por la emoción y asiéndose con las manos alzadas al respaldar del asiento, aguardó con los ojos cerrados y los dientes clavados en el labio inferior la arremetida de Lucía. Eso no se produjo como ella esperaba, sino que la chica se acuclilló encima, desparramando un poco del protector sobre su vientre.

Sobando uno a uno esos músculos, presionando rítmica y suavemente el abdomen, la indujo a profundizar la hondura de su respiración y cuando ya Carla jadeaba abiertamente, las manos se dedicaron a estrujar la exaltada carne de los senos para luego concentrarse en las aureolas con el raer de las uñas. La mujer ondulaba su cuerpo agitando la pelvis con premura en un simulacro de histérico coito cuando los dedos ciñeron sus pezones e iniciaron una suave torsión que se incrementó conforme ella se crispaba.

La boca de la muchacha se enseñoreó del vientre y la lengua fue deslizándose en círculos sobre él, sorbiendo el sudor acumulado entre las oquedades para abrevar en el diminuto lago formado en el ombligo. Sádicamente, fue incrementando el retorcimiento y la presión de las uñas en la carne hasta que, acalambrada por la angustia, Carla prorrumpió con francos sollozos de pasión en un estrepitoso estallido del goce más profundo para luego derrumbarse desmadejada cuando el precoz alivio de su torrente vaginal la alcanzó.

La chiquilina acercó el rostro y ofreció sus labios al beso de la hermana mayor que aun acezaba fuertemente entre los dientes apretados por la intensidad de la eyaculación. Ella no era multiorgásmica pero, encendida como nunca lo estuviera con hombre alguno, la lengua de Carla salió de entre los labios generosos y escarbó delicadamente las encías de la niña, lo que instaló unas cosquillas profundas que le trasmitieron un fuerte escozor a los riñones. Inconscientemente su cuerpo se arqueó rozando las carnes ardientes de Lucía y conmovida por ese contacto, dejó que sus manos buscaran las nalgas para atraerla fuertemente contra sí. Los labios se unieron en dulcísimos besos de fogosa pasión y pronto estaban estrechadas en apretados abrazos mientras respiraban ruidosamente por los hollares dilatados y las manos no se daban abasto para recorrer las carnes con histérica urgencia.

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Los suaves dedos de la jovencita, provistos de cortas y afiladas uñas, comenzaron a deslizarse sobre todo su cuerpo rozándolo apenas con mínimos rasguños. La suavidad de la caricia predisponía gratamente a la piel, haciendo que el cuerpo de Carla se agitara con beneplácito pero cuando rozaba ciertas partes como aureolas, pezones, ombligo o la entrepierna, una descarga punzante la penetraba por la columna, explotando en su nuca.

La sensación era única e inédita y un tropel de caballos salvajes parecía habitar el cuerpo de la mujer que se arqueaba y ondulaba violentamente estremecida por el placer. Acompañando ese frenesí, Lucía acrecentaba el rasguño de los filos en rojizos surcos ardientes y cuando su hermana estalló en aullidos de goce, separó la tela de la mínima bombacha y fue penetrando lentamente el sexo. La aspereza desconocida de las uñas contra las carnes de la vulva puso un ronco bramido de temeroso asentimiento en boca de Carla y al tiempo que la mano iniciaba un rítmico vaivén sobre la entrada a la vagina, se dio envión con los brazos para acrecentar el ríspido roce.

Cuando la muchacha fue penetrándola con tres dedos, Carla creyó enloquecer de placer y poniendo todo el peso de su cuerpo en las piernas apoyadas a cada lado del asiento, se arqueó y corcoveó con violencia hasta que la fuerza de otra eyaculación la alcanzó, derrumbándose desmayadamente entre violentos espasmos vaginales y agónicos estertores de su garganta reseca por la pasión.

Nunca había experimentado dos eyaculaciones seguidas en tan corto tiempo y todavía yacía crispada, balbuceando entrecortadas frases de complacencia mientras sus ojos se encharcaban con lágrimas de agradecimiento, cuando la boca de Lucía se asentó en la apertura dilatada de la vagina sorbiendo con sus labios la húmeda manifestación de sus jugos. La punta engarfiada de la lengua envarada penetró tan hondo como pudo y rastrilló las febriles carnes que, en un reflejo animal, se contraían y dilataban en lento movimiento expulsando los restos de sus aromáticos caldos uterinos junto a fragantes flatulencias vaginales.

Luego y mientras la mujer se recuperaba en medio de murmullos de mimoso placer, la lengua volvió a recorrer los mojados pliegues hinchados por la inflamación. Los dedos abrían esas retorcidas aletas carnosas que se mostraban dilatadas e hinchadas hasta la desmesura y la punta afilada las excitaba en lenta maceración. Recorría curiosa las satinadas carnes del óvalo, se agitaba vibrátil sobre la suave depresión del meato y escaramuceaba en la escondida cabeza del clítoris.

Otra vez los gemidos ansiosos de Carla ponían de manifiesto su excitación y entonces, Lucía se arrodilló junto al torso hundiendo la boca entre los labios jadeantes de su hermana quien, al sentir el gusto de su propio sexo, se aferró a la nuca para profundizar el beso. Girando casi imperceptiblemente, la muchacha se colocó invertida sobre ella y animándola lascivamente a que la imitara en todo, comenzó a deslizar su boca por el cuello, lamió con gula las colinas gelatinosas de los senos y se agitó tremolante sobre el promontorio de las pulidas aureolas. Simultáneamente una mano sobó suavemente las carnes y los dedos aprisionaron dulcemente al pezón que, ante ese estímulo, volvió a erguirse.

Ya de nuevo excitada, Carla había seguido el consejo de su hermana y la boca inexperta repetía los movimientos de la otra. La tersura de la piel y el tibio calor que emanaba le hacían experimentar cosas inimaginadas. El fondo del vientre borbotaba como un caldero hirviente y una inexplicable sensación de vacío se instalaba en su pecho. Cuando la boca se asentó sobre los sólidos senos que oscilaban frente a su cara, supo que se aprestaba a vivir algo que, maravilloso o terrible, modificaría definitivamente su sexualidad. Golosa y angurrienta, su boca se abrió para engullir literalmente la dilatada aureola rosada. Un saber primitivo la llevó a chupar y estrujar entre sus labios esa excitante superficie y la lengua se acopló a esa tarea tremolando ávidamente sobre el grueso pezón.

Sin prisa, con lentitud exasperante, disfrutando mutuamente de un goce inefable, se enfrascaron durante largo rato en la hipnótica tarea de sobar, lamer, estrujar, chupar y mordisquear los pechos. A Carla todo aquello le resultaba excitantemente nuevo y confirmaba sus presunciones de estar accediendo a un tipo de sexualidad que la satisfacía como nunca antes la heterosexual lo hiciera. Una mano de Lucía había abandonado los pechos y tras rascar sobre los fuertes músculos de su vientre, hurgaba los suaves vellos del Monte de Venus, recorriendo los la vulva hasta más allá de la vagina, acariciando el perineo y excitando tiernamente los fruncidos esfínteres del ano.

Aquello provocaba un fuerte escozor en los riñones y nuca de Carla que, involuntariamente, había comenzado un suave menear de la pelvis y recibió alborozada el contacto de los dedos de la muchachita sobre los labios mayores de la vulva que ya había incrementado su volumen. Muy lentamente, aquella había ido desplazando su boca para recorrer aviesamente el transpirado surco del vientre y traspasado el ombligo, abrevaba reiteradamente en las canaletas de las ingles para luego escarbar la alfombrita velluda y recalar finalmente en la caperuza que protegía al clítoris.

Las sensaciones de placer eran tan intensas que Carla había cerrado los ojos para disfrutarlas profundamente pero un algo instintivo la llevó a abrirlos para encontrar frente a ellos la entrepierna de Lucía y enfrentó con una mezcla de curiosidad y repulsa lo que nunca hubiera imaginado desear de tal manera.

Jamás había visto un sexo de mujer de esa manera, tan próximo a su cara que debía parpadear para poder mantener el foco. En realidad, el único sexo femenino que conocía era el suyo y eso mismo, casi sólo a través del tacto. Un aroma agridulce que conocía pero al mismo tiempo ignoraba hirió su olfato y aquello, sumado a lo que la boca de su hermana ejecutaba en el sexo, la obligó a acercar la boca a aquellos pliegues ennegrecidos por la afluencia de sangre y la lengua rozó tímidamente la barnizada superficie.

El sabor que rápidamente invadió su boca la enajenó. Indice y mayor abrieron las carnes y ante sus ojos se abrió un espectáculo que no mucho tiempo atrás habría calificado de asqueroso pero que ahora le parecía profundamente excitante y maravilloso. Los labios externos de la vulva, hinchados, pulsaban dilatados y dejaban expuesta una masa interna de arrugadas exquisiteces carneas.

Las moradas tonalidades de sus bordes retorcidos se transformaban en rosadas para luego adquirir el nacarado tornasol del óvalo que cobijaba el orificio de la uretra y en la parte inferior, voluminosas crestas daban reparo al agujero de la vagina que le ofrecía la rojiza tentación de su caverna. La lengua tremolante recorrió esos pliegues mojados por los jugos que rezumaban desde la vagina y cuyo sabor la extravió. Alternándolo con el chupetear de los labios, se sumergió en un extravió de sensaciones encontradas ya que Lucía estaba sometiendo a su sexo a similar operación y el deseo de ser poseída se enfrentaba a un deseo desconocido de someter a la otra mujer.

Lucía había unido sus dedos y sin dejar de abrevar con su boca en la erección del clítoris, fue introduciendo lentamente, entrando y saliendo con morosidad pero cada vez un poco más adentro la agudeza de los dedos. Su consistencia y el arte con que la muchacha les imprimía un movimiento socavante en el que se estiraban y encogían rozando intensamente hasta los rincones más remotos del canal vaginal, provocaban que Carla ondulara sus caderas para adecuarlas al vaivén del coito mientras su boca se hundía con desesperación en el sexo de su hermana.

Convencida del placer que le estaba proporcionando y satisfecha por lo que esta realizaba en su sexo, la joven intensificó el vaivén rotativo de la mano, hundiéndola hasta que los esfínteres de la vagina le cerraron el paso a los nudillos. Esa sensación desconocida de dolor-goce enloquecía a la mujer y mientras impulsaba fuertemente la pelvis al encuentro de la mano que la martirizaba, su boca se adueño del clítoris de Lucía haciendo que los labios succionaran con fiereza y los dientes lo mordisquearon casi con saña. Su espesa saliva se entremezclaba con los cálidos jugos que manaban del sexo mientras fragantes vaharadas de flatulencias vaginales saturaban su olfato y así, en medio de los sonoros chupeteos y el ronco bramar de su garganta, hundió dos de sus dedos en la vagina de su hermana sometiéndola a un desenfrenado vaivén copulatorio.

Aquella había clavado sus dientes sobre la colina del Monte de Venus y en tanto los dedos de una mano penetraban salvajemente al sexo, la otra se deslizó por debajo de las nalgas. Rebuscando en medio de la hendedura colmada de líquidos que fluían de la vagina, halló la fruncida entrada al ano para luego ir hundiendo dos dedos en el recto. Aunque Carla no era afecta a la sodomía, tampoco se negaba a ella y los dos dedos conllevaban tal grado de satisfacción que se acomodó mejor para permitirle mayor radio de acción mientras sentía como la muchacha parecía querer devorar su sexo. Imitándola, retorció rudamente sus dedos en la vagina de la muchacha, provocándole tanto placer que esta, abriendo aun más sus piernas acuclilladas para facilitar el trabajo de su boca inexperta, comenzó la eyaculación de un orgasmo lento y profundo.

Carla estaba lejos de llegar a esa situación, pero era tanta la satisfacción que la mano le proporcionaba, involucrándola en un vendaval de sensaciones encontradas que, sin dejar de penetrarla con los dedos, recibió con delectación la abundancia de las mucosas que útero y vagina derramaban en su boca. En medio de gritos y rugidos, las mujeres se revolcaron sobre la reposera, con manos y bocas en un siniestro juego de caricias, rasguños, besos y lamidas hasta que el agotamiento pudo más y así, estrechamente abrazadas, fueron cayendo en un letargo del que saldrían fortalecidas, tiempo después.

 Historia enviada por Lisandro.

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Pecados Capitales 2 

Aquella no había sido una buena noche para Irina. En realidad, desde hacía bastante tiempo no tenía buenas noches. Últimamente se sentía rara. Una extraña incomodidad invadía su cuerpo y la sumergía en situaciones no deseadas.

Con la vista clavada en la cuadrícula que formaba en el cielo raso la luz azulada que entraba por la ventana, dio un repaso a su situación; hija de inmigrantes rusos, había llegado al país antes de cumplir dos años y se había asimilado a las costumbres argentinas. Obtenida su nacionalización, cursó estudios hasta terminar la secundaria y allí fue cuando sus padres, que no habían abandonado sus creencias religiosas ni las viejas tradiciones rusas, la comprometieron con un coterráneo, varios años mayor que ella.

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A pesar de su empecinada oposición inicial, tuvo que aceptar esa imposición y a los diecinueve años ya era madre de un varoncito. En realidad, Sergio resultó ser un buen marido y durante estos veinte años no había hecho otra cosa que mimarla y halagarla.

Sin embargo, una sensación de frustración se había hecho carne en ella durante el último año. Durante el festejo de los quince años de su hija menor y como una revelación, había cobrado conciencia de su propia juventud perdida. Educada en una severa religión que prácticamente le negaba todo por el sólo hecho de ser mujer, había aceptado sumisamente el matrimonio y pasó, sin más a ser adulta, parir, criar hijos y sostener las responsabilidades del hogar.

Por suerte, su marido no era observante de las tradiciones ni de la religión y, como buen porteño, la convirtió en “la patrona”. Debía de reconocer que con él había comenzado a disfrutar realmente de la vida, vivir en una buena casa, disponer con el tiempo de un auto para ella sola y conocer otros países con motivo de las vacaciones. También la había iniciado en el sexo, del que desconocía todo y hasta llegó a creer que formaban una buena pareja en la cama. No obstante, y no por culpa de él, últimamente las relaciones se le antojaban sosamente rutinarias y le costaba alcanzar los orgasmos con el entusiasmo y la frecuencia a que estaba acostumbrada.

A los treinta y ocho años y como si fuera una primeriza, una especie de vaginitis dolorosa le cerraba el paso al placer. Sus músculos internos se contraían rechazando al miembro de su marido quien no pensaba que era una enfermedad y a su edad, le resultaba grato sentir el roce de su sexo contraído.

Aunque no era afecta a los médicos, sentía que indefectiblemente debería de acudir a uno de ellos, cosa que dilataba para no tener la sorpresa de estar viviendo una menopausia prematura. Sus períodos eran cada vez más cortos y el flujo menstrual le parecía más pesado. En los momentos más inoportunos, la invadían como llamaradas calientes subiendo desde el vientre y rubores intensos cubrían su pecho y cara de cálidos sudores que rápidamente se convertían en escalofríos. Su cabeza y la corta melena solían cubrirse de transpiración mientras una sofocación extrema le llenaba el pecho acompañando las agitadas palpitaciones del corazón.

También su sexo experimentaba cambios, ya que las secreciones se habían reducido notoriamente con lo que la lubricación era insuficiente y al mostrarse menos elásticos sus tejidos, las penetraciones se le hacían dolorosas o, por lo menos, incómodas. Un síntoma que no había sufrido modificaciones e incluso se había incrementado, era su pertinaz y casi permanente excitación. Cada vez más seguido y cuando no lograba alcanzar el orgasmo con su marido, debía recurrir a secretas y solitarias masturbaciones para, por lo menos, conseguir eyacular.

Todo aquello la ponía nerviosa, la mantenía en vilo y, justamente, para superar esas súbitas depresiones y los sollozos o lloriqueos sin motivo, contradiciendo todas las indicaciones lógicas, había recurrido al auxilio del café. También fumaba en exceso y, cada vez con más frecuencia, tomaba algunos tragos de vodka ya que lo insípido de esa bebida no dejaba huellas en su aliento pero ignoraba que con ello contribuía a incrementar sus extemporáneos accesos de resplandeciente alegría o sus desconcertantes pérdidas de memoria.

Esa especie de auto examen y el sempiterno latir del fondo de sus entrañas la habían desvelado. Tratando de no despertar a su marido, salió de la cama y se dirigió en la oscuridad hacia la cocina. El característico parpadear de la televisión en la oscuridad la atrajo hacia el living y se disponía a entrar en él para apagar el receptor cuando alcanzó a divisar la figura de su hijo en la penumbra. Fijando la vista en las imágenes de la pantalla, tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir una exclamación de sorprendida iracundia.

Con una realidad que se le ocurría palpable, la imagen la mostraba a ella en toda su estupenda desnudez y realizando con su marido algunos de los actos más perversamente acrobáticos a los cuales habían sido aficionados devotos hasta no mucho tiempo antes. Ella creía que aquella grabación realizada subrepticiamente por su cónyuge en un hotel de Curitiba cinco años antes y que mostraba sin clemencia toda la profundidad de lo que su lubricidad la llevaba a cometer en una cama, ya no existía y no podía imaginar como había llegado a manos de su hijo.

Alucinada por la crudeza del salvajismo que exhibía el video y cuando sus ojos se acostumbraron a la semi oscuridad, vio la actividad febril de las manos de su hijo masturbándose con aquellas imágenes. Incapaz de reaccionar, se dejó estar mirando hipnóticamente la masturbación del muchacho que mascullaba obscenidades acerca de la virtud de su madre y sus condiciones innatas para la prostitución. Cuando aquel llegó al orgasmo mientras bramaba de satisfacción eyaculando en violentas escupidas del falo que escurrieron abundantes por su mano, se deslizó silenciosamente hasta su cuarto y penetrando en el baño, refrescó el ardor de su sexo durante largo rato sobre el chorro helado del bidet.

Por la mañana y luego de que su marido partiera para el trabajo conduciendo a Catalina al club, decidió tomar el toro por las astas y hablar con su hijo. Cuando entró al cuarto dispuesta a despertarlo, Matías se dio vuelta y al apartar las sábanas quedó al descubierto la impresionante carnosidad de su pene. Aun a pesar de su estado latente, la verga tumefacta era impresionante, con toda la apariencia de una larga y gruesa morcilla.

Tal vez a causa de los problemas hormonales y ginecológicos, de su voluntaria abstinencia sexual o por que nunca había tenido la oportunidad de conocer a otro hombre más que a su marido, quedó como fascinada por tan prometedora verga.

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Como en tropel, acudieron a su mente antiguas sensaciones de tan larga data como el mismo nacimiento de su hijo. Su propia naturaleza reservada y tal vez su juventud, la habían hecho acallar el placer que le provocara el juguetear involuntariamente con los genitales del pequeño, introduciéndolos en su boca y sorbiéndolos apretadamente en un remedo inconsciente de masturbación. También evocó como la fortaleza del chupeteó del bebé a sus pezones colocaba un desasosegante escozor en su entrepierna que, sin llegar a la intensidad de un orgasmo, mojaba satisfactoriamente su sexo, especialmente en el puerperio.

Tuvo que reconocer que ya en los últimos años, la intensidad de la masculinidad de su hijo y sin que ella se lo propusiera, con su mera proximidad, instalaba un cosquilleo animal y salvaje en sus riñones y sexo, obnubilando sus sentidos con un oscuro deseo primitivo. Nunca lo había hablado con otra mujer, pero suponía que esas llamadas ancestrales hacia sus cachorros eran comunes a las hembras, aun dejando de lado al famoso complejo edípico. Arrodillándose silenciosamente junto a la cama, estiró una mano y sus yemas, ligeras, rozaron apenas al miembro dormido. Humedeciendo los dedos con saliva, recorrió tenuemente la superficie del falo que, ante esa leve caricia, lentamente, comenzó a cobrar mayor volumen.

Sudorosa por las emociones encontradas que la inundaban y temerosa de que su hijo despertara pero obsesionada hasta la obnubilación por el tamaño preanunciado de la verga, acercó su boca a ella y recorriéndola ligeramente con su lengua vibrátil, la excitó con la inconsciente esperanza de verla en toda su envergadura. O bien el muchacho sabía disimular muy bien o realmente tenía el sueño pesado. Fuera como fuere, aquello entusiasmó a Irina, quién tomando al miembro entre sus dedos lo levantó cuidadosamente y la lengua pasó a escarbar la piel arrugada de los testículos, sorbiendo el acre sabor de sus sudores.

La mujer era consciente de la monstruosidad antinatural que estaba cometiendo, pero a la vez, un instinto de salvajes reminiscencias habitaba su cuerpo conmocionado y como cualquier hembra de cualquier especie, el celo primigenio la incitaba a copular. El pene había devenido en un rígido falo de regulares dimensiones que, mediante el lento chupeteo superficial a que ella lo sometía, engrosaba ostensiblemente. Enceguecida por el deseo y una palpitante llamarada que subía desde sus entrañas, encerró entre sus labios la cabeza del miembro y, chupándolo delicadamente, lo introdujo en la boca hasta alcanzar el delicado surco.

Abrazando la verga con la mano que resbalaba sobre la espesa capa de saliva, la sometió a una lenta masturbación mientras la lengua tremolante se esmeraba azotando la punta. Dejó que la baba que llenaba su boca escurriera a lo largo del tronco y fue introduciendo al pene hasta que le resultó imposible hacerlo más hondamente. Entonces, la boca retrocedió, succionando hasta que sus mejillas se hundieron por tanta fuerza y los dientes martirizaron la delicada piel del miembro. Ella se daba cuenta que Matías había despertado por la forma en que su cuerpo se había ido envarando y eso contribuyó a excitarla más, aunque no se atrevía a alzar los ojos para no enfrentar la mirada de su hijo.

 Labios y lengua no se daban abasto para recorrer la verga en toda su extensión y una mano se había dedicado con cruel dedicación a someter a un apretado vaivén la cabeza y el prepucio humedecidos. Cuando especuló por los sordos ronquidos que el muchacho estaba próximo a la eyaculación, envolvió a la verga con sus labios y la introdujo en la boca hasta que se le hizo insoportable. Al sentirla rozar el fondo de la garganta, retenía trabajosamente la arcada pero luego la retiraba lentamente en su totalidad, volvía a repetir empecinadamente la maniobra, y así una y otra y otra vez. Acompasándola con la mano, inició un vehemente ir y venir que finalmente tuvo su fruto en la impetuosa ola espermática que inundó su boca y que deglutió con deleite hasta la última gota.

Su hijo había despertado y, como enloquecido por ese sexo con el que había soñado tantas noches, se sentó en la cama. Avergonzada por lo que había hecho y en un sollozo culpable entremezclado con el intenso jadeo de su pecho conmovido intentó una medrosa actitud de escapar pero Matías la aferró con violencia de las manos y, doblándole las muñecas dolorosamente, la derrumbó despatarrada de costado sobre la cama. Sometiéndola con su peso, le arrancó a tirones la bata para después sacarle la bombacha por los pies y asiéndola por las caderas la obligó a girar la grupa.

Cuando quedó arrodillada, su boca golosa de hundió desde atrás en la hendedura que separaba las nalgas. La lengua endurecida buscó vibrátil la negra y fruncida apertura del ano y estimulándola durante unos momentos, fue descendiendo y pasando por el perineo se alojó finalmente en el palpitante agujero de la vagina. Su mano buscó el capuchón del clítoris y mientras la lengua envarada como un pene se introducía en el sexo recogiendo las mucosas que misteriosamente habían reaparecido, los dedos se afanaron en una circular maceración del clítoris y sus adyacencias.

Luego y mientras ella meneaba conmovida sus caderas en una fingida actitud de rechazo que sin embargo no concretaba más que en repetidas negativas, volvió con la lengua al ano y tres dedos de su mano ahusada penetraron la vagina, sometiéndola a un enloquecedor vaivén que puso en su garganta incontrolables gemidos de satisfacción. Cuando menos lo esperaba, sus entrañas se disolvieron en una indescriptible sensación de vacío, mientras sentía como sus jugos vaginales bañaban la mano de Matías y, excediéndola, se deslizaban en diminutos arroyuelos por los muslos.

Irina se sacudía todavía en débiles gestos de instintiva repulsa pero no podía reprimir los agradecidos gemidos de satisfacción y el hipar de su pecho estremecido se mezclaba con los borbotones de saliva que la ahogaban. Acostándola boca arriba y abriéndole bruscamente las piernas como si fuera una chiquilina, Matías se instaló entre ellas tomando la verga con su mano e Irina se tensó involuntariamente cuando la sintió alojada contra su sexo.

Iba a ser violada, poseída sexualmente por su propio hijo y lo terrorífico de esa circunstancia era lo que precisamente la excitaba más, induciéndola a encoger voluntariamente las piernas para ofrecer su sexo palpitante a la penetración. Sorprendiéndola por su habilidad en esas cosas, el muchacho hacía que el glande, elásticamente dúctil, escarbara sobre los tejidos mojados contribuyendo a la dilatación de la vagina y con pequeños remezones de la pelvis hundía la cabeza un par de centímetros para después sacarla y reiniciar el proceso.

Azorada por las urgencias que ese roce ponía en su mente confundida y subyugada por la experiencia inédita a que prometía someterla, alzó los brazos enganchando sus piernas debajo de las axilas mientras le murmuraba roncamente con grosera franqueza que la penetrara de una vez satisfaciendo su voluptuosa incontinencia.

Ahora que había conseguido lo que soñara por años, Matías estaba decidido a conducir a su madre a un goce tal que, dejando de lado todo tipo de prejuicios morales, se hundiera con licenciosa lascivia en una siniestra vesania sin retorno. Lentamente y desoyendo sus reclamos, continuó con el suave balanceó y cada vez, el falo iba penetrándola un poco más.

A medida en que era socavada, Irina cobraba conciencia de que aquel miembro excedía largamente en tamaño la verga de su marido. Las carnes apretadas del canal vaginal parecían negarse a aquella intromisión envolviéndolo con pulsantes contracciones pero su avance era tan inexorable como profundo. Con cada empujón y como un ariete majestuoso, el falo iba desgarrando sus tejidos a pesar de la lubricación de las mucosas que, ahora sí, alfombraban su sexo.

Cuando aun sólo su mitad estaba dentro de ella, el volumen superaba todo lo conocido y el dolor la hacía alzarse como para mitigar en parte el sufrimiento que, sin embargo, la remitía a un glorioso éxtasis. Acezando fuertemente con el pecho estremecido, mojaba con la lengua y mordía sus labios afiebrados, reclamándole a su hijo por mayor intensidad, alentándolo para que la penetrara más y mejor.

Con escalofriante maldad, aquel disfrutaba del dolor de Irina, dispuesto a prolongar su histérica angustia hasta volverla loca. Meneando la pelvis con sádica lentitud, sacaba la verga, extasiado ante la dilatación de los esfínteres vaginales y recién cuando aquellos volvían a contraerse, la metía nuevamente, arrastrando a su paso los colgajos de las rosadas aletas cuyos bordes lucían ennegrecidos. Ya la cabeza se abría paso en el estrecho cuello uterino, separando brutalmente la membrana cervical cuando aun restaban más de cinco centímetros por penetrar al sexo.

Extraviada por la intensidad del placer y apoyada firmemente en sus pies contra las sábanas, Irina se erguía en un arco perfecto y sacudía las caderas sintiendo como el monstruoso grosor del pene martirizaba la elasticidad de los esfínteres. Los efluvios fogosos del pecho resecaban su garganta y los gemidos se habían convertido en estertorosos bramidos de dolor-goce cuando sintió al glande golpear en el fondo de sus entrañas. El muchacho imprimía una tenue rotación a su cuerpo, haciendo que la cabeza socavara el endometrio y el útero se rebelara en espasmódicas contracciones que ponían en su cuerpo y mente una arrebatadora y soberbia expectación.

Finalmente y cuando toda ella respondía conmocionada al coito, él imprimió un vaivén acompasado a sus caderas y la penetración se le hizo sublime. Ansiaba que aquel tronco de espantoso volumen saliera de su interior y contradictoriamente, cuando este lo hacía, las carnes fatigadas extrañaban su ríspida presencia y el cuerpo se arqueaba en procura de la penetración. Como amalgamados en la cópula, se embestían mutuamente y la habitación se llenó con los gritos, ayes y gemidos de su ansiedad insatisfecha.

Ninguno de las dos había alcanzado el orgasmo y tampoco querían hacerlo, deseando que ese coito infernal se prolongara indefinidamente. Con infinito cuidado y casi imperceptiblemente, su hijo fue colocándola de costado, alzando una de las piernas contra su cuerpo y de esa manera prosiguió penetrándola, ahora con mayor intensidad. Luego de un rato de poseerla de esa manera, la hizo arrodillarse apoyada en los brazos extendidos y colocándose acuclillado detrás de ella, la penetró nuevamente pero esa nueva posición hacía que la verga entrara totalmente sin dificultades y las ingles del joven se estrellaran en aceitosos chasquidos contra sus nalgas. 

Estupefacta por la intensidad del placer que le proporcionaba, Irina comenzó involuntariamente a hamacar su cuerpo en tanto que por todo su cuerpo una intensa ola de calor ponía su sangre en ebullición manifestándose en una profusa sudoración que iba barnizándole la piel. Desde los riñones, emanaban agudos cosquilleos que subían a lo largo de la columna, estallando en su mente con fulgurantes destellos multicolores que la cegaban y extraviaban.

Mimetizados en un solo ser que palpitaba gozosamente en la misma frecuencia del placer, sentían crecer la abrasadora urgencia de sus entrañas mientras el muchacho continuaba penetrándola rudamente con un vigor que sería envidiable en un adulto. Finalmente, los malévolos duendes que rasguñaban sus músculos, consiguieron arrastrarlos hacía el caldero hirviente de su sexo y la liberación incontenible de la satisfacción la excedió.

Derrumbada por el alivio, hundió la cara en las sábanas a la espera de que su hijo coincidiera con su orgasmo pero ignoraba lo profundo de su siniestra malevolencia. Retirando el falo aun chorreante de sus jugos de la vagina, apoyó la cabeza sobre el oscuro ano y sin hesitar, fue introduciéndolo sin más en su totalidad al recto. La intensidad del sufrimiento puso un grito estridente en su boca y mientras sus uñas parecían querer destrozar las telas humedecidas, sus dientes mordieron rabiosamente la almohada para reprimir los alaridos.

Asido a sus caderas, el muchacho se impulsaba violentamente contra ella en un arco de espectacular poderío. Su cuerpo musculoso chorreaba ríos de transpiración y su boca exhibía una sonrisa diabólica de lúbrica exaltación. Al deslizarse la verga con mayor comodidad dentro de la tripa, Irina cesó en sus lamentos acomodándose al oscilar del joven y comenzó a disfrutar de esa sodomía que, por dolorosa, no le era menos satisfactoria.

Comprobado aquello por su voluntariosa oscilación, su hijo inició algo que los conduciría a una alucinante danza de escalofriante connotación orgiástica; sacando la verga del ano, volvió a penetrarla por la vagina mientras alucinaba con la vista fija en las profundidades del recto ampliamente dilatado. Con la lenta contracción de los esfínteres, el falo nuevamente los avasalló y entonces fue el turno de la vagina para exhibir la profundidad de sus rojizas carnes inflamadas.

Con cadenciosa y sañuda alternancia, la penetró salvajemente. Esa dual penetración volvió a encender la fogosidad innata de la mujer y así, acoplados en una sobrecogedora cópula de inefables sensaciones, se balancearon a compás durante un tiempo sin medida. Contagiada por aquella locura, salió de debajo de su hijo y arrastrándolo hasta un ángulo de la cama, lo hizo acostar boca arriba.

Luego se ahorcajó sobre él y penetrándose con la verga, inició una lenta cabalgata que, conforme Matías maceraba y chupaba sus senos, fue haciéndose más violenta. Flexionando fuertemente sus piernas, imprimió a su cuerpo tan vigoroso impulso que ella misma maldecía por la violencia con que la verga se estrellaba en sus entrañas pero, como poseída de una infernal ansia de autodestrucción, aceleró aquel vaivén hasta que se le hizo insoportable tanto placer. Finalmente, emitió un espeluznante bramido de satisfacción y, en violentos remezones de la pelvis, expulsó sus jugos en violentas contracciones que se convirtieron en los últimos embates del falo en su interior.

Saciada su incontinente e infame sed de sexo, se dejó estar sobre el muchacho y azorada por el solaz pletórico que le había proporcionado el brutal coito, fue hundiéndose en un glorioso éxtasis.

Alzándola contra su pecho, su hijo la arrastró hacia la cabecera de la cama, y mientras hundía la lengua en su boca, introdujo nuevamente la verga en su ano. Haciéndole encoger las piernas, la acuclilló sobre él con los pies clavados en las sábanas y, asiéndola por la cintura, imprimió a su cuerpo un movimiento de sube y baja por el que su miembro la penetraba tan profundamente que ella sentía a la cabeza del falo restregar dolorosamente el recto.

Aferrando sus manos sobre el respaldar de la cama y sacudiendo violentamente la pelvis, acompasó su ondular al de la penetración mientras Matías escarbaba con las manos en su sexo. Absolutamente deslumbrada por la intensidad del goce, cabalgó con arrebatada satisfacción al falo hasta que, sintiendo como sus entrañas parecían desgajarse, salió presurosamente de esa posición y arrodillada entre las piernas de su hijo, fue masturbándolo con vehemencia hasta que eyaculó su orgasmo mientras saboreaba en su boca con golosa fruición las delicias de aquel semen  prohibido.

 Enviada por Lisandro.

Como escribir un relato erotico ?

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En esta ocacion, Lisandro, nos ha enviado una exclente guia de como escribir un relato erotico:

como escribir una historia erotica

En los distintos sitios, he observado muchos relatos eroticos, escritos más con voluntad que conocimiento y este no implica sapiencia, sino ordenar las ideas sobre lo que se quiere contar, pensando cómo transmitirlo al lector sin que parezca una síntesis entrecortada de un buen polvo.

Primero, sea ficción o verdad, a esta hay que adornarla con detalles morbosos que conciten la atención e imaginación de lector y en la otra dejar volar la imaginación de cómo uno lo haría personalmente; segundo, no hay que ser tan directo como en una mala película porno donde ya se encuentran instalados en la cama y lo único que se ve es la felación o la penetración y a veces una sodomía que, si no tienen el condimento del mínimo detalle y expresiones faciales de sus protagonistas, resulta tan idéntica, repetida, común y aburrida como todo en el sexo.

Partamos entonces de una idea imaginaria y tomemos por ejemplo a una mujer, determinemos su edad de acuerdo a la opulencia física que queramos otorgarle o experiencia sexual que debe poseer, busquémosle una ubicación social, ubiquémosla en ella, establezcamos -de acuerdo a lo que tenemos pensado- si es soltera, casada o viuda, insatisfecha, abstinente o simplemente gustosa de aventuras.

Pensemos un sitio donde pueda darse esa relación, inesperada o buscada, creemos un clima de seducción y para llegar al momento culminante que terminará en lo físico, démosle un juego previo que normalmente solemos practicar con quienes no son unas simples busconas, juguemos con descripciones de labios lenguas, salivas y caricias, contemos detalladamente las cualidades de los senos, el vientre toda la zona erógena y finalmente la vulva y la riqueza de su contenido.

Luego y de acuerdo a nuestra experiencia propia o lo visto en videos, describamos el momento de la penetración con toda minuciosidad, desde lo físico o lo que experimenta cada uno de los protagonistas, alarguemos la concreción de las cosas, cuestión de que cuando sucedan, sean todo un acontecimiento para lo protagonistas, para  nosotros y especialmente para el lector, que es nuestro destinatario.

Con la computadora, no es necesario ser un experto en lingüística ni mucho menos y enriquezcamos nuestro vocabulario limitado por lo cotidiano, con el uso del diccionario instalado de sinónimos, la ortografía y la gramática o finalmente, recurramos al diccionario de la Real Academia que es un excelente referente sobre costumbrismos de otros países como el mío -Argentina-.

Jueguen con las ideas, no vayan al grano directamente, piensen y proyecten en otros sus fantasías, tanto si son mujeres como hombres, traten de poner en su mente cómo actuaría un integrante del sexo opuesto ante esas situaciones, qué experimentaría, si son hombres, qué les gustaría que hiciera una mujer y viceversa, sean imaginativos y tengan en cuenta que excita más lo indirecto que lo brutal, esto es, eviten nombrar las cosas por su denominación popular y grosera, la grosería no se lleva de la mano con lo sexual sino en lo más íntimo de nuestra mente.

Si no tiene conocimiento del nombre de ciertas partes del cuerpo humano, internet te brinda hasta el hartazgo ese material en la parte de anatomía médica, con disfunciones y reacciones glandulares u hormonales, sólo hay que saber buscar, ilustrarse y utilizar.

No soy un escritor en esencia, pero sí he capitalizado las formas de construcción de lo leído, me enorgullezco de mi variado lenguaje y casi todo lo que he escrito, ha sido ficcionado desde el conocimiento de las relaciones non santas de terceras personas, vecinos, parientes y otras, que imaginamos en compañeros laborales por su comportamiento y también algunas innombrables por mi proximidad familiar, pero ciertas sí, son de relaciones directas de las que me regodeo al describirlas, ya que manifiestan mi grado de perversidad al momento de ejecutarlas y eso forma parte indisoluble del secreto sadomasoquista que llevamos dentro aun sin saberlo.

Diviértanse, jueguen con palabras y situaciones, escriban y rescriban, reléanlo unos días después y, seguro, modificaran muchas cosas, eliminarán el exceso de comas, se darán cuenta que han ido cambiando el tiempo del suceso, llevándolo del pasado al presente y, si se les ocurre poner todo en primera personal del presente, se encontraran con el serio obstáculo qué es mantener la fluidez y por el otro no poder describir las sensaciones y pensamientos del otro.

En fin, esa es mi colaboración, porque veo buenas intenciones y ciertas puntas interesantes pero que están más resueltas…Suerte…Lisandro

Historia Erotica | Pecados Capitales Nº 1

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PECADOS CAPITALES Nº1

Sobre los campos agostados por el implacable sol de enero, la quietud de la siesta parecía haber fusilado a los habitantes del lugar. Sólo el zurrar monótono de las palomas torcazas ponía una nota melancólica sobre el paisaje. A unos quinientos metros de las casas, un derrame de verdor denunciaba la presencia de un arroyo. Como una cicatriz en la llanura, una serpenteante masa de árboles poblaba la cañada que excavaran las aguas.

Un grupo apretado de lacios sauces circundaba una pequeña depresión cubierta de tréboles que llegaba justo hasta la orilla y, a la sombra protectora de los árboles, acostados sobre una lona, se alcanzaba a divisar las figuras de un hombre y una mujer.

Si bien la definición del género los alcanzaba, sólo eran dos adolescentes. Miguel era un robusto muchachote de dieciocho años que, aficionado desde niño a los trabajos del campo, había desarrollado una musculatura fuera de lo común para su edad. Su estrecha relación con los rudos trabajadores de la estancia lo había madurado antes de tiempo y ya desde los catorce años frecuentaba el único burdel del pueblo, convirtiéndose en un aventajado alumno de las solícitas prostitutas, que no escatimaban esfuerzos para satisfacer al hijo del estanciero más poderoso de la zona.

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A pesar de esa experiencia o tal vez incentivado por el hecho de que fuera un fruto prohibido, desde el mismo momento en que había comenzado a desarrollarse, la muchacha que yacía a su lado lo tenía loco. Casi con indiferencia había asistido a los abultamientos que iban rellenando sus vestidos de niña pero cuando aquellos fueron ocupando los lugares que les correspondían, contempló estupefacto el crecimiento de los pechos, el estrecho adelgazamiento de la cintura y la consiguiente prominencia contundente de sus nalgas.

Con sus quince años recién cumplidos, Mariana era una típica chica pueblerina. Educada como correspondía en el único colegio religioso del lugar, o tal vez a causa de ello, había desarrollado un suspicaz rechazo por las monjas. En realidad y sin ella saberlo, cumplía con el ritual obligado de todas las muchachas del pueblo, hastiadas de la severa disciplina de las religiosas y su hipocresía. Entre las alumnas, era un secreto a voces la relación de la superiora con el párroco y la homosexualidad manifiesta de algunas hermanas que, sin embargo, calificaban de pecaminoso a todo lo que tuviera que ver con el sexo, al que nunca se nombraba dirctamente. Las muchachas encontraban en aquello un motivo para fastidiarlas, haciendo gala de sus virtudes físicas descaradamente y escandalizándolas con rumores de supuestos romances que sostenían con muchachos de la zona.

Sin embargo, esos esfuerzos las condujeron por caminos extraños y en su afán de inventar historias, habían caído en la lectura de libros inapropiados para su edad que, si bien las proveían de temas y léxicos eróticos necesarios, incentivaban sus fantasías más allá de lo prudente. Con los ojos perdidos en los rayos de sol que filtraban entre el follaje, se preguntó con temeraria expectativa cuando su cuerpo conocería las delicias del sexo que sólo conocía a través de la literatura.

Rubios, altos, elegantes y hermosos, los dos seres que yacían lado a lado sobre la loneta semejaban a modernos dioses de un Olimpo rural que parecían hechos el uno para el otro. Poniéndose de lado, Miguel clavó sus ojos en la grácil figura de Mariana y se conmocionó al contemplar la belleza de sus rasgos todavía infantiles. Extendió su mano y el dorso de los dedos se deslizó sobre la leve vellosidad de los brazos atezados por el sol, consiguiendo que la muchacha se estremeciera ante ese simple contacto.

Sintiendo como aquel leve roce colocaba en su entrepierna el calor de algo desconocido que la rondaba desde hacía un tiempo, cerró los ojos mientras su pecho acezaba entrecortadamente y de su boca surgía un leve gemido de ansiedad. Miguel se aproximó a ella y sus manos comenzaron a acariciar lentamente y con infinita ternura el rostro de la joven, recorriendo todos y cada uno de sus rasgos, una y otra, y otra vez. Paralizada por la emoción o lo insólito de esa caricia que anhelaba pero que esquivaba desde hacía tiempo, Mariana respondía a esos estímulos cerrando los ojos, confundida por los desmayados suspiros que emanaban de su boca en vaharadas de un perfumado resuello.

Observando como un irrefrenable temblor estremecía sus carnes, Miguel deslizó las manos por todo el cuerpo rozando apenas la liviana tela del vestido, consiguiendo que la niña se agitara como azogada, encogiendo sus piernas de manera instintiva y dejando que la amplia falda se arremolinara contra la grupa. Luego, con extrema delicadeza y como si fuera algo que debería de haber hecho hacía tiempo, desabotonó la larga hilera que cerraba la blusa para, despojándola parcialmente de ella, descubrir sus pechos temblorosos para comenzar a acariciarlos sobre la tersura del corpiño satinado.

Tan excitada como él pero con la naturalidad de lo cotidiano o inevitable, Mariana llevó las manos a la espalda y facilitándole las cosas, lo desabrochó. Entonces sus manos se apoderaron de los senos en una tierna caricia que paulatinamente fue convirtiéndose en un palpar y sobar que incrementaba su excitación. A pesar de eso, ella se mantenía semiparalizada por lo que consideraba la exhibición pública de su deseo y sólo el ardor que comenzaba a sentir en el bajo vientre le permitió relajarse.

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El brillo dorado de la piel se le antojó a Miguel como el de una refinada escultura de carne sólida y los pechos tenían la apariencia de grandes peras. En su vértice, un cono más oscuro denotaba las abultadas aureolas exentas de todo tipo de gránulos y los casi inexistentes pezones apenas asomaban puntiagudos en su centro. Aquel cuerpo todavía aniñado lo turbó y sintiéndose culpable, extendió una mano que se deslizó en leve caricia sobre el torso de Mariana.

Aquella comenzó a manifestar en susurradas palabras ininteligibles la efectividad de la caricia y cuando se inclinó sobre su cara, abrió los ojos, expresando la expectativa cerval del animal acosado, hipnotizado por la presencia del predador. Miguel se consideraba experimentado pero ahora se daba cuenta que estaba tembloroso, tan excitado como nunca lo estuviera con mujer alguna y acercó su boca a la de Mariana con la garganta reseca por la emoción de ese primer beso. La lengua surgió entre los labios mojando con su saliva cálida los de la muchacha y luego los rozó tímidamente con el interior húmedo de los suyos.

Ambos jadeaban cada vez más hondo y los labios, como negándose el acceso al placer, comenzaron a unirse en pequeños besuqueos casi esbozados que ninguno de los dos se animaba a convertir en besos. Como si fueran imanes, la misma tensión que los separaba los compelió a unirlos y entonces sí, como si se hubiera gatillado un disparador, las bocas se convirtieron en ventosas que succionaban y sorbían las espesas salivas que transportaban las lenguas inquietas.

A Miguel lo excitaba la certeza de estar sometiendo a una boca virgen y al parecer, igual circunstancia vivía la muchacha, ya que su boca obedecía ciegamente al instinto y se hundía en la mareante danza del deseo. Aferrando la cara arrebolada entre sus manos, recorrió todo el rostro con menudos besos para volver a hundir la lengua en la boca gimiente. Se abrazaron tiernamente, extasiándose durante un rato en el besuqueo hasta que la boca de Miguel se escurrió por el cuello hacia los puntiagudos senos. Cubriéndolos de minúsculos chupones y, mientras la mano sobaba suavemente la carnosidad del otro, la lengua se lanzó tremolante sobre la elevación pulida de la aureola, fustigando con dulzura la insignificancia del pezón.

Mariana trataba inútilmente de sofocar con una mano los gemidos que el placer colocaba en su boca en tanto que con la otra acariciaba la cabeza de él, incitándolo a proseguir con la succión y los lambeteos. Miguel estaba extasiado, contemplando como ante la acción de sus dedos y boca el pecho de la joven se había cubierto de un granulado rubor y de los senos endurecidos, al influjo de su lengua, brotaba la carnosidad oscura de los pezones. Los labios reemplazaron a la lengua y encerrándola entre ellos, fue succionando la cada vez más dura y erecta mama.

Involuntariamente, Mariana había comenzado a tensar su cuerpo e imprimía a la pelvis un insinuado vaivén que recordó a Miguel la finalidad última de su voluntad. Mientras sus labios y lengua exploraban la tierna piel del torso, una de sus manos se escurrió debajo de la falda buscando la entrepierna. Hallando el obstáculo de la bombacha, se escurrió por debajo del elástico hacia la espesa pelambre y escarbando en ella, rozó los labios de aquella vulva prieta.

Aquello pareció aumentar la crispación de la muchacha que gemía una tímida negativa y Miguel, tras alzarle la falda hasta la cintura, se instaló entre sus piernas encogidas que abrió. Separando con los dedos el refuerzo de la prenda íntima, la abrió ampliamente acercando la cara al pubis y sus hollares se dilataron excitados por el recio aroma que exudaba el sexo, hundiendo la nariz sobre el vellón de retorcido pelo y olisqueándolo con ansias mientras lengua y labios lo recorrían ávidamente.

No era la primera vez que hacia aquello y acostumbrado a disfrutar de ese tipo de sexo, estaba dispuesto a practicarlo con toda su experiencia en la joven. La apretada rajita de la vulva comenzaba a dilatarse y en su interior entreveía la abundancia de rosados pliegues. Traspasada la maraña pilosa, los dedos recorrieron los oscurecidos labios mayores y, tras comprobar que rezumaban olorosos humores vaginales, fue separándolos para dejar al descubierto la rojiza filigrana de otros pliegues semejantes a retorcidas aletas.

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Apartadas, estas dejaron ver la intensidad rosada del óvalo en el que se destacaba el meato que, en vez de ser un pequeño agujero, poseía una fuerte elevación con una generosa boca urinaria. Inmediatamente debajo, una delicada corona epidérmica rodeaba al apretado agujero de la vagina y en la parte superior campeaba el capuchón que protegía al clítoris.

Comenzó por cubrir toda la superficie interna y externa de diminutos besos que alternaba con furtivas lamidas tremolantes de la lengua y la sensación de que esas carnes se le ofrecían en una entrega total fue tan intensa, que la boca recorrió el sexo todo mientras lo chupeteaba denodadamente. Las manos de Mariana presionaban su cabeza contra el sexo y entonces la lengua, ágil y vibrátil como la de una serpiente se instaló sobre el triángulo carneo del clítoris azotándolo duramente mientras desde arriba lo excitaba con el dedo pulgar, viendo asomar su pequeña cabecita blancuzca.

En medio de los gemidos angustiados de la muchacha, la lengua se deslizó hacia el leve promontorio del meato y lo fustigó con saña ante los reclamos desesperados de Mariana. Abrazado a los muslos, dejó que la lengua se enfrascara flameante en los bordes de la vagina para luego penetrar con su punta afilada el agujero que ahora lucía dilatado. Las carnes se negaban a esa intrusión pero la lengua escarceó nerviosa sobre ellos, llevando los jugos a su boca y, muy lentamente, fue penetrando entre los tejidos.

Mariana había asido instintivamente entre sus manos las corvas de las piernas encogiéndolas casi hasta su cabeza y el sexo se alzaba casi horizontalmente, ofreciéndose palpitante a su boca mientras con voz acongojada le suplicaba que no cesara en tan maravillosa excitación.

Entonces Miguel unió sus dedos índice y mayor, introduciéndolos con cuidado en la vagina ante los ayes doloridos de la muchacha. Cuando la penetraron en toda su extensión, rascó suavemente todo el interior a la búsqueda de aquella prominencia que sabía enloquecería a Mariana. Encontrándola con facilidad en la cara anterior, fue estimulándola con las yemas de los dedos en lentos círculos y cuando Mariana dio evidencias de responder a la excitación por la forma en que su cuerpo iba arqueándose, aceleró el vaivén de la mano convirtiendo a los gemidos en broncos bramidos de deseo insatisfecho.

La muchacha sacudía frenéticamente su pelvis en un imaginario e instintivo coito y entonces Miguel empujó sus nalgas hacia arriba. Cuando el torso estuvo casi vertical con las rodillas junto a las orejas, comenzó a intercalar el vaivén de la penetración de tres dedos ahusados con un movimiento giratorio y la punta de la lengua excitó tremolante al ano, entrando decididamente en él.

Junto con grititos de jubilosa satisfacción, la muchacha estiró bruscamente las piernas para encerrar entre sus fuertes muslos la cabeza del muchacho, quien recibió en los dedos la descarga líquida de su alivio.  Mientras Mariana se relajaba luego del orgasmo tan anhelado como desconocido, la lengua de Miguel realizó un goloso periplo desde el ano hasta el clítoris, recogiendo el agridulce contento de sus entrañas.

Calmando los jadeos que sacudían sus flancos, se estrecharon en un apretado abrazo, las piernas enredadas en las piernas y Mariana sintió en los besos húmedos de Miguel el sabor de sus propios jugos vaginales. Mimosamente se acurrucó entre sus brazos y mientras él bajaba la boca y lambeteaba sus pezones, ella dejó que su mano se deslizara instintivamente hacia la entrepierna. Abriendo el pantalón, la introdujo hasta tomar contacto con el miembro que, aun húmedo y fláccido, se escurría entre sus dedos.

La lengua había sido reemplazada por los labios que ceñían al pezón mientras él lo succionaba apretadamente en tanto que los dedos de la mano se apoderaban del otro y estregándolo suavemente entre los dedos, lo retorcían tiernamente. El pene había devenido en un rígido falo de regulares dimensiones que mediante la lenta masturbación a que ella lo sometía, engrosaba ostensiblemente.

Un leve escozor comenzaba a martirizar el fondo de su vagina y acelerando el vaivén de la mano se revolvió en la loneta. Sabia de toda la atávica sabiduría femenina, con ese conocimiento innato que nadie enseña a los seres humanos pero que llevan grabado atávicamente en sus mentes, comenzó a lamer con angurria el tronco de la verga subiendo a lo largo de ella hasta que su lengua tremolante se introdujo debajo del recogido prepucio y fustigó al surco del grande.

Mientras él acariciaba sus pechos, Mariana introdujo la punta de la cabeza ovalada entre sus labios, sorbiéndola lentamente en un suave vaivén que preparaba a la boca para su dilatación total. En tanto los músculos de su quijada se acostumbraban a la insólita expansión a que la obligaba el pene, fue metiéndolo hasta que los labios rozaron su vello púbico y un atisbo de arcada la asustó.

Retirándolo lentamente mientras lo succionaba con las mejillas hundidas, volvió a masturbarlo rudamente con la mano y finalmente, su boca se adaptó al grosor que los pequeños dedos no alcanzaban a abarcar, comenzando con un vaivén que los enloqueció a los dos. Fuera de sí, chupaba con unas ansias locas mientras lo masturbaba velozmente resbalando en la saliva que se deslizaba de su boca hasta que, sintiendo en la lengua el sabor a almendras dulces del esperma, lo aferró prietamente mientras la lechosa cremosidad se derramaba en su boca.

Con los ojos y la boca entrecerrados, jadeaba quedamente con el cuerpo arqueado por la angustia del deseo insatisfecho cuando él posó levemente sus labios sobre los suyos que aun lucían restos del pringue seminal. Un gran suspiro de alivio y el relajamiento total de su cuerpo fue la respuesta a tan maravilloso toque y, cuando la lengua de él de deslizó tremolante dentro de la boca, la suya acudió presurosa a su encuentro.

Mezclando las salivas, se sumieron en una sesión interminable de besos, quejidos, murmullos de aceptación y jadeos hasta que él posó una de sus manos sobre los pechos, sobando primero y estrujando después. Sus dedos se cerraron alrededor del ahora erguido pezón y comenzó un leve restregar que se intensificó al tiempo que el cuerpo de ella respondía voluntariamente endureciendo las carnes.

La fricción se le hacía insoportablemente deliciosa y sus piernas se abrían y cerraban sin poderlas controlar. Miguel bajó un fragmento de la falda sobre el mojado sexo, envolviendo dos dedos con la tela para restregar vigorosamente las carnes de la vulva y aumentar con su aspereza el ardor de la irritación.

Entretanto, su boca picoteaba sobre las aureolas hasta que bramando como un toro, ciñó con los labios un pezón succionándolo con tanto fervor que la hizo prorrumpir en doloridos lamentos y entonces, acelerando el estregar de los dedos enfundados sobre el clítoris, encerró entre los dientes la carnosidad de la mama. Tirando de ella como si quisiera arrancarla, fue elevando su excitación hasta niveles indescriptibles mientras ella le pedía a los gritos que no cesara de hacérselo y, sintiendo el río de los jugos arrastrando en avalancha sus entrañas, una nueva eyaculación la invadió.

Como si la expulsión de esos líquidos hubiera incrementado su sensibilidad sexual, revolviéndose debajo de Miguel se abalanzó sobre su cuerpo. Nunca había estado con un hombre y arrancándole la camisa, la sola vista de su poderoso torso desnudo la alucinó. Sus manos no daban abasto acariciando las prominencias de sus músculos y la boca golosa acudió a chupar sus tetillas mientras una mano descendía hacia las espesuras del vello púbico buscando la fuerte rigidez de la verga. Aventurándose aun más allá, acarició cuidadosamente la rugosa textura de los testículos y subiendo otra vez por el falo, lo masturbó lentamente en procura de la erección total.

Su boca fue recorriendo los meandros que las venas dibujaban en el músculo y así, lamiendo y succionando la piel del tronco, llegó hasta la fragante selva de su pelambre enmarañada y, después de un momento, hundirse en ella para succionar la base del pene. Luego bajó hasta los testículos y, atrapándolos entre los labios, fue chupeteando y sorbiendo el acre sabor de la piel en tanto que la mano estregaba la monda cabeza deslizándose por el tronco con sañuda presión.

Al comprobar que había alcanzado el máximo de su rigidez y volumen, labios y lengua recorrieron lentamente el camino que los llevaría hasta el glande, lamiendo y chupeteando la venosa superficie. Corrió con los dedos el frágil prepucio y la lengua socavó el surco con aviesa premura para luego trepar, ágil y vibrante por la tersa superficie y mojándola con su saliva, fue metiéndola entre los labios que la sorbieron con delicadeza e introduciéndola en la boca, ciñó entre ellos al surco.

Sus mejillas se hundían por la fuerza de la succión y, mientras la lengua acariciaba la testa, ambas manos rodearon al falo e iniciaron un movimiento giratorio encontrado, masturbándolo fuertemente. Como si el hecho de estar con un hombre hubiera sublimado todas sus necesidades sexuales reprimidas, se sentía capaz de encarar las situaciones más críticas para satisfacerlas. Metiendo poco a poco la rígida verga entre sus labios que se dilataban complacientes a la desmesura del tronco, la sintió rozando el fondo de la garganta y, cuando el ahogo se insinuaba, fue retirándola en tanto que los dedos clavaban sus uñas en la carne acompañando el vaivén.

Miguel no había permanecido ocioso y al ver el denodado entusiasmo de la núbil muchacha, fue acomodando su cuerpo y giró hasta quedar debajo de ella en forma invertida. Lamiendo la suave piel de sus muslos interiores, fue haciéndola abrir de piernas y luego su lengua tremolante recorrió la hendedura profunda que formaban las nalgas poderosas: Separándolas con sus manos, dejó al descubierto el fruncido y oscuro ano e inmediatamente debajo la apertura de la vagina levemente dilatada, dejando entrever el interior rosado entre los hinchados labios de la vulva por los cuales escurrían abundantes fluidos glandulares. El sexo de la muchacha era realmente grande y toda la zona adyacente a la vulva estaba oscuramente inflamada, destacando los oscurecidos labios y la presencia de tiernas carnosidades que como arabescos carnosos, pugnaban por salir al exterior.

En tanto que la joven se afanaba con su miembro y tras despojarla de la inútil bombacha, él fue deslizando la lengua tremolante a todo lo largo de la hendedura, escarbando en la entrada al recto y escurriendo sobre los labios ennegrecidos por la afluencia de sangre hasta donde comenzaba a hacerse evidente la hinchazón del delicado clítoris. Los dedos separaron los labios y el sexo se le ofreció en todo su esplendor. Las aletas abiertas, dejaban libre el camino hacía el delicioso óvalo nacarado donde se destacaban las crestas carnosas que orlaban la entrada a la vagina, el agujero de la uretra y la naciente cabeza del clítoris asomando debajo de la caperuza de pliegues que lo protegía.

Labios y lengua iniciaron un lento recorrido por todo aquel ámbito excitando las carnes y sorbiendo los jugos que exudaba el sexo. En un redundante movimiento ascendente y descendente, se fueron ensañando en la succión conforme la niña lo hacía con el falo. Ambos bramaban y rugían ante la inminencia de ese algo que los elevaría a la gloria del goce, ondulando los cuerpos unidos por la fortaleza de sus manos. Mientras él introducía la larga punta de su lengua envarada en la vagina incorrupta, ella le hacía sentir el roce del filo de sus dientes que acompañaban el vaivén enloquecido de la cabeza alternándolo con los hondos gemidos que la proximidad de una tercera eyaculación le hacía proferir.

El tomó entre sus labios la carnosidad erecta del clítoris y mientras lo chupaba y mordisqueaba apretadamente, dejó que la punta de su dedo pulgar llevara hasta el ano los jugos que rezumaba la vagina y excitándolo suavemente, fue introduciéndola suave y profundamente en él en tanto que su boca sorbía las mucosas que expulsara el útero. Ella meneaba con desesperación sus caderas y entonces, cuando Miguel presintió que estaba cercana a su satisfacción, presionó fuertemente su boca como una ventosa contra el sexo de Mariana que descargó en ella la abundancia de su alivio. Los dos estaban tan conmovidos que siguieron por algunos momentos prodigándose al otro, degustando con deleite los líquidos genitales entre amorosas caricias y rumorosas exclamaciones de placer.

Transcurrido un tiempo, Mariana aun seguía estremecida por los espasmos y contracciones de su vientre cuando percibió como Miguel se incorporaba. Quitándole la falda arrollada en la cintura, se colocó entre sus piernas, las abrió y encogiéndolas contra su pecho, estregó la punta de la verga contra el sexo saturado de líquidos. Mariana todavía espiraba afanosamente tratando de recuperar el aliento y poder inhalar libremente a través de su boca abierta. Esa punta no del todo dura escarbando la vulva le hizo recuperar parte de su cordura e insinuó un brusco movimiento de rechazo pero la profundidad de la excitación le hizo comprender que el momento por el que había estado esperando todos esos años había llegado.

Sabia de todo instinto y hembra primigenia al fin, aferrando sus muslos, abrió aun más las piernas encogiéndolas enganchadas debajo de sus brazos hasta que las rodillas rozaron sus orejas, ofreciéndose voluntariamente a la penetración mientras él continuaba por un momento más hasta que consideró que la verga tenía la rigidez y el tamaño adecuado.

Apoyando la cabeza ovalada sobre la húmeda entrada a la vagina, fue presionando lenta e inexorablemente, introduciéndola centímetro a centímetro. Tal vez por su delicada tersura, la entrada del glande no la molestó y, como ella no sabía dónde se encontraba el ubicuo símbolo de su virginidad, esperó tensa el momento de su desgarro pero; o nunca había existido y si era así lo había perdido de manera casual en la práctica de algún deporte o era tan débil que ni había notado su ruptura.

Lo que sí la estaba preocupando era el enorme tamaño de la verga que iba separando las carnes inexploradas de la vagina. Aquello que la socavaba se le antojaba monstruoso pero eso se modificaba ante la gozosa sensación de plenitud que la embargaba y la dicha de sentirse mujer, superaba el dolor de las excoriaciones.

Entre lágrimas de sufrimiento y dicha, miraba el torso poderoso de Miguel y se le antojaba un dios mitológico que la estaba introduciendo en el elíseo del amor. Entre ayes y maldiciones, clavaba sus dientes en el labio inferior respirando afanosamente por sus hollares dilatados y, hundiendo la cabeza sobre el muelle trebolar, se dio impulso para proyectar su cuerpo hacia el príapo que la penetraba.

Al sentir como la cabeza de la verga penetraba imprudentemente hasta el fondo de la vagina estremeciendo dolorosamente a la muchachita, Miguel retiró el miembro y reinició todo con una cierta mesura cadenciosa. Cada vez era como la primera y Mariana sentía como el falo iba destrozando los delicados tejidos pero simultáneamente descubría que cada una de aquellas penetraciones le procuraba un disfrute como ni siquiera hubiera imaginado experimentar. De manera instintiva, su cuerpo se amoldó al ritmo con que él la penetraba y comenzó a ondular en forma cada vez más violenta.

Comprendiendo su angustiosa necesidad, Miguel salió de ella y acostándose boca arriba, la instruyó para que, en cuclillas, se ahorcajara sobre él, guiándola para que fuera descendiendo lentamente su cuerpo mientras embocaba la verga en su sexo. Conseguido un buen equilibrio, Mariana comenzó a bajar su cuerpo y pronto sintió al falo penetrándola con la contundencia de la primera vez pero ahora la posición facilitaba la intrusión total del pene, ya que Miguel había dilatado sus nalgas hacia los costados con las manos y la vulva se estrelló, finalmente, contra el velludo pubis masculino.

Apoyando las manos en las rodillas, inició un suave galopar, ayudada por la presión de él separando los glúteos y pronto se encontró en un rítmico jinetear a la verga mientras con uno de sus brazos trataba de aminorar el dolor que le provocaban sus pechos saltarines golpeando contra el torso. Eso mismo la llevó a estrujarlos entre sus dedos y clavar las uñas en los pezones. Ya el galopar se había hecho frenético y ella sentía como la saliva acumulada en su boca se deslizaba en delgados hilos a través de las comisuras de la boca entreabierta, escurriendo en leves gotas sobre sus senos.

Una tormenta de sensaciones se gestaba en su interior y le era dable discernir como olas de una fantástica materia se deslizaban por los intersticios de los músculos y en su vientre una macabra bandada de pájaros espantados la destrozaban con sus garras y espolones. Jadeando con los broncos estertores de una enloquecedora pasión, le suplicaba a Miguel que no dejara de penetrarla y que la hiciera gozar aun más. Aquel no dudó en complacerla y, apartándola, la hizo colocar arrodillada con todo el peso de su cuerpo descansando en los brazos cruzados apoyados en el suelo.

La verga se deslizó a lo largo del sexo hasta la separación de las nalgas y utilizándola como un pincel, Miguel fue desparramando los jugos que rezumaba la vagina cubriéndolo de un espeso barniz brillante y finalmente, la embocó en el ahora dilatado agujero con tanta violencia que sus carnes chasquearon en el brutal entrechocar. La cabeza del enorme falo se estrelló contra en fondo del útero y Mariana sentía como si golpeara directamente en su estómago. Gimiendo por el sufrimiento, clavó su frente sobre la lona y elevó el trasero en un vano intento de alivio a tanto martirio pero, tomándola por las caderas, él la hizo hamacarse y en tanto que proyectaba su cuerpo hacia delante, inició un vaivén que la hizo olvidar el sufrimiento y comenzar a disfrutar la penetración.

El tronco del miembro era grueso, tal vez demasiado, de manera que cuando se abría paso entre las carnes, rozaba duramente aquel sitio de la cara anterior que enviaba un fuerte escozor a sus riñones y derivaba en una sensación de vacío angustiosa en el vientre. Sus carnes desgarradas y laceradas recibían con beneplácito esa refriega e instintivamente se ceñían a su alrededor como una mano, procurándole tales sensaciones de placer que oscurecían su vista.

Los cuerpos parecían haber alcanzado un ritmo natural que los hacía moverse y complementarse al unísono. Los gritos gozosos de la muchacha manifestaban el placer con que acogía la desmesura del sexo y cuando Miguel retiró la verga de la vagina, le suplicó enardecida que volviera a penetrarla porque aun no había obtenido satisfacción.

Miguel tomó entre sus dedos al falo chorreante de los jugos vaginales y apoyándolo sobre el apretado haz de frunces del ano, presionó con todo el peso de su cuerpo. En medio de los estridentes ayes de Mariana, fue penetrándola por el recto hasta que la verga desapareció por entero dentro de la tripa y sus testículos golpearon contra el inflamado sexo.

Algo parecido a un vómito se gestó en el fondo del pecho de Mariana y en su boca se acumuló una cantidad impresionante de baba que sofocó en parte la potencia de sus roncas exclamaciones de dolor mientras sus uñas se clavaban arañando la loneta. El dolor de los esfínteres destrozados la golpeó en la nuca con la consistencia de una masa e, instintivamente, estiró los brazos para alzar el torso en la búsqueda de alivio y ese movimiento coincidió con el de Miguel retirando el miembro.

Extasiado con el espectáculo que le ofrecía ese ano virgen hasta hacía instantes y que ahora se abría dilatado dejando entrever lo rosado del recto, Miguel volvió a penetrarlo para tornar a retirarlo y observar como ese enorme agujero recuperaba lentamente su estrechez. Y así, una y otra vez entre los sollozantes gritos de Mariana hasta que esta dejó de percibir el dolor y comenzó a disfrutarlo, imprimiendo a su cuerpo un balanceo que la llevaba a sentir cada vez con mayor placer como la verga la socavaba.

El calor abrumador de la tarde parecía haberse condensado en sus pieles y los dos exudaban verdaderos ríos de transpiración. Miguel había tomado sus cabellos como si fueran riendas y sostenía ahora la continuidad del coito tirando fuertemente de la cabeza y el golpetear de los testículos contra el clítoris añadía un nuevo elemento de excitación para la joven. Como si fuera un caballo, Mariana equilibraba el peso empujando con la cabeza hacia delante y sus manos asían los senos para estrujarlos con verdadera saña mientras sentía gestarse en su vientre una nueva concentración de jugos que la hacía ansiar la satisfacción.

Abrazándose a su torso, Miguel fue dejándose caer hacia atrás y ella quedó ahorcajada sobre él. Acuclillando sus piernas y aferrándose a las rodillas de las piernas encogidas, inició una nueva cabalgata que, conforme Miguel clavaba sus dedos en las nalgas e incrementaba el movimiento copulatorio de su pelvis, se hacía más oscilante y profunda. Lentamente, la fue recostando sobre su pecho y el ángulo de la verga penetrando el ano se le hizo insoportablemente dichoso. Mientras gemía broncamente de placer, sintió como las manos de él excitaban al sexo, una restregando al clítoris y la otra penetrando con tres dedos la vagina.

Mariana nunca había ni siquiera imaginado que el sexo podría practicarse de esa manera y muchos menos que aquel dolor pudiera desencadenar en una dicha tan inmensa. Meneando fuertemente sus caderas acompañó con todas las fibras de su ser esa sensación inefable. El retiró el miembro del ano y, volviendo a penetrarla por el sexo, se prodigó en un vehemente golpetear de la pelvis que los enardeció y los rugidos de ambos llenaron el silencio de la ribera. Los diques que contenían sus líquidos se rompieron y con gozosas exclamaciones de felicidad, fue hundiéndose en una bruma rojiza que la acogió con un maternal abrazo mientras sentía por primera vez el derrame espermático de su hermano  en las entrañas.

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Historia enviada por Lisandro

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Historia Lesbica: Casandra

Luego de recibir su título de profesora de Bellas Artes y haciendo uso del regalo de su padre, decidió invertirlo en una recorrida por algunos de los museos que le interesaban especialmente, debido al rumbo que había decidido imprimirle a sus investigaciones.

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A ella siempre le habían interesado tres temas; el primero era que, sin condicionamientos de estilos ni épocas, cuando los pintores reproducían – o simplemente inventaban – a mujeres de la historia, mitológicas, bíblicas o reales, demostraban un desconocimiento total de la anatomía femenina y las hacían poseedoras de atributos que generalmente deberían ser exagerados por su generosidad y además, en una típica actitud masculina, si bien no lo mostraban explicitamente, dejaban evidenciar virtudes o comportamientos non santos. Su segunda prioridad, era investigar por qué, en épocas pasadas y más allá de los condicionamientos de la sociedad, no había pintoras. En ese orden, sus especulaciones de poder conocer algo más de una de aquellas mujeres, la decidieron por la que por su estilo y también veladas sugestiones, le permitiría por lo menos aproximarse al problema.

Sin embargo y como el viaje terminaría en Londres, empezó visitando España, específicamente El Prado, para hacer un examen pormenorizado de El Jardín de las Delicias, ese tríptico de Jerónimo Bosch que constituye un intrincado conglomerado esotérico de sugestivas figuras humanas y animales casi de ciencia ficción.

Alterada aun por la subyacente proyección erótica de las imágenes, especialmente las del tercer segmento dedicado al infierno, prosiguió viaje hacia Italia a conocer en el museo Vaticano obras de della Francesca, Ucello y Mantegna y entonces sí, con un exhaustivo detalle del tratamiento del cuerpo femenino por aquellos hombres que parecían desconocerlo todo de él para todo lo que no fuera sino evidenciar la lúbrica incontinencia de las mujeres, especialmente el de Las Hijas de Lot, que en todo su continente dejan al descubierto sus lascivas ansias de acoplarse con su padre, suponiéndolo en último hombre viviente, arribó a Inglaterra para en las galerías Tate y Brigeman, absorberse en las obras de Rubens y Tiziano, confirmando su teoría casi conspirativa de género.

Y justamente en una de las alas encontró tres obras que le resultaron definitorias; Jeanne Samaray de Renoir  y Madame Gautres de Singer, tan distintas en estilo y tan sugestivamente liberalizadas en sus expresiones. Pero el colofón a esas certezas lo encontró en los cuadros de Angélica Kauffmann  una pintora suiza nacida a mediados del mil setecientos y que, influenciada en lo esencial por el rococó, había desarrollado un estilo personal, elegante y sentimental tras cuyos delicados trazos dejaba deslizar un misterioso secreto en las miradas y expresiones de sus personajes. La revolución que el estilo exuberante del rococó hiciera en el siglo dieciocho y la reciente difusión de los hallazgos arqueológicos en Italia y Grecia, dieron alas a su imaginación y consubstanciación, llegando a adoptar en su vestir la apariencia de mujeres de esas épocas. Hasta en su propio autoretrato donde luce un traje de cortesana romana, la inmovilidad y serenidad de su hermoso rostro y la exuberancia de su peinado, no soslayaron una misteriosa sensualidad oculta en la mirada y en una leve curvatura sardónica de la sonrisa.

Ese descubrimiento obsesionó en tal forma a la muchacha que hasta los guardias de seguridad llegaron a desconfiar de esa joven que cotidianamente se sentaba frente a las obras de la artista suiza para inmovilizarse alucinada durante horas. Casandra no tenía idea de su proceder y le pareció normal ese examen meticuloso de cada pieza, imaginando el movimiento de la mano de la artista ante determinado trazo o el toque justo de luz que daba vida a ojos y labios de las retratadas y, paulatinamente, fue dejando de lado otras piezas para concentrarse obsesivamente en el autoretrato de Angélica.

Sus ojos parecían haber adquirido el poder de ir más allá, y en sus ensoñaciones, traspasaba la tela del vestido para penetrar el generoso escote romano y casi palpar la consistencia de los senos e imaginando la mórbida tersura de la piel, escudriñar a lo largo del vientre  para aventurarse hasta las humedades pilosas de la entrepierna, llegando a olfatear la acritud de sus flatulencias vaginales.

Esa fantasía erótica la hacía acezar quedamente y los vigilantes se extrañaban ante el cambio en sus expresiones faciales, cuando, inclinada en el largo banco frente a la obra, se balanceaba como una autista y sus ojos iban desde la angustia al miedo, de la admiración a la alegría, mientras su boca se abría con asombro, se dilataba en una sonrisa comprensiva o se curvaba en el sollozo que a veces escapaba en sordina entre sus labios.

Es que nadie podía imaginar que ya la muchacha había sido cautivada por el espíritu oscuro de esa mujer de rostro diáfano y luminoso. El largo rostro de pícara sonrisa ya no era meramente un trozo de tela y, poseída por el espíritu de la pintora, Casandra experimentaba esa piel como si fuera verdaderamente la suya, perdiéndose en los meandros del pensamiento dieciochesco de la suiza.

Hasta que una tarde, al salir de la galería, algo inasible la hizo darse cuenta de que no debería regresar más y que el trasvasamiento de un ser a otro se había concretado. Ella ya no necesitaba averiguar más cosas sobre Angélica porque ella, sin dejar de ser Casandra, ya era Angélica.

Sin sorpresa, una carnadura emocional que no sospechaba poseer porque era definitivamente de la suiza, avasalló los últimos arrestos de la personalidad de la joven para hacerse cargo de la situación en una época a la que no pertenecía pero que pensaba aprovechar tan intensamente como a la pretérita. A Casandra, la dualidad le resultaba turbadora pero a la vez intrigantemente deliciosa. Era como convertirse en la cáscara, el receptáculo de otro ser. Era dueña de sus pensamientos y físicamente sentía todo como antes, pero ahora era Angélica quien no sólo tomaba las decisiones, sino que se adaptaba a las situaciones y la época, manejándose con el idioma y costumbres con total soltura y aunque no podía interferir en eso, disfrutaba de sus placeres como una espectadora de sí misma.

Sin saberlo con certeza, se convertía en una médium y por las noches, sus ensoñaciones la llevaban a verse en el cuerpo de otras mujeres a quienes había habitado la suiza en épocas muy disímiles entre sí por tiempo y distancia y lo que hacía más traumático la situación, era que al despertar y por lo que restaba del día, sus escindidos sentidos se solazaban en añorar cada circunstancia vivida.

A sus veinticinco años y con tres noviazgos a cuesta, Casandra no era una virgen de castidad y sí una practicante entusiasta del sexo, cosa que el espíritu incontinente de la pintura debería haber captado de inmediato para conducirla en la dirección que a ella le convenía. Instaladas provisoriamente en un departamento de Edmond Park y en esa misteriosa simbiosis que las unía, la lúbrica mujer se adaptaba rápidamente a las costumbres de la Londres moderna. En sus recorridas por zonas comerciales, le hacía adquirir ropas y accesorios que generalmente no eran de su gusto pero que luego comprobaba se ajustaban a su figura y personalidad como si hubieran sido creados para ella. También y a regañadientes, participó de la eufórica sorpresa de la pintora al descubrir la existencia de los porno shops de los que se hizo cliente habitual y la inmensa variedad de artículos que allí vendían maravillaba a esa mujer de casi trescientos años atrás.

Casi obsesionada y totalmente fuera de lugar culturalmente, avergonzaba a la muchacha por las desfachatadas actitudes y el lenguaje soez que Angélica le hacía adoptar ante clientes y empleados al empecinarse en querer saber explicitamente para qué y cómo se utilizaban los adminículos y, aunque contenida por el escaso presupuesto de la muchacha, la hizo elegir con sonrojada confusión sólo algo de lo que alucinaba a la entusiasmada mujer y al regresar al departamento, casi sin mirarlos, Casandra guardó los objetos en el cajón de la mesa de noche.

Lo que había asombrado siempre en la figura de Angélica era la contemporaneidad; a excepción de las ropas históricas que gustaba llevar, su figura y rostro no diferían con los de una mujer moderna y, encapsulada en el cuerpo joven de Casandra que lo mantenía firme a fuerza de gimnasio, parecía moverse como pez en el agua.

No obstante, con esa sensación de que al mover una mano o un pie estaba haciéndolo con el de otra persona, percibiendo el frío o calor a través de una piel común pero que le transmitía cabalmente lo que sentía el otro ser,  Casandra veía todo desde afuera y desde adentro simultáneamente, como desprendida de sí misma.

Los más de treinta días desde que iniciara el viaje la habían absorbido por la intensidad de sus descubrimientos y la captación total por parte de Angélica había sido tan sutil que se enredó mansamente en sus redes sin siquiera intentar deshacerse de ella.

Eso de ser una y otra pero a la vez sentir como sus necesidades y gustos se fundían en una sola, no le desagradaba. Calmada ya la adrenalina de las urgencias por la mudanza, el comprar cosas para el “hogar” y los nuevos vestuarios que le exigía la suiza, en el cuerpo de Casandra comenzaron a pesar los casi dos meses sin conocer sexo y aquello pareció eclosionar cuando a su fantasiosa imaginación concurrieron idénticas necesidades de la mujer.

Con los ojos clavados en la nada del cielo raso y sin poder conciliar el sueño, revivió en una memoria que no era la suya, el torso y el delicado perfil de madame Gautres acicateando el pervertido trasfondo de la pintora e, involuntariamente, sus manos se dirigieron acariciantes como a verificar sobre la tenue tela del camisón la firmeza de sus pechos. Salvo en su primera adolescencia, nunca se había aficionado a la masturbación, especialmente desde que las relaciones con hombres las relegaran al olvido de la inutilidad.

Pero a Angélica parecía placerle reconocer el nuevo cuerpo que habitaba y las manos incrementaron el sobar a los senos, verificando que, a su tacto, los pezones y aureolas respondían a la estimulación enviando voluptuosos escozores al vientre y riñones. Ya no tenía la certeza de cual de las dos era quien recibía los histéricos reclamos vaginales pero, sin importarle ese discernimiento, deslizó una de sus manos para que se perdiera por debajo del corto camisón y, avasallando la débil oposición de los elásticos de la trusa, restregar la suave alfombrita del recortado vello púbico.

Años de recuerdos  e incontinencias se fundieron en las dos mujeres y ya sin el menor pudor, como atacada de un furor uterino que sabía no le era propio pero que la exasperaba, Casandra se arrodilló en la cama para apoyar cabeza y hombros sobre los almohadones, comenzando un nuevo sobamiento a los pechos sensibilizados hasta el punto que el menor roce de la palma de su mano sobre ellos la sacudía como si estuviera realmente herida. El vaho del ardiente pecho resecaba sus labios de tal manera que la lengua se dedicó a refrescarlos con la humedad de su espesa saliva y, cuando una de sus manos recorrió perezosa el vientre para excitar en repetido estregar al clítoris, la histeria del deseo la hizo hundir golosamente el filo de los dientes sobre el labio inferior. apoyándose en un codo, llevó los dedos a un exquisito roce en toda la vulva e introduciéndose dentro del óvalo, asió las barbas carnosas para friccionarlas entre sí y mientras acezaba como una bestia en celo, introdujo dos de ellos en la vagina en una furiosa búsqueda de su Punto G.

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La suiza parecía desconocer su existencia y al rozarlo levemente con una uña, un involuntario respingo le hizo tomar conciencia de hasta donde podía llegar la excitación de su habitante, quien no había olvidado el secreto objetivo de sus compras y obligándola a abrir el cajón de la mesita, venció su natural resistencia para hacerle tomar ese artefacto de aspecto casi instrumental, ya que se trataba de un tubo plateado absolutamente liso que al tocar un botón en su base, transmitía una sorda vibración;  aunque jamás había tenido contacto con esos juguetes sexuales, Casandra había visto suficientes videos pornográficos como para saber que hacer con ellos y aun resistiéndose a hacerlo, separó casi compulsivamente más el triángulo de la piernas para ir introduciéndolo en la vagina hasta que los dedos chocaron con el borde congestionado de la vulva.

Iniciándola en un nuevo camino de la sensorialidad, el tubo se deslizaba en la vagina con la lisura del vidrio, transmitiendo a su piel y músculos cosquilleos inefables, producto de ese tenue vibrar cuya frecuencia parecía extenderse por los poros desde las entrañas a todo el organismo, haciéndola resoplar en cortos jadeos que la saliva hacía gorgoritear. Dispuesta a darlo todo en esa masturbación inaugural para ambas, Casandra se acomodó para que la grupa quedara en dirección a los pies de la cama y apoyándose sólo en un hombro, doblada para que, con la cabeza ladeada pudiera observarlo todo, obligada a hacerlo por el lascivo dominio de la mujer a su mente, extrajo a tientas del  cajón otro tipo de consolador con el que intentó reemplazar al vibrador.

Al acercarlo a los labios para cubrirlo de saliva que actuara como lubricante vaginal, descubrió que la superficie del sólido miembro de silicona estaba totalmente cubierta por una capa de gránulos muy suaves, casi imperceptibles y semejantes a la de una lija gruesa  que, seguramente, estimularía su piel de forma inédita.  Recordando haberlo visto, lo sostuvo por la base contra la cama en tanto separaba aun más las rodillas para ir descendiendo lentamente la pelvis y sintiendo como la ríspida superficie avasallaba los delicados tejidos vaginales con su roce infernal, fue penetrándose hasta sentirlo ocupando todo el conducto; jadeando por el sufrimiento y la ansiedad de ese coito manual y manteniéndolo firmemente, onduló el cuerpo para ejecutar un moroso subir y bajar que, al sentirlo tan plenamente, le hizo emitir un reprimido sollozo de felicidad. Tras un rato de esa magnífica penetración en la que el placer ponía un hilo de baba escurriendo por la comisura de los labios abiertos, rebelándose todavía contra esa escisión de su mente que la llevaba a cometer actos humillantes contra sí misma.

Pasando la mano por sobre la zona lumbar, recorrió la hendidura hasta que la yema de su dedo mayor encontró al agujero apenas dilatado del ano. Casandra no era virgen en esas prácticas y al parecer,  por la angustiosa expectativa con que esperaba el contacto, también la pintora les rendía culto. Llevándolo primero a recoger los jugos que fluían del sexo, fue presionando despacio y la presión contra la tripa la exaltaron tanto que, apretando los dientes hasta escuchar su rechinar, consiguió que el dedo se adentrara paulatinamente en el recto y, al tiempo que se balanceaba estregando los senos contra el tapizado, se sometió a una doble penetración que jamás hubiera imaginado realizar.

La sensación era de inefable disfrute y en su mente compartida se entrecruzaban cópulas con hombres y mujeres a los que ni siquiera había conocido ni conocería jamás pero que en ese momento procuraban a su vientre percepciones de inéditos goces. Olvidada por completo de todo lo que no fuera darse satisfacción, encogió una pierna en un ángulo imposible hasta más allá del hombro y en esa comba que acercaba la grupa, reemplazó al dedo por la ovalada punta cromada del vibrador; los dos o tres centímetros del plateado falo superaban largamente al grosor del dedo y, como siempre que era sodomizada, unas  ganas irreprimibles de evacuar picanearon los esfínteres pero, alentándose a sí misma con groseras palabras mientras meneaba la pelvis en un imaginario coito, fue sodomizándose tan maravillosamente junto con el otro consolador socavándole la vagina que, en medio de ayes y maldiciones, recibió en la mano los jugos que drenaba el sexo por el tronco del falo pero la incontinencia de la suiza la hizo continuar ciegamente con la cadenciosa penetración hasta que la fatiga la venció.

Esa masturbación inédita para ambas, pareció confirmar y potenciar la adaptabilidad de la mujer a los tiempos y sin que la muchacha pudiera negarse a prestarle la colaboración de su cuerpo, la hizo vestirse con sus mejores galas para que concurrieran a la vernisage de un artista de moda. Aunque Casandra no estaba invitada, la suiza se valió de una argucia para obligar a la avergonzada muchacha a obedecerla y adoptando una desenfada habilidad que no era suya, esperó la entrada de un grupo de varias mujeres para confundirse entre ellas en animada conversación y así pasar los controles del solitario portero.

Una vez adentro y tomando una copa de champán, se paseó despaciosamente por las distintas salas con doble admiración; Casandra porque accedía personalmente a conocer las obras del famoso pintor y Angélica porque descubría las variaciones en las técnicas y materiales modernos. Tan consubstanciadas estaban, que la vista de esa espigada joven que parecía beberse sus cuadros picó la curiosidad de Germán, quien la siguió con la vista por unos momentos y al calibrar las virtudes físicas de la muchacha, se dijo que bien podría convencerla para que las exhibiera en su estudio.

Lo fantástico de esas muestras era que, sin menospreciar el valor económico que le procuraban, porque de eso vivía, cada noche le era posible elegir entre varias a la mujer que compartiría su cama. Como al descuido y entre medio de saludos a algunos de los invitados y críticos, fue acercándose hasta el rincón donde la joven se había sentado a descansar mientras dejaba que vista se regodeara en la esplendidez del trazo de Germán.

Deteniéndose detrás de ella y en un inglés que envidiaría cualquier habitante del Reino Unido, el español le preguntó a Casandra si realmente le interesaban tanto sus cuadros. Sobresaltada porque, si bien su propósito había sido llamar la atención del pintor, no esperaba que aquel se hubiera decidido tan pronto a abordarla, dando vuelta la cabeza y con una seductora picardía que desconocía en ella, Casandra le contestó que esperaba conocer aun más su obra.

Desconcertada porque ese no era su estilo, se dio cuenta de que estaba coqueteando descaradamente con el hombre al que sólo conocía por fotos. Tomando como ventaja su conocimiento del idioma, Angélica puso en su boca una intencionada conversación que le hizo entender sin disimulo alguno al español que, específicamente había concurrido esperando crear esa situación.

El tampoco esperaba la liberalidad que el atrevido lenguaje de esa jovencita hacía suponer y un poco corrido pero dispuesto a no perder ese exquisito bocado que se le ofrecía en bandeja de plata, le extendió una tarjeta al tiempo que sugería lo interesante que sería enseñarle el resto de sus obras en la tranquilidad del estudio al terminar la exhibición.

Con igual gentileza pero teñida de una malicia concupiscente, Casandra se encontró estrechando la mano del hombre en una especie de trato lúbrico mientras le susurraba que si él estaba dispuesto a dárselo, ella disponía de todo el tiempo del mundo.

Después que el hombre se alejara simulando que seguía saludando a sus invitados, la desconcertada Casandra se preguntó como había tenido el atrevimiento de abordar tan frontalmente al pintor y dándose cuenta de que ya era un títere en manos de la lujuriosa pintora, tuvo un atisbo de rebeldía pero la manera en que aquella la había manejado, le hizo ver que, con su consentimiento o no, la suiza se entregaría al español para saciar su antigua abstinencia.

Dando una vuelta más por la galería en tanto averiguaba el horario de cierre, salió del elegante salón para recorrer las quince cuadras que la separaban del estudio de Germán con la lentitud necesaria como para darle tiempo al hombre a llegar. En ese camino, las reflexiones de Casandra y Angélica eran disímiles, ya que, mientras la primera se preguntaba como sería tener relaciones sexuales con un hombre que, pese a su apostura y prestancia, debería rondar la cincuentena y ella siempre había salido con hombres que apenas la superaban en edad, por su parte, la mujer madura que había sido la suiza al momento de morir, imaginaba que, puesta en el cuerpo joven y vigoroso de la muchacha, podría dar rienda suelta a aquellas ansias que los largos años sin mantener sexo conservaban encendidas en su cuerpo etéreo.

Arribadas al estudio, tan pronto como el hombre les abriera gentilmente la puerta y poniendo en evidencia el poder que Angélica ejercía sobre su portadora, la hizo buscar rápidamente un sillón de los tres que se cuadraban junto a la estufa y como si su relación con el español fuera de antiguo, la estupefacta muchacha vio como la mujer la obligaba a desprenderse espontáneamente de su ropa como si esta quemara.

El hombre no estaba menos sorprendido que Casandra pero, diciéndose que a la ocasión la pintan calva, se deshizo prestamente de la camisa y el pantalón para luego aproximarse desde las espaldas a esa joven que exhibía un cuerpo por demás tentador. Hirviendo de furia por lo que la mujer le hacía hacer, Casandra aun no se había despojado del corpiño ni la bombacha cuando Germán le hizo sentir la solidez de su cuerpo al abrazarla desde atrás.

Tal vez era cierto que la abstinencia de ese tiempo – a pesar de la masturbación con los consoladores -, ponía en lo más profundo de sus entrañas a una bestia sexual o esta respondía a los estímulos de la promiscua mujer que la dominaba. Lo cierto era que, el sólo contacto con el cuerpo fuerte y delgado del pintor le hizo dar un respingo pero aguantó a pie firme y con un hondo suspiro de satisfacción, se recostó mansamente contra el pecho de Germán cuando aquel encerró entre sus manos vigorosas los senos estremecidos y su boca se enterró en la nuca en una serie de cálidos besos.

El anhelado contacto con un cuerpo masculino la sumió en un apacible abandono y el hombre aprovechó esa lasitud para despojarla delicadamente del corpiño y, tras arrodillarse detrás de ella, bajarle la bombacha hasta los pies. Casandra creía que el hombre la conduciría hasta el sillón más próximo y obedeciendo sus silentes indicaciones, permitió que le sacara los zapatos para quedar descalza sobre la mullida alfombra.

Dejando los zapatos de tacón alto a un costado, las manos acariciaron suavemente sus pantorrillas y en tanto se deslizaban acariciantes por sus piernas, la boca se alojó en tenues besos en esa parte tan sensible detrás de las rodillas. Recién ante eso, Casandra – o Angélica? – o las dos? -cobró conciencia de lo necesitada de sexo que estaba y dejándose estar, dispuesta a seguir adelante a pesar de lo que el pintor le propusiese, sintió como las manos ascendían a lo largo de los muslos para separarle cortésmente las piernas y hacer lugar para que la lengua, retrepando morosamente la piel, se instalara tremolante en la hendidura entre las nalgas y desde allí se proyectara sobre la vulva.

El sexo oral, por práctica y sensibilidad, era definitivamente lo que más la elevaba al goce pleno y sus mejores orgasmos los había obtenido por esa vía e, insensiblemente pasiva, inclinó el torso para facilitar el acceso de la boca. Tal vez el largo tiempo sin sentirla en su cuerpo le hizo parecerlo, pero la lengua de Germán era poseedora de un virtuosismo que denotaba su imaginación artística; con los dedos pulgares de ambas manos, le separó tan ampliamente las nalgas que le dolió, pero la inmediata intervención de la lengua vibrante la hizo despreciar esa pequeña molestia.

Moviéndose ágilmente como la de un reptil, la punta viboreó en las proximidades del ano para luego concentrarse en el fruncido haz de los esfínteres. A Casandra le encantaba aquello pero sentía que quien estaba gozándolo verdaderamente era Angélica y con un sordo bramido surgiendo del pecho, llevó sus dos manos a desplazar los dedos del español al tiempo que separaba y flexionaba las rodillas para ampliar la dilatación del sexo.

Aparentemente complacido por la entrega sin discusión de aquella muchacha que bien podría ser hija suya, la lengua de Germán arremetió furibunda sobre el ano que, ante ese estímulo y por la posición inclinada del cuerpo, se distendió para aceptar la presión y el órgano bucal penetró mínimamente en el recto pero lo suficiente como para arrancar en Casandra un suspiro satisfecho que se convirtió un gemido de asentimiento cuando índice y mayor de la mano estregaron delicada e insistentemente sobre el clítoris.

Después de unos momentos de juguetear en el orificio anal, la lengua fue descendiendo sobre el perineo para arribar a la fourchette, degustando los jugos que rezumaban de la vagina en tanto que el pulgar de la otra mano tomaba el lugar dejado por ella y se hundía despaciosamente en la tripa. Esa combinación de dedos y lengua encendían a la muchacha pero aun más a la suiza, quien la hizo menear las caderas en clara demostración de cuanto estaban disfrutándolo y atendiendo ese implícito mensaje, él modificó la posición de su cabeza para meterla entre las piernas y de esa forma adueñarse de todo el sexo mientras los dedos continuaban sometiendo al ano y al clítoris.

El trabajo que el pintor hacía era maravilloso y lo fue más cuando este se dedicó a hurgar sobre el óvalo para lamer y chupetear los fruncidos bordes de los pliegues internos, encerrándolos entre los labios en profundas succiones al tiempo que tiraban de ellos hacia fuera. Realmente aquello enceguecía de placer a las mujeres y cuando Casandra lo expresó de una manera más que procaz, la boca ascendió para someter a semejante cosa al irritado clítoris mientras que los dos dedos se introducían a la vagina para escarbar en forma de gancho dentro de ella.

Ahora sí e involuntariamente, las piernas de la muchacha se flexionaban arriba y abajo en un simulado galope para profundizar la penetración de los dedos en tanto le reclamaba al hombre que la hiciera alcanzar el alivio de la satisfacción y este, viendo que ya estaba a punto, salió de debajo de ella y asiéndola por las caderas, introdujo despaciosamente su falo en la vagina.

El miembro no era desmesurado pero tampoco pequeño, sólo que su consistencia la resultada exquisitamente placentera a las dos mujeres; a Casandra, porque para ella, era el más grande que soportara en su sexo y a la pintora, porque hacía varias décadas desde que disfrutara de una situación parecida. Cuando todo el pene estuvo dentro, Germán la asió por ambos pechos y en tanto los sobaba y estrujaba con singular destreza, casi se acuclilló detrás de ella para hacer que su cuerpo, impelido desde abajo, se estrellara vigorosamente contra el de la mujer.

La cópula se había hecho plena y la misma Casandra era quien echaba sus manos hacia atrás para asir los brazos del hombre y su cuerpo se hamacaba para seguir el ritmo del acople mientras sentía como dentro de ella se producían los espasmos y contracciones que antecedían a sus eyaculaciones; anunciándoselo así al hombre, multiplicó sus esfuerzos hasta sentir como la riada de sus diques rotos se derramaba sobre el falo que la socavaba.

Sintiendo a través de sus manos los estremecimientos convulsivos de la muchacha y sus jugos encharcando a la verga, Germán continuó penetrándola comprensivamente por unos momentos más y en tanto ella procesaba el placer que la inundaba, fue recostándola contra el pecho al tiempo que sus manos le acariciaban el torso y la boca buscaba su cuello hasta que, escuchándola susurrarle su contento, la empujó suavemente hacia abajo mientras le pedía que lo complaciera a él.

Turbada aun por la intensidad de la eyaculación, Casandra cedía blandamente, pero en ese momento se impuso la lubricidad de quien la habitaba, ya que Angélica imprimió al cuerpo un giro para quedar frente al hombre y arrodillándose, tomó en sus manos la recia carnadura del miembro. La obsesión de la suiza se convirtió en la suya y fascinada por la vista del falo aun mojado por sus jugos, lo sostuvo erguido entre los dedos en tanto que la boca se asentaba allá, en la base que lo unía al escroto.

Ciegamente, puso su mejor empeño en hacer que la lengua recorriera esa zona, recogiendo los restos de su líquida satisfacción y el sabor dulzón al que acompañaban efluvios levemente marinos. Como un naufragó hambriento, puso los labios a chupetear golosamente las carnes al tiempo que los dedos recorrían premiosos al pene, poniendo énfasis en envolver al ovalado glande y muy lentamente, fue ascendiendo por el tronco en una competencia de virtudes entre labios y lengua.

Al llegar al lugar donde debería haber estado el prepucio, sólo encontró la sima del surco por debajo del glande. La lengua tremolante recorrió la sensibilidad de esas carnes y luego de que los labios las enjugaran en apretadas succiones mientras los dedos ya masturbaban decididamente al falo, se abrieron para ceñirse sobre aquel hongo carnoso y chupetearlo delicadamente en cortísimos vaivenes de la cabeza.

Contagiada del entusiasmo de la pintora, Casandra ya no distinguía que cosas hacía por propia voluntad o cuáles le eran dictadas por la secular mujer, pero lo cierto era que estaba disfrutándolo como hacía años no lo hacia y poniendo su mejor empeño, abrió la boca hasta que sus mandíbulas parecieron dislocarse para ir introduciendo el pene hasta que un mínim0 regüeldo la hizo sofrenar su entusiasmo.

Retirándose despaciosamente, dejó caer sobre la verga una abundante cantidad de saliva que la mano utilizó como lubricante en tanto ella retornaba a martirizar al glande y, habiendo encontrado un ritmo que la satisfizo, alternaba aquello con las apretadas masturbaciones y cada tanto llevaba el falo hasta el fondo de su garganta para luego retroceder ciñéndolo duramente con los labios y dejando que los dientes rastrillaran incruentamente la delicada piel.

Entusiasmado por la denodada actividad de la muchacha sobre su miembro, el hombre hundía sus dedos en la cabellera de Casandra; al tiempo que proclamaba la proximidad de su eyaculación y haciéndole retirar la cabeza, tomó entre sus dedos al falo para masturbarse con vehemencia y cuando del mismo comenzaron a brotar las primeras gotas de esperma, ella acercó la boca abierta para recibir sobre la lengua extendida como una alfombra, los lechosos y espasmódicos chorros de semen que salpicaron también su cara.

El anhelado sabor a almendras dulces terminó por obnubilar a las mujeres y deglutiéndolo con avidez, Casandra volvió a introducirlo repetidas veces en su boca en fuertes succiones hasta que ni una sola gota más salió por la uretra.

Cuando Germán termino de descargar la simiente y mientras la muchacha aun permanecía arrodillada sobre la alfombra, él se dirigió al baño para ducharse y luego de un rato, cuando ya Casandra estaba sentada en un sillón, reapareció secándose y la invitó a que siguiera su ejemplo.

Durante ese rato en que había permanecido sola y, aun aceptando que sin la influencia que ejercía en su conducta la suiza ella hubiera aceptado la seducción del español, debió de admitir que su respuesta había sido exageradamente vehemente pero, considerando el tiempo que llevaba sin tener sexo, se justificó a sí misma. Ahora y en tanto refrescaba su piel con el agua de la ducha y sí, en un todo de acuerdo con la intangible fuerza que dominaba su voluntad, se dijo que debía de aprovechar esa ocasión para lograr la satisfacción total sin especular lo que el pintor pudiera pensar de ella.

Cuando salió del baño, lo hizo pudorosamente cubierta por una toalla que ceñía su busto y se encontró con la grata sorpresa de que Germán había dispuesto en un mesa baja varios platos con bocadillos y dos botellas de champán esperaban ser descorchadas en sendos baldes con hielo.

Aunque intensa, la sesión anterior había resultado poco más que un excelente sexo oral y para el hambre acumulada durante años por Angélica y la ansiedad despertada por ese aperitivo en Casandra, esa introducción ameritaba ser sucedida por una buena y completa cópula en la que los tres consiguieran satisfacerse.

Con una naturalidad que se desconocía y como si fueran amantes de viejo, tomó asiento en el largo sillón junto al hombre y así, mientras comían y bebían ese champán que Casandra sabía terminaría embriagándola, fue haciéndolo participe de detalles sobre su vida, su origen, sus estudios, el regalo de su padre, el viaje por distintas ciudades europeas y aquella especie de obsesión que sentía por la anatomía femenina, especialmente por los pintores que llevaban su expresión erótica hasta la exacerbación.

Olvidando por unos momentos el propósito que la había llevado al estudio y comprobando que la fusión con la suiza le otorgaba conocimientos profundos del arte como para discutirlos en un pie de igualdad con aquel hombre que la doblaba en edad y experiencia, se enfrascó en una conversación que los distrajo por más de media hora, al termino de la cual y aprovechando que la joven, sin perder el dominio de sí misma, respondía con voz estropajosa y gesticulaba con torpes movimientos, Germán dejó de lado la discusión para acercarse más a ella y besarla con suave ternura.

Tal vez fuera que, como siempre, el alcohol ponía en su conducta un desenfado falto de inhibiciones que le hacía aceptar cualquier circunstancia o el voraz hambre sexual que le carcomía las entrañas o la presencia silente pero perversamente ávida de Angélica o, en definitiva, la suma de todo aquello, pero lo cierto era que el sólo beso del hombre la hizo estrecharlo entre sus brazos para acercar su cuerpo voluptuosamente al de Germán.

Aun a través de la esponjosa tela, el cuerpo joven y elástico transmitió su ferviente disposición al hombre y este, sin prolegómeno alguno, la despojó de la toalla de un solo tirón para luego empujarla sobre el asiento. Ella esperaba una mínima introducción de caricias y sexo oral, pero el hombre no se andaba con chiquitas e incorporándose en el asiento, se quitó la toalla que le cubría el sexo y abriéndole ampliamente las piernas, tomó la verga todavía tumefacta para estimular su sexo a manera de pincel.

Ella conocía el tamaño y la consistencia que alcanzaba la verga cuando adquiría condiciones de falo y su cuerpo, instintivamente deseoso, onduló minimamente para hacer que el roce adquiriera intensidad. Rápidamente este cobró mayor rigidez que en la cópula anterior y con dulce placer, ella sintió como se deslizaba nuevamente por el canal vaginal.

La sensación maravillosa de ser penetrada por una verga de ese continente, se incrementó cuando el español le encogió las piernas con las manos para llevarlas dolorosamente a cada lado de su pecho pero esa distensión muscular se vio compensada cuando él inició un tan lerdo como profundo movimiento basculante que hacía al glande golpear contra el cuello uterino.

Haciéndole colocar los brazos de manera que las piernas quedaran enganchadas bajo las axilas, Germán se inclinó para realizar con manos y boca un trabajo enloquecedor sobre sus pechos y el chasquear de sus nalgas por la intensidad del choque con la pelvis del hombre era acompañado de sus ayes satisfechos. Fascinada por la actitud casi beligerante del pintor, asistía con mansedumbre a lo que para cualquier mujer sería un martirio, pero no acababa de entender como aquello le placía tanto; las grandes, finas pero fuertes manos del español sobaban prietamente las mórbidas mamas que ya habían perdido su condición de tales para alzarse endurecidas y esa hinchazón pareció enardecerlo aun más, por lo que su lengua se encargó de fustigar rudamente las aureolas y pezones hasta arrancar sordos quejidos en la muchacha. Cuando esta le expresó jadeante cuanto gozo encontraba en aquello, él, sin dejar de martillar en su sexo con el émbolo carneo, combinó el estrujar de los dedos con las succiones a  los pezones a los que, finalmente, encerró entre sus dientes para mordisquearlos sin lastimarla pero tirando de ellos como si pretendiera comprobar el límite de su elasticidad.

El sufrimiento era superado por lo que el placer colocaba en sus entrañas y entonces le pidió jadeante que la hiciera alcanzar nuevamente su orgasmo; enderezándose con su recio semblante deformado por una perversidad demoníaca que la asombró, le anunció que sólo él iba a determinar cuando aquel juego terminaba y que entretanto, se atuviera a las consecuencias de aquello por lo que se le había entregado.

En su interior se desató una pugna con Angélica en la que ninguna de las dos parecía ceder terreno a la otra; por su lado, Casandra estaba de acuerdo con que ella no sólo había consentido en tener una noche de sexo sino que la había buscado y provocado, pero no para ser sometida a las infamantes prácticas que pretendía el hombre y por el otro, la abstinente pintora no deseaba ponerse al día solamente con una sesión de sexo y buscaba encontrar en esta nueva época y sociedad, potenciadas, las más viles maneras de practicar el sexo.

En tanto se debatía en esa disputa interior, Germán había desenganchado sus piernas y, poniéndola de costado, la penetraba en una posición en la que su sexo quedaba totalmente expuesto y la verga entraba aun más profundamente. Contradictoriamente con su actitud de momentos antes, ahora el disfrute era tan intenso que mentalmente coincidía con su invasora y de su boca salín improperios y soeces invitaciones al hombre para que la hiciera gozar rompiéndola toda.

Alentado por ese cambio, el pintor realizó lo que ella menos esperaba. Sacando el falo del sexo y en tanto le estiraba una pierna contra su pecho, la sujetó reciamente por el muslo y la punta de la verga se apoyó sobre el ano. A pesar de haber permitido a algunos hombres sodomizarla y encontrara placer en aquello de lo que otras mujeres huyen espantadas, no lo realizaba habitualmente y al recordar el tamaño del falo que transitara por su traqueteada vagina con cierta incomodidad, realizó un vano intento de rechazo al que Germán respondió con irritada violencia.

Sosteniendo la verga erecta con su mano y utilizando al pulgar como un refuerzo, él apretó el glande contra los esfínteres y estos, como activando una memoria muscular, se distendieron para ceder paso al invasor. Ella había supuesto que, como en ocasiones anteriores o la más reciente del cromado consolador, el primer desplazamiento de los esfínteres le resultaría doloroso pero no, estos cedieron blandamente dilatados y la verga se deslizó despaciosamente dentro del recto sin otra molestia que el grosor inusitado del miembro.

Obviamente, el español conocía que las dimensiones de su pene no eran habituales y por eso concedió a la muchacha el beneficio de una penetración tan lenta. Manejándola con maestría y gracias a la lisura de la tripa, introdujo la verga resbalando en las mucosas intestinales hasta que las nalgas se lo impidieron y los largos testículos se estrellaron contra el sexo de la mujer y allí, al hacer el primer movimiento para extraerla, lo mágico se produjo y fue la misma Casandra quien expresó a voz en cuello su contento por lo que le estaba haciendo sentir.

Poniendo un pie sobre el asiento, las fuertes piernas del hombre se flexionaron para darle un empuje formidable al cuerpo y la sodomía se convirtió en un flagelante castigo para la muchacha que, sin  embargo, expresaba a los gritos su contento al tiempo que le anunciaba la llegada del esperado orgasmo. Como un verdugo ensañándose en su víctima, Germán intensificó aun más las penetraciones hasta que, en medio de una confusa mezcla de groseras maldiciones con agradecidas bendiciones, Casandra proclamó su eyaculación en medio de espasmódicos corcoveos y contracciones del vientre.

La muchacha aun sollozaba por la felicidad alcanzada de tan magnífica forma, cuando el hombre, lejos de haber menguado en sus fuerzas ni entusiasmo, se sentó en el sillón y atrayéndola como a una dócil muñeca, la guió para que se ahorcajara sobre él. Acomodándola de manera que quedara arrodillada y frente suyo, la abrazó estrechamente mientras su boca se entretenía chupeteando los senos todavía conmovidos por el intenso jadeo del pecho.

No era la primera vez que Casandra adoptaba esa posición y era experta en los movimientos que requería para obtener una satisfacción plena. Nuevamente excitada – ¿o era Angélica quien lo estaba? – , abrazó la nuca de Germán para entablar, golosa, una denodada batalla de lenguas y labios al tiempo que restregaba lascivamente su sexo dilatado y húmedo a lo largo del torso del hombre.

Este la había asido fuertemente con sus manos por las nalgas, propiciando el movimiento ondulatorio y Casandra, ya definitivamente entregada a ese juego de infernal crudeza, se aferró con ambas manos al repujado borde del respaldo e inició el descenso de su cuerpo hasta sentir en la entrepierna la monstruosa rigidez del falo.

Luego de menear de lado su pelvis por unos momentos como acomodándola y mirando fijamente al hombre a los ojos con una impúdica sonrisa flotando en su boca, hizo que la cabeza del miembro encajara en su sexo para luego penetrarse muy lentamente hasta que los labios de la vulva tomaron contacto con la mata velluda de Germán. Con la ayuda de los brazos y el flexionar de las piernas, comenzó una cabalgata que paulatinamente, mientras el falo terminaba de arrancar los colgajos de las anteriores excoriaciones, fue haciéndose más intensa en una endemoniada combinación de arriba abajo, adelante y atrás, más un intermitente meneo giratorio a imitación de una primitiva danza erótica.

La incontinencia de Angélica le exigía más y más y entonces, deteniéndose por un momento, acomodó las piernas hasta quedar acuclillada y con la formidable flexión que eso le permitía, se dio envión para que la verga penetrara hasta trasponer el cuello uterino e incluso rozar la mucosidad del endometrio. Dejando las nalgas, las manos del pintor se dedicaron a estrujar reciamente los oscilantes senos en tanto contribuía a la penetración con fuertes movimientos de su pelvis y de esa manera, los dos se sumergieron en una frenética danza que los llevaba a prorrumpir en apasionadas frases no ya de amor sino de la más desenfrenada lujuria.

Tales esfuerzos alcanzaron su punto culminante cuando el hombre sacó el miembro de la vagina para embocarlo en el ano y esta vez fue la misma Casandra quien propició la penetración, al dejarse caer sobre él con todo el peso de su cuerpo. Ya no eran sus gemidos de sufrimiento sino que su voz enronquecida por el deseo, suplicaba  y clamaba en repetidos asentimientos por una consumación total en la que los dos alcanzaran simultáneamente sus eyaculaciones. Manejándola hábilmente, Germán la tomó de las manos para ir haciéndola caer hacia atrás y así, casi suspendida en el aire y dándole a su cuerpo un impulso tal que la verga entraba al recto como un mecanismo perfectamente ajustado y engrasado, se debatieron por un rato hasta que, en tanto ella exhalaba en agónico clamor su éxtasis, el español, bramando como un toro, derramaba en el ano toda la carga espermática que había aguantado con avariciosa crueldad.

Agotada por la acrobática sodomía y satisfecha sexualmente como nunca lo había estado en su vida, Casandra se hundió en un pesado sueño que el pintor respetó, dejándola descansar hasta bien entrada la mañana siguiente. Su pervertida impudicia de la noche anterior aun la avergonzaba un poco, pero envuelta nuevamente por la pequeña toalla, aceptó halagada las alabanzas de Germán sobre sus virtudes y predisposición para el sexo; intercambiando esos comentarios íntimos, consumieron el frugal desayuno preparado por el hombre y entonces aquel le preguntó si desearía conocer a Gerard du Bois, un pintor francés cuya habilidad para el hiperrealismo lo había llevado a ser considerado el mejor pintor de desnudos del mundo.

Ella sólo conocía algunas de sus obras por deficientes fotografías de revistas y sí, le dijo  entusiasmada a Germán que esa había sido una de sus expectativas al llegar a Europa. Pidiéndole un momento para ir a su escritorio a hacer las llamadas necesarias, el hombre la dejo sola unos minutos en los que Casandra reflexionó sobre su comportamiento para finalmente aceptar que no era más descomedido ni pecaminoso que el que sostuviera con distintos hombres desde hacía años y que, definitivamente, nadie sabía quien era ella ni eso le acarrearía problemas sociales en el futuro ya que no pensaba permanecer en Europa.

Mientras cavilaba sobre aquello y terminaba de comer la última tostada, Germán regresó para decirle que estaba todo arreglado y que esa noche sería recibida en la casa-estudio que du Bois tenía en la afueras de Londres, donde podría ver personalmente algunas de las mejores obras del pintor sino también las de su esposa Sandrine que, en escultura, desarrollaba las mismas tendencias y técnicas que su marido.

Más allá de lo que pensara u opinara Angélica, el conocer a du Bois y Sandrine era para ella tocar el cielo con las manos y luego de despedirse del español, se dirigió a su departamento para, luego de un opíparo almuerzo que comprara de camino y que consumiera con inusual apetito, acostarse en una larga siesta que le demostró lo exhausta que la había dejado la maratónica cópula con el español.

Despertada por el reloj que había puesto a las seis, se levantó para darse un prolongado baño en la tina, ocasión que aprovechó para revisar su cuerpo y sólo encontró algunos magullones que el exceso de fuerza de los dedos de Germán produjeran en sus hombros y caderas, más unos apenas insinuados círculos rojizos alrededor de las aureolas.

Ya en la habitación y aunque su guardarropa no era abundante pero si de buena calidad y todavía impresionada por la fama de sus futuros anfitriones, dudó entre si debería lucir como una humilde investigadora de arte o como una profesional del arte que visitaba a otros artistas. Decidida por esa última opción, escogió un costoso conjunto de corpiño y bombacha que  Angélica le había obligado a comprar, embobada por aquello de las formas, los colores y los bordados finos. Sobre la blanca ropa interior y en virtud del bochornoso calor, se colocó una delicada solera de organza con diminutas y primorosas flores color pastel y para realzar lo estilizado de su figura, calzó zapatos de más de ocho centímetros de taco.

Con esa apariencia, casi exactamente a la hora convenida, tocó el timbre de la severa mansión Tudor en medio de un bucólico paisaje campestre. Aspiraba el fresco olor de las hierbas y comprendía por qué esos artistas famosos habían elegido la pacífica y solitaria campiña inglesa, cuando la ancha puerta de roble se abrió para dejarle ver una figura femenina que, en principio, la desorientó.

Ella había supuesto que Sandrine, para llegar a obtener su fama como escultora, tenía que ser una mujer si no vieja por lo menos madura, en cambio, esa espléndida muchacha que aparentaba ser sólo unos años mayor que ella y le tendía la mano para presentarse como la señora du Bois, era poseedora de una belleza extraña; un poco más alta que ella a pesar de llevar zapatos de tacón bajo, exhibía una figura esbelta y longilínea que abultaba sin excesos en los lugares precisos y el corto vestidito veraniego de gasa no dejaba demasiado a la imaginación o especulación sobre la generosidad del cuerpo.

El rostro de la francesa era un capítulo aparte, ya que, sin ser hermoso, poseía facciones que lo hacían atrayente; nada parecía tener que ver con nada. Los ojos de un claro verde aguamarina como los mares tropicales no se correspondían con la recta nariz cuya extensión era la justa y precisa para no ser larga y la boca generosa de labios delgados, se abría ampliamente dejando ver el brillo de una dentadura perfecta de dientes pequeños y, nimbando todo eso, una corta melenita “sauvage” color caoba le daba luminoso marco. Cada rasgo aparecía individualmente como exagerado y sin embargo, por una extraña combinación casi alquímica, el conjunto era poderosamente estético.

Reaccionando del instantáneo examen que hacía de su anfitriona, le estrechó la mano y se dejó conducir por esta hacia un amplio salón que existía más allá de unas puertas dobles vidriadas. Mientras le marcaba el camino, Sandrine le explicó que su marido estaba demorado en la ciudad y que ella sería la encargada de iniciar la presentación de las obras pero que, más tarde, durante la cena, ella tendría tiempo para conversar con él sobre los temas que interesaban a su investigación.

En tanto le servía un largo vaso de fresca limonada, le aclaró que no era habitual que ellos abrieran su casa a extraños pero la encendida presentación que les hiciera Germán de sus condiciones y habilidades los habían predispuesto y ahí estaban. Como para romper el hielo, Sandrine se interesó en su origen, dónde, cómo y con quién vivía y se mostró muy interesada por el carácter de sus investigaciones, haciendo referencia a Angélica Kauffman como uno de los pocos y mejores pintores femeninos de la historia, lo que la llenó de un raro e íntimo orgullo que le plació, aumentando su estima por la escultora.

Terminada esa conversación inicial, la francesa la llevó a un sector donde estaban colgados varios cuadros. El ver personalmente la obra de Gerard du Bois la emocionó como ella no creyó que lo hiciera; el refinado trazo del pintor hiperrealista hacía difícil creer que lo que estaba viendo no fuera una foto y esto mismo no le hacía justicia tampoco. La sensación era tan real que llevaba a hacer pensar que era un hueco en la pared a través del cual se veía a una mujer. Cada tela era totalmente distinta a las otras y sin embargo, había en el encuadre de cada una algo que las hacía formar parte de un todo; los cuerpos que se mostraban en todos los casos, estaban a escala natural y ninguno exhibía un rostro: eran trozos de cuerpos mostrando sectores anatómicos que dejaban ver un seno o dos, la curva de una cadera, un vientre, una entrepierna o un par de nalgas y, aunque sólo era la mera trascripción de formas corporales, cada pieza dejaba trasuntar un inocultable erotismo que se transmitía al espectador casi palpablemente.

Para conducirla delante de cada cuadro y hacerle observar minuciosamente cada detalle, la francesa había pasado un brazo sobre sus hombros  y de esa manera amigable, le hacía ver el virtuosismo de su marido al tiempo que dejaba deslizar, como al descuido, que este jamás había utilizado a otra modelo que no fuera ella. El saberlo, puso en Casandra una desasosegante inquietud porque no había imaginado que bajo esa apariencia gentil, Sandrine ocultara semejantes contundencias físicas. Tampoco pudo ignorar el escozor que las imágenes ponían en el fondo de sus entrañas y que el contacto de la mano de la mujer incrementaba conforme aquella cambiaba de posición, incitándola a agacharse o mirar de soslayo para ver el efecto de determinado trazo.

Gradualmente y como si fueran cómplices de algo secreto, Sandrine la había ido abrazando por la cintura y a través de las delgadas telas de los vestidos, la muchacha podía comprobar la elevada temperatura del cuerpo de la mujer mientras aquella le musitaba al oído el detalle de una plegadura, de un pezón o la comba desnuda de una vulva que insinuaba una enrojecida raja con detalles casi tridimensionales. Casandra jamás había tenido tendencias homosexuales y hasta podía decir que el tener contacto físico con otra mujer le provocaba rechazo, pero había algo mágicamente embriagador en la francesa que la seducía y en tanto la oía susurrarle con libidinosa intención la voluptuosidad que sugería cada imagen, acercó aun más su cuerpo al de ella y el contacto leve de los dedos en su cadera se le hizo exquisitamente placentero.

Ya habían casi completado la vuelta por el cuarto y ante una escena particularmente excitante en la cual se veía una mano apoyada como al desgaire sobre una vulva, la implícita actitud masturbatoria puso tal emoción en la joven, que, sin poderlo evitar, dejó escapar un hondo y tembloroso suspiro de ansiedad y como respondiendo a eso, la mano que acariciaba en dulces toques su cintura, se deslizó a lo largo de la nalga para acariciarla con indudable pasión.

Al levantar la vista nublada por la turbación, vio junto al suyo el disparejo rostro de la escultora y en tanto que con su mano la estrechaba aun más contra si, rozó con sus labios los temblorosos de Casandra. Nunca había ni siquiera imaginado lo que se sentiría al ser besada por una mujer, pero en lugar de la repulsa que ella presumía, una dulce sensación de plácida mansedumbre la invadió y se dejó estar.

Cierto era que, aunque ella no lo sabía, Angélica conocía largamente las mieles del lesbianismo y entusiasta practicante de aquello en las distintas épocas y circunstancias en que habitara a otras mujeres, se plegaba gozosamente a la seducción de la francesa y por ende, aunque quisiera negarse, Casandra se convertiría en la próxima a través de quien ella gozaría con una mujer.

Los labios de Sandrine tenían una textura especial que los hacía mórbidamente suaves a pesar de su delgadez y en un como que sí y que no, anhelantes y esquivos a la vez, se plegaban en apenas insinuados besos para rozar con levedad de mariposa los alrededores de la boca de la muchacha y, ocasionalmente, los labios resecos por el fuego que la emoción ponía en su garganta.

Cuando finalmente la francesa hizo que su lengua húmeda se escurriera entre ellos para hurgar sin apremios las encías y los labios encerraban a los suyos en el inicio de un verdadero beso, Casandra sintió como si toda ella se ablandara, se derritiera, para dar paso a una pasión que parecía nacer desde el fondo mismo del sexo y extender su fuego a todo el cuerpo. Cerrando los ojos como si no quisiera ser parte activa de esa circunstancia antinatural, respondió instintivamente a la caricia y sintió el inmenso  placer que le daba besar a otra mujer.

Inmersa en emociones encontradas, se abandonaba laxamente en brazos de la escultora echada hacia atrás por ese empuje sutil, cuando sintió como aquella hacía una pausa para desatar la larga cinta de seda roja que utilizaba como cinturón y colocándola sobre sus ojos, la anudaba a la nuca para cegar sus ojos. A la obnubilación de su voluntad se sumaba la de la venda y eso puso en su mente una no confesada pero siempre latente ansiedad por acceder a los misterios que justificaban la homosexualidad.

Tomándola tiernamente de la mano, la francesa la condujo cuidadosamente fuera del salón y, por los aromas a maderas finas y perfumes cosméticos, supuso que se encontraban en un dormitorio. No estaba errada en sus presunciones y los pocos pasos sintió contra sus piernas el sedoso contacto con lo que comprobó era la sábana de una cama. Con liviandad de pájaros, las manos de la mujer revolotearon sobre ella para despojarla en pocos segundos de la liviana solera y por su murmullo de velada complacencia, el espectáculo la satisfizo.

Guiándola delicadamente, la hizo recostar en el lecho y tras unos segundos, la joven sintió como le quitaba los zapatos para luego experimentar por primera vez lo que ningún hombre había hecho. Mientras las yemas de los dedos de la francesa acariciaban la piel de empeines y tobillos, la aguda punta de la lengua hurgó tremolante en los intersticios entre los dedos para cosquillear a lo largo de estos y cuando Casandra los movió inquieta por el escozor, la mano alzó uno de los pies para enviar la lengua a escarbar en la planta y reptando hacia arriba, introducirse en el hueco debajo de los dedos.

El cosquilleo se hacía insoportable, no por lo hilarante sino por el punzante ardor que parecía nacer desde el mismo nacimiento de la columna vertebral para subir a lo largo de esta e instalarse definitivamente en la nuca. La sensación se hizo más aguda cuando la mujer fue introduciendo los dedos en su boca para empaparlos de saliva y succionarlos como si se tratara de pequeños penes, comenzando desde los pequeños meñiques hasta que, al arribar al largo dedo gordo, realizarle una verdadera felación.

Inconscientemente, las manos de Casandra se aferraban en nerviosos apretujones al borde del colchón y esa pareció darle alguna señal a Sandrine, quien comenzó a trepar por las pantorrillas esparciendo humedades con la lengua y enjugándolas con los labios.  Al llegar a las rodillas, lugar sensibilísimo por excelencia, estimuló la parte huesuda con persistencia hasta que la boca se sumió en el hueco debajo de ellas y allí se esmeró en exacerbar los nervios de la muchacha, hasta que el temblor casi animal de los muslos la hizo refrescarlos con la humedad de la lengua en parsimoniosos recorridos que, en forma ascendente, fueron conduciéndola hacia la entrepierna.

De manera involuntaria, sólo por instinto, Casandra había ido abriendo las piernas conforme la caricia escalaba por estas y al momento del arribo al sexo, daban lugar para no obstaculizar el movimiento de la cabeza. La particular sutileza del intrincado bordado debía alucinar a la mujer, ya que, en tanto la boca seguía sojuzgando al suave interior de los muslos con la boca, los dedos recorrían los meandros del complicado dibujo como si fueran descifrando un velado mensaje en Braille. Palpaban tenuemente el sedoso fondo traslúcido para luego trepar los bordes de los pétalos de exquisitas flores y más tarde ensimismarse en los festoneados bordes. Casi medrosos, dejaban que los agudos filos de las cortas uñas tocaran la piel y, a veces, parecían amenazar con introducirse debajo pero luego desistían como arrepentidos.

Esa incertidumbre y el hecho de no poder ver que era lo que mujer hacía, agudizaban las percepciones de la joven y anhelaba que aquel martirio se concretara de alguna manera. Por un momento parecía que así iba a ser, cuando los dedos palparon sobre el huesudo Monte de Venus pero al comprobar que toda el área estaba meticulosamente depilada, siguieron el trazado descendente del sexo hundiendo con leve presión el tejido contra la raja y dilatando los labios de la vulva.

El estremecimiento de Casandra parecía haberla complacido y por unos momentos la boca se posesionó de la entrepierna como una voraz ventosa para chupetear repetidamente la húmeda tela, sorbiendo con fruición los jugos vaginales que la mojaban. Sin proponérselo y urgida por el deseo, la muchacha ondulaba suavemente el cuerpo arqueado pero eso evitó que la mujer continuara con ese singular cunni lingus y deslizando la lengua tremolante por las canaletas de las ingles, trepó hasta el bajo vientre.

Con irritante morosidad, labios y lengua recorrieron la comba hasta tropezar con el cuenco del ombligo y allí se detuvieron como en un oasis a sorber los sudores acumulados. A la sutileza de esos contactos, se fueron agregando unos que la joven no pudo discernir en principio de qué se trataban pero después se dio cuenta que esa extraña caricia provenía del roce de los pezones que la mujer estregaba contra su piel y eso la excitó tanto como si realmente se tratara de un verdadero órgano sexual.

De alguna manera en que ella no se había dado cuenta, Sandrine se había desembarazado del corto vestido que llevaba y ahora, junto a las caricias de su boca y de los dedos que recorrían inquisitivos su cuerpo, le transmitía todo el ardor del suyo a través de la piel, tersa y suave como la porcelana. Las manos acariciaban sus dorsales mientras la boca recorría golosa el surco en medio de su abdomen y al llegar al valle entre los senos, tropezó con el gancho que cerraba por el frente al corpiño y sin que casi la muchacha se diera cuenta, lo abrió para dejar libre la estremecida carnosidad de los pechos que, como en una antigua poesía, estaban “la mitad llenos de miedo, la mitad llenos de asombro”.

Aunque Casandra se lo hubiera propuesto, nunca podría haber imaginado que el contacto físico con una mujer le proporcionaría tan exquisitos placeres; era algo más allá de lo físico o meramente sexual, un ente extraño que se apoderaba de todos sus  sentidos y esa conjunción provocaba en su mente ignoradas percepciones que superaban con contundentes certezas todas sus fantasías y entraban de pleno al nivel de lo psíquico.

La lengua de Sandrine reptaba ahora en lentos círculos concéntricos por las gelatinosas colinas de los senos mientras los dedos sobaban tiernamente la ardorosa piel y, al llegar al vértice en que las aureolas daban cobijo al pezón, pareció detenerse, tal vez admirada por el aspecto y condición que la muchacha conocía; pulidas hasta perder la opacidad característica y de unos tres centímetros, tenían la particularidad de que, al excitarse sexualmente, crecían y se elevaban hasta semejar otro pequeño seno que, conforme crecía la calentura, cobraban un fuerte tono marrón violáceo y en su cima se elevaba la fortaleza de un corto, rugoso y grueso pezón.

El no ver lo que sucedía la hacía permanecer en una tensa espera y recién cuando la lengua tremoló como un picaflor libando en esa corola carnea, se aflojó con un profundo suspiro para murmurarle a esa nueva amante que incrementaba la pérfida lubricidad de Angélica, que la hiciera suya. Respondiéndole con su cálida voz que lo sucedido hasta el momento no era ni siquiera el inicio de la relación y diciéndole que los frutos de la paciencia son más deliciosos cuanto más larga es la espera, se dedicó a fustigar intensamente la tensa excrecencia del pezón en tanto que los dedos índice y pulgar envolvían al del otro seno para restregarlo delicadamente entre ellos.

La sensación era inefable y todavía se acentuó más cuando la mujer acaballó su cuerpo sobre uno de sus muslos y apoyando contra él su sexo calidamente húmedo que dilatara con los dedos, inició un lento movimiento pélvico a imitación de un coito y el sentir esas carnes mojadas de mucosas estregándose contra su piel, le hizo experimentar la necesidad de saber como era sentir una sexo femenino en su boca.

Obviamente, no era la primera vez que sus senos eran utilizados como vehículos de placer, pero jamás alguien lo había hecho con tal dedicada solicitud y a la vez, dándole placeres hasta ahora desconocidos. Ya la lengua había sido reemplazada por los labios que abarcaban totalmente el mínimo volcán de la mama para succionarlo con esmerado afán en tanto que los dedos ya  retorcían al pezón con dolorosas tracciones como ella sabía se hacía con las parturientas para incitarlas a pujar.

Tanto ella como Angélica sabían que los mejores placeres venían de la mano del dolor pero no imaginaban a que nivel las elevaría la lascivia de la francesa. Mientras su grupa se agitaba como en un coito canino montando el muslo de la argentina con sonoros chasquidos de los mojados colgajos estrellándose en la piel, sus labios se ceñían sobre el ya inflamado pezón y lo maceraban duramente con la colaboración de los dientes al tiempo que los dedos de la mano ya no retorcían a la otra mama sino que los filos de las uñas se clavaban sobre ella para tirar hasta el límite de lo imposible.

Casandra deseaba desesperadamente poder llegar a la eyaculación pero evidentemente ese no era el propósito inmediato de la escultora quien, viendo las nerviosas contracciones en el cuerpo de la muchacha y sus roncos reclamos para que no la hiciera sufrir más, abandonó sus pechos para subir hasta su cara y tomándola entre sus fuertes manos acostumbradas a manejar formones, cinceles y martillos, hundió la boca entre sus labios en un perverso juego de besar, lamer y chupar que no hizo otra cosa que enardecerla aun más.

Arrastrándola hacia el centro de la cama y sin dejar de besarla cada vez más intensamente, la mujer fue rotando su cuerpo de manera de quedar invertida sobre la joven y esta se dio cuenta cabalmente de aquello cuando Sandrine bajó por el cuello hacia sus pechos y los colgantes de ella rozaron la cara de Casandra. Nuevamente la boca golosa y los dedos inquietos de la francesa volvieron a hacer maravillas en los senos e inconscientemente, casi en un arranque primitivo, las manos de la argentina buscaron a ciegas los pechos oscilantes para comenzar por acariciarlos con temerosa prudencia y después,  como respondiendo a lo que le hacía la otra mujer, empezar a sobarlos cuidadosamente mientras la lengua buscaba tomar contacto con sus vértices.

A pesar de hacerlo a tientas, conocía lo suficiente de un seno como para saber que hacer y, a imitación de la escultora, buscó la mama, comprobando con sorpresa el largo y consistencia del pezón que al empuje de la lengua cedía elásticamente. Como inspirada por un deseo infantil, rodeó con los labios la excrecencia y comenzó a succionarlo en un mamar que, en la medida que el pezón cobraba rigidez, fue acentuándose para convertirse en un goloso y vigoroso chupar.

La mujer parecía guiarla en qué y cómo hacerlo por la forma en que alternaba de un pecho al otro y tanto sus dedos como la boca variaban constantemente la calidad de los apretujones, chupones, lamidas y mordisqueos que la muchacha imitaba inmediatamente y durante  unos momentos se debatieron como si pretendieran saciar su apetito sexual en esa sola acción hasta que Sandrine deslizó su boca a lo largo del vientre en tanto los dedos rebuscaban curiosamente en la entrepierna.

Casandra estaba acostumbrada a realizar largos sesenta y nueve como satisfactorio prólogo al coito pero nunca lo había deseado con tantas ansias como el que imaginaba se produciría a continuación y esperó angustiada el proceder de la francesa; con esa destreza que otorga la experiencia, los dedos ágiles de la mujer hicieron deslizar la trusa hacia las rodillas y en respuesta instintiva, las piernas de Casandra se alzaron para que terminara de resbalar hacia los tobillos

Entonces los dedos se convirtieron en gentiles embajadores de la boca y recorrieron de arriba abajo la inflamada vulva por cuyos labios mayores entreabiertos se proyectaban los finos frunces de los menores, brillantemente barnizados por los jugos hormonales en tanto la lengua ejercía un vibrante tremolar sobre el tubo carnoso del clítoris.

A pesar de sus ayes y gemidos complacidos, Casandra no estaba preparada para hacer lo mismo y cuando sintió sobre su boca y mentón la presencia física del sexo de la escultora, cerró fuertemente los labios en una natural reacción de repulsa tratando de ladear la cabeza para evitar el contacto, pero no había contado con que la francesa, ya ducha en esas lides, cerrara fuertemente sus piernas para impedirle todo movimiento y así tuvo que aguantar que las carnosidades húmedas del sexo se estregaran contra los labios.

A pesar de su resistencia a ceder, tal vez a causa de la maravilla de lo que la mujer estaba haciendo en su sexo, por la tersa consistencia de los colgajos epidérmicos, por la íntima fragancia que inundaba sus hollares dilatados por la respiración forzada o el sabor agridulce que se filtraba inevitablemente a través de los labios, lo cierto es que sólo los entreabrió un poco pero eso fue suficiente para que la textura de la piel impregnada de jugos actuara como un bálsamo y la boca se abrió lo bastante como para permitir que los fruncidos colgajos se introdujeron en ella.

Ya la boca de Sandrine no se limitaba a estimular al endurecido clítoris sino que acompañaba a los dedos en su periplo con el agregado de que la lengua hurgaba en el fondo del óvalo y los labios ceñían a los pliegues para succionarlos en apretados chupones. Como si una histérica necesidad la compeliera, Casandra abrazó los muslos de la francesa y hundió la boca sobre aquel sexo al que no veía pero que degustaba con famélico fervor. El placer de palpar con dedos, labios y lengua esos tejidos que se le antojaban sabrosísimos y que por fin le hacían comprender la fijación casi obsesiva de los hombres por hacerlo, se le hizo tan grande e intenso que, en un arranque de curiosa gula, se quito la venda que cubría sus ojos para contemplar arrobada la apariencia de aquello que le placía tanto.

Como especialista del desnudo femenino en el arte y su consiguiente conocimiento de la anatomía, sabía exactamente como era el sexo de una mujer pero nunca había visto uno a excepción del suyo a tan corta distancia; la vulva presentaba un exterior curvo e hinchado que, de un fuerte color rojizo iba oscureciéndose hacia los bordes en distintas gradaciones  violáceas hasta que en los labios mayores se hacía casi negra.

El aspecto general del sexo trajo a su mente, en un repentino flash, la imagen insólita de un alfajor, pues esto labios mayores se abrían apenas para dejar paso al apretado manojo de los menores; una especie de encaje o coral, cuyos bordes irregulares se multiplicaban en infinidad de frunces que se dilataban como las alas de una monstruosa mariposa. Terminando de separarlos con los dedos, comprobó que, rodeando a un nacarado óvalo en que se destacaba el agujero oscuro de la uretra, formaban en la parte superior el arrugado capuchón del prepucioque protegía a un clítoris excesivamente largo y grueso, cuya cabeza pugnaba por traspasar la membrana que se lo impedía y, hacia abajo, llegaban a conformar la fourchete, ese grupito de delicados tejidos carnosos que circunda la entrada a la vagina y, finalmente, esta misma que, como la boca desdentada de un monstruo alienígena, se dilataba en generosos belfos pulsantes que dejaban entrever la oscuridad de su interior.

Fascinada por el aspecto, las fragancias y sabores que saturaban su olfato y paladar, abrió la boca como si fuera una pitón gigante para engullir aquel portento y así, en una sucesión de lengüetazos, chupadas y aun mordisqueos a todas y cada una de las partes de ese fantástico sexo, se dejó llevar por el frenético entusiasmo de la mujer hasta que aquella consideró que ya era suficiente y saliendo bruscamente de encima suyo, se incorporó y tomando algo de un mueble cercano que ella no alcanzó a distinguir, se zambulló entre sus piernas.

Ahora que podía ver, Casandra se apoyó en los codos para observar en curioso detalle que era lo que Sandrine realizaba en ella. La pasión parecía haber transformado el disparejo rostro en algo sensualmente atractivo y la sonrisa de traviesa lascivia le otorgaba un aspecto maléfico. Haciéndole encoger aun más las piernas y formando como una pala con la lengua, recorrió de arriba abajo todo el ya dilatado sexo hasta que los gemidos ansiosos de la muchacha la hicieron salir de ese hipnótico sube y baja para, aguzando al punta del órgano, hurgar inquisitiva dentro del óvalo, escarbando el agujero de la uretra que, para regocijado descubrimiento de Casandra, se había convertido también en un hueco de placer.

Los dedos no permanecían ociosos y en tanto el pulgar de una mano sobaba en morosos círculos sobre el clítoris, índice y mayor de la otra rascaron suavemente la entrada a la vagina para luego introducirse en ella despaciosamente. Nunca nadie le había hecho tal cosa con tanta delicadeza y conocimiento de que resortes tocar para llevar a una mujer al paroxismo del goce. Labios y lengua estregaban reciamente los colgajos sensibles en tanto que el dedo sometía al clítoris a una fricción tan deliciosa como inaguantable.

Los dedos que penetraran la vagina, se habían arqueado en forma de gancho y en menudos rastreos ubicaron en la parte anterior del canal vaginal aquella zona, aquel punto de sensibilidad extrema que la llevaba a experimentar los más intensos placeres.  Con infinito cuidado palparon la delicada piel hasta asentarse definitivamente sobre la prominencia en forma de almendra y allí se entretuvieron durante unos momentos en excitarla, cada vez con un poco más de rudeza hasta que la misma muchacha le pidió por favor que no la torturara más con aquello y que siguiera con la masturbación.

Haciéndole elevar su protesta momentánea, la francesa sacó sus dedos de la vagina para asir entre ellos aquella cosa que Casandra no pudiera ver y que era un magnífico consolador. Por lo que alcanzara a divisar, se trataba de un largo cono cuya superficie aparentaba estar formada por varias esferas superpuestas. Aunque  no parecía ser  peligroso, no se asemejaba al que guardaba en su departamento y eso la atemorizaba e, instintivamente, los músculos internos de la vagina se comprimieron.

Volviendo a apoderarse del clítoris con la boca, Sandrine asentó la ovalada punta del falo contra la vagina y, creyendo que sus dedos la habían dilatado lo suficiente, presionó, para encontrarse con la súbita estrechez muscular y diciéndole roncamente con velada amenaza que no la hiciera enojar, arremetiendo con labios y dientes contra el clítoris, presionó con fuerza hasta que la verga venció la resistencia y el falo fue penetrándola como nunca otro lo hiciera.

A pesar de que su superficie era lisa y no la lastimaba, las esferas sucesivas acrecentaban su tamaño, haciendo que los esfínteres se dilataran con cada una para luego volver a cerrarse, repitiendo el proceso de manera cada vez más intensa y cuando sintió a la primera trasponiendo el cuello uterino, la última dilataba dolorosamente los esfínteres vaginales como ninguna cosa lo hubiera hecho. La mujer debería saber cuanto la estaba haciendo sufrir y por eso ponía todo su empeño en penetrarla hasta que su propia mano se estrelló rudamente contra el sexo.

El dolor le hacía olvidar el idioma y de su boca salían fervientes súplicas porque no la martirizara de ese modo junto a los más obscenos insultos del que el español es rico, cuando, sin que mediara instancia alguna, como si pasara de una dimensión a otra y tan súbito como el dolor, el placer más grande comenzó a invadirla y el pequeño vaivén que la mujer le había dado a la mano fue incrementándose hasta convertirse en una verdadera cópula de la que ella disfrutaba inmensamente y a lo que respondía con el ondular del cuerpo y el menear de las caderas.

El sentir semejante falo socavándola le placía inmensamente y, sólo por un instante, se preguntó si era  Angélica quien disfrutaba de ese sexo despiadado o ella la que dejaba aflorar todo el caudal de su masoquismo. De cualquier manera, era el sexo más espléndido del que disfrutara en su vida y, siguiendo los pedidos de quien la estaba sometiendo, fue rotando el cuerpo hasta quedar arrodillada boca abajo.

Arrodillada junto a su grupa alzada, Sandrine hacía que el consolador la penetrara desde ángulos insólitos y ella sentía como la esfera de la punta exploraba zonas jamás holladas por miembro alguno. Ante sus expresiones complacidas por tan estupendo coito, la francesa la indicó que llevara una de sus manos a restregar el clítoris y sí, realmente sus dedos se complementaban tan a la perfección con el falo, que excitaban reciamente no sólo al clítoris sino a toda la vulva e incluso, introduciéndose a la vagina junto al miembro artificial.

Ambas amantes habían alcanzado un ritmo, una cadencia corporal en la que las dos conseguían sus objetivos; la una sometiendo para disfrutar y la otra regocijándose enloquecida de ese sometimiento y cuando Sandrine exploró en los alrededores del ano con un dedo mientras dejaba caer en la hendidura abundante saliva, un algo perverso en el fondo de su mente, le hizo pedir a Casandra que la sometiera con los dedos.

Concretando lo que seguramente había sido su intención y sin dejar de penetrarla duramente con el falo por el sexo ni ella de masturbarse, Sandrine fue introduciendo lentamente uno de sus fuertes dedos hasta que los nudillos le impidieron ir más allá. Como de costumbre, una imperiosa necesidad de defecar había seguido a la agresión a los esfínteres pero el placer masoquista que ello le proporcionaba, la hizo expresar su satisfacción más eufórica al tiempo que le pedía a la mujer que la sodomizara con más dedos.

Casandra sentía que de continuar de esa manera, en poco tiempo más alcanzaría uno de sus auténticos orgasmos y ya hamacaba fuertemente su cuerpo para alcanzar aun mayor dureza en el sometimiento, cuando se dio cuenta que Sandrine había retirado el falo de su sexo y que este había sido reemplazado por uno verdadero.

Saliendo de ese ensimismamiento hipnótico en que la había sumido el placer, trató de incorporarse pero una recia mano masculina empujando su espalda hacia abajo y una imperativa orden impartida por la bronca voz de un hombre la hicieron desistir. El duende malévolo de Angélica le hizo ver cuanto podrían llegar a disfrutar los tres juntos y poniendo en su cuerpo fuerzas que ya no tenía, elevó la grupa cuanto pudo y se hamacó con vertiginoso vaivén.

El miembro era realmente notable y el contacto con su morfología le hizo saber que a la enorme cabeza seguía un grueso falo con acentuada curva hacia arriba. Verdaderamente y después de lo dispuesta que estaba tras lo que realizara Sandrine en ella, gozaba con cada remezón del hombre a quien aun no había visto, cuando vio como la francesa se acomodaba frente suyo para abrir las piernas y acercándose, le pedía que la chupara.

Aparentemente, la idea de una orgía estaba en Angélica y aunque a la muchacha ni se le había ocurrido que algún día pudiera sucederle algo así, ante la exigencia de la francesa, descubrió que en ella realmente se escondía una mujer salvaje y que, desprejuiciadamente, estaba dispuesta a llegar a los mayores excesos para la obtención de su satisfacción plena.

Los pulidos y tersos muslos de la escultora se erguían a cada lado de su cara y cuando aquella levantó las piernas para apoyar los pies en su espalda, el espectáculo del sexo dilatado por los dedos de la mujer la hicieron desearla como si toda su vida hubiera practicado el lesbianismo. La exótica flor que formaban las distintas gradaciones rosadas del interior, contrastaba con los bordes negruzcos de la vulva y, al tiempo que dilataba las narinas para olfatear profundamente esas fragancias que la obnubilaban, la lengua trepidante se alojó sobre el largo tubo de ese verdadero pene femenino para después descender explorando todos y cada uno de los pliegues y repliegues hasta alcanzar la boca oferente de la vagina, en la cual se hundió para degustar los jugos que rezumaban naturalmente de ella y luego, ahíta de esos sabores, se aventuró por el corto espacio del perineo a estimular duramente el apretado haz de tejidos del ano.

El paso de la verga en la vagina se le hacía dolorosamente exquisito y el sometimiento bucal al sexo de la francesa parecía ser el complemento perfecto para tan magnífico coito pero cuando Sandrine le tomó las manos para conducirlas hacia sus pechos, ella comprendió su pretensión y dejando que sus dedos se cebaran en aquello de sobar y estrujar los senos de la mujer, consiguió que el ensamble físico de los tres se convirtiera en un mecanismo sexual perfectamente calibrado y aceitado en el que se debatieron por varios minutos.

Sin haber acabado, Casandra sentía que la abundancia de sus jugos íntimos aumentaba para hacerle más placenteras las penetraciones en las que el hombre retiraba totalmente el falo para esperar la contracción de los esfínteres vaginales y luego volver a penetrarla con despiadada reciedumbre. El no haber eyaculado la ponía en un estado de frenética histeria y era la francesa quien se beneficiaba con ese nerviosismo, ya que ella succionaba y mordisqueaba ardorosamente el clítoris de la mujer mientras sus dedos ya no manoseaban a los senos sino que retorcían impiadosamente los pezones para alternarse con las uñas que se clavaban sin misericordia en ellos.

El enardecimiento de Sandrine parecía acercarse al delirio y hasta dificultándole lo que hacía, utilizaba los pies que apoyaba en su espalda para darse envión y alzar la pelvis, quedando solamente con sus hombros y cabeza contra el colchón para, en esa posición arqueada, ondular el cuerpo y proyectarlo contra esa boca que le hacía sentir cosas tan hermosas.

Cuando ya la muchacha creía que en esa rítmica cópula seguirían hasta encontrar una múltiple satisfacción, el hombre puso todo el peso de su cuerpo para hacerla caer de costado hacia la derecha y acoplándose a ella en la posición de “la cucharita”, continuó con el sometimiento al tiempo que le hacía encoger la pierna izquierda hasta que la rodilla rozó su barbilla.  En esa postura, la verga parecía entrar aun más profundamente mientras ella sentía como los testículos de Gerard golpeteaban contra la vulva y entonces, abrazándola, el pintor fue haciéndole girar el torso.

Los largos dedos del artista se ciñeron sobre el seno izquierdo para sobarlo concienzudamente en tanto buscaba con su boca ávida los labios de la muchacha. El curvo falo, cobraba en esa posición una nueva dimensión y al tiempo que se quejaba mimosamente, fue Casandra quien mandó su lengua a reconocer la boca del hombre.

Grandes y maleables, los labios de Gerard se movían dúctilmente para encerrar entre ellos los resecos por la fiebre de la joven y mientras los dedos jugueteaban febriles con los pezones, ambos amantes se trenzaron en una inflamada batalla de lenguas y besos, pero en la mente concupiscente de Angélica ardía un deseo no satisfecho aun y de pronto, poniendo en ella fuerzas que creía no poseer, se deshizo del abrazo del francés para abalanzarse sobre su entrepierna.

Tal y como ella había supuesto por como lo sentía dentro suyo, el falo del hombre era una maravilla; largo y grueso, su tronco aplanado se curvaba hacía arriba como una banana y en su punta, exento totalmente de prepucio, exhibía la ovalada forma de un glande desproporcionado. Nunca había visto algo así y aun jadeante por el interrumpido coito, dejó que sus manos se deslizaran sobre la delicada piel cubierta aun por las espesas mucosas de su sexo.

Sandrine había desaparecido durante los minutos en que su marido poseyera a la muchacha en esa posición, pero ahora se arrodilló a su lado y en tanto le acariciaba espaldas y glúteos, fue guiando su cabeza para que tomara contacto con el pene. La avidez de la suiza que la habitaba se manifestó en la forma en que hizo tremolar su lengua y, abatiéndose sobre la monda cabeza, lamió y sorbió con gula los restos de sus propias mucosas en tanto los dedos resbalaban por el húmedo tronco en lentas masturbaciones.

Seguramente contagiada por lo que ella había propiciado, la francesa se sumó a la pareja y mientras Casandra chupeteaba golosa el glande de su marido, ella alojó su boca en los arrugados testículos para, al tiempo que los lamía y chupeteaba en ruidosas succiones, buscar y estimular con uno de sus dedos el ano del hombre quien, rugiendo de satisfacción, se dejó estar en manos de las mujeres.

La argentina había comprobado con alegría que el tamaño desmesurado de la cabeza no era obstáculo para que cupiera entre sus labios y pacientemente, logró hacerla entrar por entero en la boca hasta que los labios se ciñeron contra el profundo surco al tiempo que sus dedos seguían recorriendo el tronco en una morosa masturbación; masturbación esta que se vio interrumpida cuando la francesa dejó los testículos para trepar a lo largo del falo, chupeteando y lamiendo la piel.

Con un entusiasmo que descolocó a Casandra dada la evidente homosexualidad de la mujer, esta zangoloteó con la boca hasta llegar a la cabeza, desde donde la desplazó para engullir hambrienta el óvalo e introduciéndolo profundamente en la boca, inició una succión que le hacía hundir las mejillas por su intensidad. Decidida a competir por el falo portentoso, la muchacha se entregó a chupetear de costado la verga y casi en franca lucha, volvió a intentar introducirla en su boca.

Y nuevamente la escultora la sorprendió, ya que no sólo hizo lugar para su boca sino que, aferrándola por la nuca, unió sus labios a los de Casandra en un lascivo beso por el que intercambiaron las salivas y jugos vaginales que aun aromaban al falo. Susurrándole que lo hicieran juntas, Sandrine la guió para que entre las dos encerraran entre sus labios al tronco, formando una especie de vagina y en un  perezoso ir y venir, mientras los dedos curiosos de la mujer exploraban su espalda para hundirse entre las nalgas a la búsqueda del ano, llevaron juntas al delirio al hombre, quien las tildaba de rameras depravadas en tanto acariciaba sus cabezas con fervor.

Como amalgamadas en la intención, las dos llegaban con las bocas hasta el glande y superándolo, se prodigaban en intercambiar apasionados besos para luego volver a deslizarse hasta la espesa mata velluda. La mujer había ubicado definitivamente el dedo mayor en su ano y en tanto la sometía a esa mínima sodomía que la crispaba, fue incitándola para que, alternativamente, introdujeran la verga en sus bocas hasta donde la arcada les marcara el límite y así, socias solidarias en la felación, se prodigaron en las succiones, lambeteos y besos hasta que el hombre les anunció la llegada de su eyaculación.

Con las bocas abiertas junto al agujero de la uretra, multiplicaron el vaivén de sus dedos en la masturbación hasta que, como surgiendo de una fuente carnea, los chorros impetuosos del semen se derramaron en espasmódicos goterones que ellas se apresuraron a deglutir a la espera de más y cuando del falo no surgió una sola gota, se acariciaron en medio de amorosos murmullos de contento mientras recorrían con lengua y labios el rostro y cuello de la otra en procura de la lechosa melosidad para, finalmente, con las bocas unidas como golosas ventosas, besarse con voracidad hasta que el agotamiento las hizo caer desmayadamente sobre el lecho.

Quien no estaba agotado a pesar de haber eyaculado abundantemente en las bocas de las mujeres era Gerard y casi sin dar tregua a que Casandra recuperara el aliento, le alzó las piernas para abrirlas en forma de V e introducir el falo en la vagina. Aunque a causa de la efusión de esperma la verga no estaba totalmente rígida, igual continuaba siendo de temer y la muchacha pudo comprobar como, en esa posición tradicional, la fuerte curvatura del falo hacía que la enorme cabeza raspara reciamente contra su Punto G.

Ella comprendía que no sólo su juventud y su embozada incontinencia la llevaban a resistir y disfrutar de tal manera de aquel sexo salvaje a que la sometía el matrimonio, sino que también colaboraba toda la primitiva experiencia de aquel ser que la habitaba. Aunque elemental, esa posición le hacía sentir hasta casi el estómago la recia carnadura del hombre y además, observarlo por primera vez detenidamente y cara a cara; más joven y apuesto que el español, Gerard no tenía un cuerpo musculoso de gimnasio, pero era nervudo y sus músculos sin una gota de grasa le daban un aspecto de salvaje contextura.

Sosteniéndole las piernas abiertas por los tobillos, el hombre conseguía que la verga penetrara tan profundamente que su ingle estrellaba el recio pelambre púbico contra los tejidos inflamados de la depilada vulva y, cuando él se dio cuenta cuanto estaba disfrutando esa jovencita de esa cópula, le encogió las piernas hasta colocar las rodillas junto a la cabeza de Casandra y así inclinado, mientras con las dos manos en la planta de sus pies la presionaba dolorosamente penetrándola aun mejor, apresó entre sus labios los senos que se sacudían al ritmo de sus empellones para lamer y chupetear rudamente las aureolas y pezones.

Extrañamente, la muchacha no experimentaba el menor cansancio y sus carnes, aunque inflamadas e hinchadas por semejante traqueteo, sentían como inaugural cada uno de los bruscos rempujones y las succiones a la mama que intercalaban recias mordidas, la llevaban a un estado tal de excitación que le hizo pedirle al hombre que no sólo aumentara la fuerza de las penetraciones sino también que les diera mayor velocidad.

Este no sé hizo esperar y pronto Casandra sentía como todo él parecía introducirse en ella y el sonoro chas-chas de las carnes mojadas daban cuenta de la violencia y velocidad con que la sometía. A sus ayes de complacido sufrimiento, Gerard respondió inclinándose lentamente hacia atrás mientras la arrastraba con él hasta quedar acostado y la muchacha, aun con la verga adentro, se encontró arrodillada y ahorcajada encima suyo.

Tan exhausto como ella, el hombre le indicó que rotara sobre sí misma sin salir de él y cuando Casandra le obedeció mientras sentía al falo raspar dentro de ella en esas desiguales posiciones, la acomodó bien y sosteniéndola por las caderas, le pidió que iniciara un subir y bajar del cuerpo al tiempo que él imprimía a su pelvis un movimiento similar. La chica estaba acostumbrada a ese tipo de sexo y pronto su cuerpo joven cimbraba por el galope que le daba la flexión de sus rodillas y cerrando los ojos extasiada por la manera en que el falo golpeaba el fondo del sexo luego de haber estregado duramente al canal vaginal, se dejó conducir por el hombre para que se dejara caer un poco hacia atrás sobre su pecho y ese arqueamiento puso en su boca un jubiloso asentimiento que llegó al de un desesperado paroxismo, al sentir sobre su sexo expuesto de esa forma, le lengua tremolante de Sandrine.

A esa situación inédita la acompañó la de los dedos siguiendo igual camino para estregar al clítoris y los colgajos que excedían al tubo que formaban sus tejidos. Como casi todo lo que le venía sucediendo desde que Angélica la habitaba, era la primera vez que experimentaba aquel goce inesperado y todavía se acentuó más cuando la mujer fue alternando eso con bruscas salidas del pene de la vagina para ser chupado golosamente por ella en tanto seguía su moroso galope con dos dedos dentro del sexo.

Inconscientemente, Casandra había ido modificando su postura y las piernas ya no estaban arrodilladas sino flexionadas para obtener de esa manera aun un mejor ángulo para la penetración y la flexión de las rodillas daba mayor ímpetu a la jineteada, mientras miraba alucinada como la francesa alternaba el espléndido trabajo de su boca sobre el clítoris con la felación al falo de su marido bañado por sus jugos mientras simultáneamente la penetraba con dos dedos que estiraba y encogía dentro de ella, cuando vio consternada como la francesa abandonaba su entrepierna.

Iba a iniciar una airada protesta por aquello, cuando reparó en algo que ni siquiera había entrevisto; la mujer calzaba una ajustada bombacha de grueso látex color carne de la cual pendía un consolador de igual material. Inclinándose entre sus piernas, Sandrine llevó sus manos y boca a los pechos conmovidos de la joven a la par que el elástico falo de silicona rozaba fuertemente su vientre. Aun sin saber que esperar de aquella situación pero enormemente complacida por los besos y chupeteos a sus senos, no cobró conciencia de que Gerard había sacado el falo de su sexo para apoyarlo directamente contra el ano y, recién cuando el desproporcionado óvalo de la cabeza empezó a dilatar dolorosamente sus esfínteres, se dio cuenta de los propósitos del matrimonio.

Al grito pavoroso por semejante sodomía, siguió una retahíla de soeces maldiciones que la muchacha expresaba en medio de profundos sollozos de dolor hasta que la verga llenó totalmente la tripa y junto con el movimiento inverso, se produjo el acostumbrado click que convertía al sufrimiento en anfitrión de los más deliciosos placeres. Conjuntamente con la iniciación del coito anal, las manos de Gerard habían ido acomodándola para que quedara casi recostada contra su pecho mientras él la sostenía por los hombros e, instintivamente, ella había echado sus manos hacía atrás para apoyarlas en el pecho masculino sobre los brazos estirados.

Lubricado por sus mucosas vaginales, el falo se deslizaba por el recto limpiamente y ella misma, conocedora de las delicias que le auguraba la sodomía, le imprimió al cuerpo un movimiento basculante con el que se penetraba totalmente con la magnifica verga, cuando Sandrine se despegó de su cuerpo para asir al flexible consolador e introducirlo con su propio movimiento en la vagina.

Ella había visto dobles penetraciones en innumerables videos condicionados y se había preguntado como era posible gozar con tamaña bestialidad. Ahora estaba experimentando una y, aparte de la incomodidad de sentir en sus entrañas el desusado volumen de los dos príapos, ese tránsito no le resultaba ingrato. Sólo la atacó un súbito temor de que la delgadez de los tejidos que separaban a la tripa de la vagina no resistiera la presión y se desgarrara pero, para su sorpresa, fue el roce casi directo de los dos miembros lo que colocó en su cuerpo y mente una dosis elevada de ese perverso masoquismo que la compelía cada día más a llegar a situaciones límite durante el sexo. También contribuía la alegría sin reticencias de Angélica que, evidentemente ignorante de semejante práctica, ahora la compelía a no cejar en aquello que la estaba haciendo gozar de tal manera.

El matrimonio estaba gratamente complacido con la aquiescente mansedumbre y entrega de esa muchacha tan joven que, lejos de su país y sin persona alguna que se preocupara por ella en Inglaterra, se convertía en la víctima propiciatoria de sus más bajos instintos.

Sandrine había tomado en cuenta de que la joven gozaba más cuanto más intenso era el sufrimiento que precedía o acompañaba a la relación y cuando todo el falo artificial estuvo dentro de la muchacha acompasó sus embates a los que su marido le propinaba desde abajo y, para hacer más dolorosa el martirio, hizo que su boca volviera a posarse en los senos pero ya no para lamerlos y chuparlos sino para encerrarlos entre sus labios y producirle rojizos hematomas que despertaron repetidas palabras de asentimiento en su poseída.

El goce antinatural de Casandra parecía haber despertado en la mujer algún demonio escondido; sin dejar de socavar su sexo con el falo, tomó una larga y fina correa de cuero para doblarla en varias partes y con ese improvisado chicote fue fustigando duramente los senos oscilantes que ya exhibían una corona de moretones alrededor de las aureolas. Tras confirmar la masoquista predisposición de la muchacha por la forma en que les pedía por más, los azotes comenzaron crecer en violencia hasta que los senos lucieron los hilos sanguinolentos del látigo.

Jamás en su vida Casandra había sufrido tanto y tenía por seguro que tampoco había disfrutado de tal manera. Aunque ella no había llevado la cuenta, las múltiples eyaculaciones y orgasmos que tanto Sandrine como Gerard le provocaran, daban una pauta cierta de su goce irracional y en su mente desdoblada por la malignidad sadomasoquista de la suiza, se fijó la idea de acompañar la promiscua concupiscencia del matrimonio hasta sus últimas consecuencias.

Con los ojos bañados por las lágrimas, no veía los sangrientos trallazos en su pecho pero sentía el ardor y tenía la sensación de que los senos palpitantes habían duplicado su tamaño y, a pesar de ello, le pedía a sus verdugos que no cesaran de darle tanto placer y la llevaran más allá de lo que había llegado nunca.

O la pareja estaba habituada a tan salvajes prácticas o se habían dejado llevar por vaya a saber Dios que demoníacos instintos, pero lo cierto era que a partir de ese momento comenzaron a manejar a la muchacha como si no tuviera voluntad y fuera una simple muñeca de trapo; en tanto Sandrine manejaba el torso y los brazos para llevarla a darse vuelta sobre su marido, este se encargaba de hacer que las piernas acompañaran esa rotación y pronto Casandra se encontró con sus rodillas junto al torso de Gerard.

De nuevo en su sexo, el paso de la verga por el canal vaginal le agradaba tanto, que Casandra aferró entre sus manos la cabeza del hombre y hundió la boca golosa en aquella que la calificaba con las más groseras adjetivaciones sobre sus condiciones para la prostitución y si él había esperado motivar con eso a la joven, estaba plenamente acertado, ya que escucharlo tildándola de ramera impenitente, puso un deseo malévolo en su mente y alzó cuanto pudo su grupa para luego dejarse caer sobre el magnífico falo e iniciar un movimiento copulatorio al tiempo que entre besos y lengüetazos insultaba soezmente a quien la estaba haciendo tan feliz.

Y entonces fue que Sandrine detuvo tan placentero acto al ahorcajase sobre la cabeza de su marido e inclinándose sobre ella, la hizo enderezar casi verticalmente para que comenzara un lento y profundo sube y baja por el que la verga raspaba inmisericorde el fondo de su sexo mientras la mujer la besaba y acariciaba con frenético ardor.

Gerard se dedicó a lamer y chupetear toda la entrepierna de su mujer desde el largo y endurecido clítoris hasta el mismo ano, ya que la bombacha de látex tenía por debajo una abertura que dejaba expuesta toda esa zona y respondiendo a ese estímulo, la francesa bajó su boca a los senos de Casandra en tanto aquella flexionaba sus piernas para sentirse socavada por la poderosa verga del hombre. Asida a las nalgas de la muchacha, Sandrine acompañó el vaivén que transmitía a sus caderas para intensificar aun más los recios chupeteos de su marido, con una mezcla de lamidas, chupones y mordiscos a los pechos que provocaron en la chica ayes de dolor por las heridas sangrantes del anterior castigo.

Aun transida de dolor pero sabiendo que aquel coito tan animal como estupendo no volvería a producirse jamás en su vida, alentó a la mujer a que siguiera haciéndole cosas y aquella respondió estirándose para hundir el dedo mayor entre las nalgas a penetrar el ano. Casandra se daba cuenta de que las eyaculaciones de su sexo ya no respondían a ciertos momentos de su excitación sino que surgían espontáneamente, propiciadas por las maravillosas maniobras de los artistas y toda ella trepidaba por el goce inédito que estaba obteniendo. Los dedos sometiéndola a esa deliciosa sodomía y la verga del hombre golpeteando como un ariete en sus entrañas, la transportaban a regiones desconocidas del placer y en medio de estertorosos ayes de satisfacción, le rogaba, les suplicaba con perentoria exigencia que aquello no tuviera fin.

La cópula de la tríada mantuvo ese ritmo perfecto que, sin caer en la monotonía, poseía la lentitud de las cosas que verdaderamente se disfrutan, hasta que la francesa salió de encima de Gerard. Acomodándose detrás de Casandra, la hizo inclinar sobre el pecho de su marido para tomarle las manos y cruzándoselas por detrás de la espalda a la altura  de la cintura, las ató apretadamente con aquella cinta de seda que utilizara para vendar sus ojos. Entretanto, el francés, que no había amenguado el rítmico vaivén de la pelvis en la penetración al sexo, aferraba entre sus manos los senos de Casandra para estrujarlos con un alto grado de malevolencia mientras la boca se adueñaba de las mamas ya torturadas por los trallazos.

Aun agobiada por el dolor que los labios y dientes le provocaban a la tierna piel que mostraba las desolladuras de los azotes más los rasguños de las afiladas uñas del hombre, la chica se regocijaba con semejante carnicería y eso se evidenciaba en las múltiples explosiones que sentía producirse en su interior en tanto que su mente era nublada por placenteras oleadas del más puro placer. Irreflexivamente y no por propia voluntad, sus caderas se meneaban en la misma cadencia con que el hombre la penetraba y de su boca escapaban gorgoteados sollozos de jubiloso asentimiento, cuando sintió como la cabeza de lo que supuso sería el falo que portaba Sandrine, se apoyaba contra los esfínteres anales.

Ella había soportado sin dificultad la sodomía de Gerard pero ahora esa doble penetración la asustaba, no porque temiera un daño físico sino porque la intensidad del sufrimiento, le impidiera gozar totalmente de esa práctica ignorada. Contra todas sus predicciones, el terso falo de silicona manejado diestramente por la escultora, fue introduciéndose lentamente en la tripa hasta que la pelvis de la francesa tomó contacto con sus nalgas.

Gerard había detenido momentáneamente los empellones hacia arriba y los dos miembros ocupaban su interior sin otro sufrimiento que la hinchazón de todas sus entrañas. Sin embargo y cuando el matrimonio inició simultáneamente su lerdo vaivén copulatorio, le parecía que entre las dos vergas desaparecía la frágil separación membranosa. Las vergas aparentaban ocupar toda la parte inferior del cuerpo y llegar con sus puntas romas hasta el mismo estómago pero todo eso no implicaba sufrimiento alguno y sí, una histérica necesidad de copular y evacuar sus heces a la vez.

Aunque ella no se daba cuenta, hamacaba su cuerpo en una tácita y jubilosa aceptación que hizo enardecer aun más a Sandrine, quien comenzó a elevarle las manos atadas a la espalda en un dolorosa tracción que la hizo alzar más la grupa como invitándola a que la sometiera aun más y mejor y así, experimentando un doloroso descoyuntamiento, se dejo llevar en tan exquisito coito mientras sentía que de su cuerpo manaban los jugos irreprimibles de la satisfacción.

El complemento de manos y boca de Gerard a sus pechos había pasado lo tolerable y los dientes ya no se limitaban a un incruento rascado de las aureolas y pezones sino que habían comenzado a hundirse en las carnes en dolorosas mordidas de las que chupaba las heridas sanguinolentas y en consonancia, la francesa detuvo los impetuosos rempujones para enroscar alrededor de su cuello aquella larga tira de cuero con que la azotara y, mientras la sostenía como si fueran las riendas de un corcel, sacó el falo del ano para luego ir introduciéndolo en la vagina junto al de su marido.

Casandra jamás había supuesto ni imaginado tal cosa en sus más desbocadas fantasías y otro tanto parecía estar sucediéndole a Angélica. El dolor no era intenso y sí punzante, como si un agudo estilete se clavara en su nuca pero, paralelamente, el inicio de un desigual vaivén de la pareja trajo aparejado una deliciosa sensación de plenitud.

Cuando ella, en medio de sus jadeantes ayes, empezó a expresar su satisfacción por lo que le hacían, eso pareció gatillar un disparador en el matrimonio, ya que, en tanto Sandrine comenzó a tirar con las dos manos de las tiras de cuero en un paulatino ahorcamiento y aceleraba el vigor de la cópula, su marido le apretaba el cuello con ambas manos al tiempo que sus dientes se clavaban ferozmente en los senos provocándole la profundización de las heridas.

Aterrada por lo que percibía como un siniestro propósito, intentó desatar sus manos para llevarlas al cuello a disminuir la presión pero, al carecer de apoyo, hizo que todo el peso de su cuerpo basculante se descargara sobre la horca. Súbitamente lúcida, comprendió que la pareja la estaba sometiendo al rito oriental del estrangulamiento para que, con la falta de aire, las reacciones químicas del cuerpo potenciaran la intensidad del orgasmo y sabía que, entre los sadomasoquistas, existía un código por el que nombrando a una palabra clave previamente establecida, el dominador supiera cual era el momento crítico del dominado.

Con los ojos desorbitados y la boca muy abierta para tratar de capturar la mayor cantidad de aire posible, intentaba adivinar cuanto aguantaría, cuando Sandrine soltó de pronto las riendas y esa bocanada de aire fresco le trajo aparejada la más maravillosa expresión de placer manifestada en un profundo y potente orgasmo que pareció vaciar sus entrañas como un caudaloso parto líquido.

Proclamando su goce en un agónico sí, creyó que el matrimonio la llevaría a una lenta relajación pero de pronto, sin previo aviso, Sandrine tiró bruscamente de la tira de cuero que se clavó impiadosamente en las carnes del cuello en una brutal sacudida hacia atrás y a un tiempo, Gerard intensificó la potencia del coito para volcar en la vagina el tibio baño del semen mientras engarfiaba los dedos en el garganta destrozándole la tráquea  y los dientes se clavaron en los pechos para arrancar jirones de los sangrantes pezones.

Aturdida por el sufrimiento y obnubilada por la falta de oxígeno al cerebro, como escindida, Casandra experimentaba el martirio más terrible que pudiera haber imaginada pero simultáneamente, toda ella se fundía con el baño espermático por medio de caldosas expulsiones que brotaron espontáneas de todos sus orificios en esa relajación de la muerte y una extraña sensación de beatífica paz la condujo hacia una dimensión distinta, oscuramente púrpura y hundiéndose en ella en medio de una irresistible pasión que licuaba en fuego su cuerpo, exhaló un póstumo gemido de satisfacción.

Historia enviada por Lisandro

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