Historia Erotica Carolina e Ines

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Al vivir en los suburbios durante toda su vida y viajando al centro de Buenos Aires ocasionalmente para pasear con su marido, ir a cine o teatros o realizar algunas compras que en los centros comerciales cercanos no le es posible, Carolina desconoce en que condiciones se viaja en los horarios pico, tanto a la mañana como al regreso.

Debiendo realizar trámites ineludibles que por jurisdicción le corresponden a los Tribunales nacionales y como el viaje es largo, decide hacerlo lo más temprano posible para regresar pronto a su casa.

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Cuando se levanta y observa por la ventana las nubes bajas que dejan caer una imperceptible llovizna a pesar del calor que en esa mañana de enero ya cubre de una fina capa de transpiración su bozo, se pregunta cómo vestirse y finalmente decide hacerlo en forma equilibrada para la circunstancia; eligiendo una remera liviana y una minifalda, se resguarda con un viejo piloto en desuso que la cubre hasta muy por debajo de la rodilla.

Tratando de hacer el menor ruido posible para no despertar a su marido, baja del dormitorio y después de tomar un café con leche, sale de su casa para tomar el colectivo que la llevará donde termina el subterráneo de la línea A. Al cesar la llovizna y como el calor empieza a apretar, se quita el piloto para llevarlo en el brazo. Ya al ascender al ómnibus, se percata de cuanta gente viaja a esa hora, debiendo hacer verdaderos esfuerzos para conseguir un lugar y a medida en que más gente va ascendiendo al vehículo, se siente comprimida contra el respaldo de asiento al cual se aferra para minimizar los empujones, con lo cual se percata de lo equivocada que estuviera al elegir esa pollera que, sin ser demasiado corta, al ser tableada como las de las colegialas, deja en evidencia la contundencia de sus caderas y glúteos, haciéndola blanco de los manoseos y refregones de entrepiernas masculinas.

Diciéndose  que ha sido una tonta al pretender viajar tan temprano, sobrelleva los veinte minutos del viaje y las groserías de los hombres le retrotraen a cuando viajaba camino al colegio. En aquella época no se viajaba tan hacinado pero igualmente ellos se la rebuscaban para hacerle sentir su masculinidad o toquetear sus nalgas a través de la pollera del uniforme, muy parecida a la que hoy viste, pero en ese momento no le desagradaba esa experiencia ya que por su edad carecía casualmente de ella y esos rozamientos avivaban sus fantasías con respecto a los hombres y el sexo.

Al bajar en Liniers y descender al subte, se da cuenta que la situación se repite pero magnificada y que los andenes se cubren de una marea interminable de gente que parece potenciarse a medida en que pasan los minutos, por lo que decide colocarse el impermeable para hacer menos evidente su grupa.

Después de ver partir tres formaciones, consigue acercarse hasta un metro más o menos del lugar de ascenso y cuando se abren las puertas del coche, es introducida en él por una corriente humana que la transporta casi sin tocar el suelo.

Finalmente es empujada hacia la parte opuesta y prácticamente empotrada contra el hueco que rodea a ese asiento individual que está al costado de las puertas. Pidiéndole disculpas al hombre allí sentado, el apretujamiento la lleva a que se sostenga con una mano apoyada en el borde de la ventanilla y abriendo las piernas para colocar una a cada lado de las del hombre, soportar inclinada los embates que la misma oscilación del coche somete a los pasajeros.

El calor dentro de ese tubo se va haciendo sentir y ella se arrepiente de haber elegido aquel largo impermeable por si acaso lloviera. Sumida en ese pensamiento y en que deberá sacar fotocopias antes de acceder al juzgado, acompaña el mecer del coche cuando siente en su muslo el suave contacto de una mano que no puede corresponder sino al hombre al que virtualmente oprime con su vientre.

Cuando baja su mirada en una mezcla de azoramiento con furia, él esboza una leve sonrisa cómplice y volviendo a dejar que su mirada se pierda en la nada, va ascendiendo por el muslo con lentitud de caracol pero acariciándola ostensiblemente.

Un borbollón de ira la inflama y cuando está punto de reprimirle su acción, cae en la cuenta que sólo conseguirá ponerse en evidencia y que ella quedará como una loca ante los demás pasajeros, ya que no tendrá prueba alguna de lo que supuestamente le hiciera.

Respirando fuertemente con las narinas dilatadas por la vergüenza y la rabia, comprueba que él ahora asciende ostensiblemente por el muslo transpirado, palpando con evaluadora caricia la consistencia de la carne. Lentamente, los dedos alcanzan la entrepierna y luego de verificar la carnadura de las nalgas, rascan curiosos el refuerzo de la bombacha.

Ella trata de juntar las piernas pero él se lo impide abriendo aun más las suyas y como reprendiéndola por su actitud, escarba con un dedo para separar el elástico e introducirse sobre la vulva.

Carolina observa enfurecida el rostro impasible del hombre y comprueba como aquel ha separado la bombacha a un lado para palpar suavemente a lo largo de la raja. En medio de su indignación, cobra conciencia que la delicadeza del roce ha colocado una brasita allá en el fondo de sus entrañas y que aquello no la disgusta.

Cerrando los ojos como para aislarse, se abstrae en el periplo que los dedos van haciendo a lo largo del sexo y su mente adoctrinada largamente en el sexo oral por parte de los hombres, goza de la caricia y comienza a disfrutarla.

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Hábilmente, los dedos se abren camino entre los labios mayores para encontrar los lábiles frunces de los menores ya mojados por sus exudaciones glandulares; sin quererlo concientemente, Carolina se inclina más como para hacerle lugar y entonces los dedos inician un delicioso viaje a lo largo de todo el sexo.

Ella ya sabe que la excitación la domina y ahora es quien desea que él prosiga con esa maravillosa masturbación que el largo y amplio piloto oculta a los ojos de los demás. Flexionando involuntariamente las piernas, da a entender al hombre que ya está lista y este hace que índice y mayor tienten en la boca de la vagina para luego ir introduciéndose despaciosamente en ella.

Carolina no esperaba que él excediera las caricias, pero el restregar de las falanges en sus tejidos humedecidos por las mucosas se le hace maravilloso y, asiéndose férreamente al caño con la derecha y la izquierda apoyada contra el vidrio, se abre ostensiblemente de piernas al tiempo que inclina el torso hasta casi rozar la cara del hombre con su busto.

Los largos y robustos dedos se introducen hasta que los nudillos de la mano los frenan y entonces comienza con un escarbar disparejo por el cual se estiran y encogen individualmente mientras rascan los estrechos tejidos de la vagina. El hombre es verdaderamente un habilidoso y ella está gozándolo como pocas veces en su vida, cuando él busca establecer contacto con la callosidad del Punto G y, estregándola reciamente, hace que Carolina deba morder sus labios para reprimir los ayes de satisfacción que llenan su pecho.

Al parecer el hombre ha comprobado su aquiescencia y comienza un vaivén de la mano arriba y abajo que se asemeja a un coito. El placer le es tan grande que no puede sino convertir la mordedura en amplia sonrisa que parece congelarse cuando el hombre retira los dedos de la vagina y empapados por sus jugos, los lleva a explorar la hendidura entre las nalgas.

Ella comprende su intención y hasta deja escapar una susurrada negativa, pero él encuentra prestamente al haz fruncido de los esfínteres y presionando levemente, va introduciendo en índice dentro de la tripa. A Carolina las sodomías no le son extrañas, ya que con ellas mantuviera a raya por años a sus pretendientes para no perder la mentada virginidad y el ano expresa su memoria muscular distendiéndose para permitir que el dedo la penetre en toda su extensión.

Observando su expresión de gata satisfecha, el hombre agrega un segundo dedo a la sodomía e introduce el largo pulgar en la vagina para formar una apretada tenaza con la que va sometiéndola deliciosamente; inclinando la cabeza como para mirar por la ventanilla, ella le murmura su asentimiento al tiempo que le pide la haga acabar.

Exagerando los vaivenes que la marcha del tren produce con al flexión de las rodillas, separa cuando puede las piernas y entonces él acelera el ir y venir de los dedos en ano y vagina hasta que el torrente de sus jugos escurre por los dedos y ella lanza un hondo suspiro de satisfacción.

Gentilmente, el hombre vuelve a correr la entrepierna de la bombacha y en tanto esta restaña los caldos del sexo, él seca sus dedos en la pollera para después levantarse y descender del tren; Carolina se deja caer agradecida en el asiento y hamacada por las sacudidas del subte, permanece con los ojos entrecerrados mientras rememora la fabulosa masturbación hasta que los carteles de la estación le indican que ha llegado.

Cumplidos los trámites que no le llevaran tanto tiempo como suponía, regresa a su casa y luego de darse un baño para borrar todo vestigio de sudores y fluidos, vistiendo una larga remera como única prenda, se dirige a la cocina con el propósito de prepararse un sandwich.

Abstraída en la tarea de separar el fiambre y el queso, no deja de revivir lo que acaba de ocurrirle y se dice que después de todo, aquello le ha sido útil, ya que ha comprobado que el tener sexo ocasional con otra persona a la que no la una un vínculo amoroso, no la hace serle infiel a su marido y a ella le ha proporcionado un tipo de sexo inédito que por lo inusual, le resultara inmensamente placentero.

Tan ensimismada está por el recuerdo y las sensaciones, que no escucha cuando Inés abre la puerta corrediza que da al jardín. Esta muchacha se ha mudado a la casa vecina cerca de un año atrás y estableciendo rápidamente una amistad que su misma edad contribuye a consolidar, la ha visto regresar del centro y pasando a su jardín trasero por la abertura que existe en la ligustrina sin alambrado que separa ambos chalets, decidió visitarla para invitarla a pasar un rato en su pileta de natación.

Viéndola tan absorta y aplicada en prepararse esa merienda, se acerca de puntillas con sus pies descalzos y repentinamente hunde sus dos índices en los dorsales, provocando que Carolina profiera un grito agudo mientras las partes del sandwich vuelan por toda la cocina; en medio de sus carcajadas por la sorpresa que le ha dado y también haciéndose eco de su alegría, Carolina le reprocha por el susto mientras le pide que la ayude a recoger el enchastre del piso y la mesada.

Al tiempo que lo hacen y limpian todo, la vecina la interroga sobre su gestión y entonces Carolina le dice que jamás imaginará lo que le ha ocurrido; en sus veinticinco años, Inés es la primera amiga-amiga que verdaderamente ha tenido y, siendo ambas recientemente casadas, han encontrado una especie de alter-ego en la otra, con un grado tal de afecto y confianza que no sólo se confían hasta los más mínimos detalles de su sexualidad matrimonial, sino que intercambian conocimientos e información sobre técnicas y de la manera de proponérselas a  sus maridos sin quedar como putas.

Conduciéndola hacia la frescura del living, va relatándole sus peripecias en el transporte hasta que casi vergonzosamente, sentadas lado a lado en un sillón, le cuenta hasta el más nimio detalle de la masturbación del hombre y su subsecuente eyaculación.

Como ella conserva la vista fija en sus rodillas, aparentando estar amedrentada por lo vivido, Inés tiende una mano para apoyarla afectuosamente en la suya que descansa sobre el almohadón, al tiempo que le dice cuanto la comprende pero que debe superarlo en beneficio de la pareja; sorpresivamente, Carolina levanta la cabeza con una pícara sonrisa esplendorosa iluminándole el rostro y en tanto le estrecha nerviosamente las manos, le confiesa que esa  ha sido una de sus mejores experiencias sexuales y que la ha disfrutado en plenitud.

Interrogándola confundida, le pregunta cómo puede ser posible que haya disfrutado tanto en medio de una multitud  y a manos de un desconocido, pero Carolina le manifiesta entusiasmada que ha sido precisamente eso lo que la excitara tanto como para hacerla acabar públicamente; volviendo a relatarle punto por punto la masturbación y la sodomía, intenta convencerla de que el ser sometida de esa manera por alguien que no es su marido la ha llenado de sueños locos y que tal vez ella también pueda formar parte de esas fantasías.

Queriendo no entenderla, Inés le expresa su disgusto por pensar en ella de esa manera pero Carolina, estregando acariciante sus manos entre las suyas, le pregunta en tono picarescamente cómplice por qué no, si las dos se quieren, saben de la otra lo que nadie y en definitiva, serían las únicas protagonistas y testigos.

Evidentemente, aquel sexo desviado y único ha puesto en su amiga pensamientos impropios de una señora, a tal punto que, manteniéndola aferrada por las manos y mientras las lleva hacia su boca para depositar en ellas diminutos besos húmedos, va aproximando su cuerpo sobre el asiento hasta que el paulatino escape de Inés es frenado por el brazo del sillón.

La lubricidad en los ojos de Carolina es tan grande que mientras le separa el pulgar de los demás y lo introduce en su boca para lamerlo y chuparlo como si fuera un pene, Inés no puede evitar un inconsciente estremecimiento recorriéndole la columna vertebral pero evidentemente no es de frío sino que en su nuca estalla un sorpresivo deseo que la hace emitir un involuntario gemido.

Ante esa respuesta primitiva, Carolina la presiona con todo el cuerpo al tiempo que le conduce las manos hacia su entrepierna mientras se inclina sobre ella para envolver con la boca el pezón que cubre el minúsculo corpiño de la bikini; a Inés no le disgusta tener relaciones con una mujer, ya que en su adolescencia ha compartido con varias amigas su curiosidad sexual en satisfactorias relaciones con que aprendieran a conocer sus cuerpos en beneficio del placer que después obtendrían de los hombres, pero lo que la impresiona en Carolina es la desaforada respuesta a ese sexo sucio con el hombre que pareciera haber hecho un click en su cerebro, despertando a una hembra primaria de cuya incontinencia ni ella misma debe de tener cabal conciencia; sintiendo como sus dedos son conducidos por Caro al vértice entre las piernas, comprueba que su amiga no se ha vestido después del baño y la prominencia monda de la vulva esta cubierta de lo que puede ser sudoración o flujo.

Poniendo una mano a guiar sus dedos sobre la piel ardiente, su amiga lleva la otra hacia el pecho y deslizando a un costado la débil tela del corpiño por el cordoncito que la sostiene, deja en libertad al seno que se expande  sobre el tórax, ocasión en que la lengua busca tremolante la granulosa superficie amarronada de la aureola. Esa caricia siempre la ha desarmado y a su relajamiento contribuye el accionar de la otra mano que conduce sus dedos mayor e índice para que recorran la vulva a todo lo largo.

El hecho de haberse casado hace poco más de un año, no ha hecho que su cuerpo joven y su mente fértil e imaginativa no valoren especulativamente a otros hombres y así como fantasea en forma inconsciente sobre sus dones físicos, no deja de admirar con cierta gula las virtudes anatómicas de otras mujeres; de hecho, antes que desarrollaran su amistad, Carolina había ejercido una inmediata atracción sobre ella por su cuerpo estupendamente bien dotado.

Altas, delgadas y con las cosas en el lugar debido, las dos son un arquetipo de las nuevas mujeres que, por dietas o gimnasio, lucen como las modelos, sólo que en el caso de Caro, sus pechos y glúteos superan la media  como para hacer dar vuelta a la gente.

Rememorando sus escaramuzas de ocho años atrás y el placer que había encontrado en ellas, Inés se repite mentalmente la pregunta de su amiga y reconociendo que ya las dos han jugado sus cartas, otorga a sus dedos una dócil elasticidad que hace comprender a Carolina su aceptación.

Acariciando el rubio cabello lacio de Caro mientras se lo separa a un lado para que no moleste, le susurra que no hay prisa y que vayan despacio, sintiendo a su mano sobar suavemente al seno en tanto el viborear de la lengua es acompañado de los labios que encierran al pezón en delicadas chupadas; más que el goce obtenido por esas aventuras con otras mujeres que nunca fueron lésbicas porque no suponían una inclinación homosexual, lo que realmente le gustaba era la belleza de los cuerpos y esa suavidad que no encontrara en ningún hombre para hacerla disfrutar cómo, dónde, cuándo y cuánto que sólo una mujer conoce por reciprocidad.

Aunque a pesar de la confianza irrestricta con que ambas se han confiado – y siguen haciéndolo – las cosas más sensibles de su intimidad, ella no ha llegado hasta el límite de confesarle aquellas relaciones de su adolescencia y supone entonces, que Carolina tal vez haya vívido circunstancias similares, habida cuente de la habilidad con que maneja a labios y lengua.

Sensibilizada ella misma quizás por la situación, por el calor, por esa apetencia sexual soterrada que siempre la mantiene en vilo, por el afecto, por la belleza de su amiga o por los flashbacks que bombardean su mente con aquellos exquisitos acoples, conocedora de qué y cómo hacerlo, deja que sus dedos se hundan entre la terneza de los labios mayores y el calor del interior la sorprende gratamente después de tanto tiempo.

Tienta delicadamente la consistencia de los labios menores y su lábil abundancia la provoca a continuar verificándolo. Resbalando sobre los frunces, los recorre de arriba abajo para complacencia de su amiga que manifiesta su placer con mimosos ronroneos mientras la boca se esmera en chupar al pezón al tiempo que la mano eleva la categoría del sobar a  fuertes estrujamientos.

Rememorando a la mano del hombre esa mañana, la dulce caricia de los dedos de Inés provocan en Carolina un deseo de hacer algo que, por prohibido, no ha dejado de anhelar desde sus primeras masturbaciones; abandonando los pechos de su amiga e inspirada en esos videos porno con que su marido matiza las relaciones sexuales, se deja deslizar hacia el piso y, arrodillada, tras desatar la cinta que mantiene al reducido triangulito de la bikini, le separa una pierna a Inés para engancharla en el brazo del sillón y encogiendo la otra, coloca el pie sobre los almohadones.

Con esa separación, el sexo de Inés luce estupendamente dilatado y teniendo por primera vez un sexo de mujer “en vivo” ante sus ojos, siente en la boca del estómago un inusitado aletear de pájaros asustados y acercando la cara, observa la comba del sexo cubierto por un velo oscuro de vello recortado cuidadosamente por el cavado y los rojizos bordes de la raja que muestran a través de su dilatación el rosado asomar de los labios menores.

Alzando la vista, encuentra la mirada entre anhelante y temerosa de su vecina pero también el esbozo de una sonrisa maliciosa y un aletear de sus narinas que delata la ansiedad que la invade.

Acostumbrada a los olores femeninos desde su primera menstruación, los aromas que brotan desde el sexo no sólo no le dan repulsa sino que estimulan sus sentidos y aunque nunca  conociera el sabor de otra mujer, una especie de gula coloca abundante saliva en su boca y, extendiendo la lengua para encorvar su punta en un gancho tremolante, lo utiliza para recorrer la cumbre de la vulva.

Carolina conoce sobradamente el gusto de sus fluidos vaginales por haberlos degustado al chupar falos después de que habitaran su vagina y, definitivamente, las exudaciones glandulares de Inés son bien distintas, imperando en ellas la dulzura que al deglutirlas cobran un regusto ácido; su pituitaria lanza una orden al cerebro que la hace inspirar profundamente la fragancia venérea y entonces es la boca toda la que, abriéndose con gula animal, se apodera de la comba, succionando fuertemente al tiempo que la lengua vibrante trata de introducirse entre los labios mayores.

Echando su cabeza hacia atrás contra el respaldo al tiempo que extiende una mano para apretar contra su entrepierna la cabeza de la rubia,

Alentada por la respuesta, Caro deja aflorar qué cosas le gusta hagan en su sexo y, abriendo los labios mayores con índice y mayor, descubre a un sexo femenino cómo nunca lo viera ni en los más cercanos primeros planos de los videos; fascinada, ve surgir del interior las dos crestas fruncidas de los labios menores rodeando la iridiscente lisura del óvalo, en cuyo centro se destaca el agujero de la uretra rodeado de minúsculos pellejitos y en el vértice, la presencia insoslayable de un clítoris medianamente erguido.

Vibrante como la de un reptil, la lengua se agita primero a lo largo de los festoneados colgajos para luego recorrer la resbalosa superficie interior, esmerándose en estimular la uretra; Inés menea instintivamente la pelvis y ya sus manos no incitan la cabeza de su amiga sino que atrapan entre los dedos la oscilante masa de sus pechos para ir sobándolos tiernamente al tiempo que los suspiros devienen en cortos jadeos de ansiedad.

Jamás hubiera supuesto que chupar y lamer una vulva iba a procurarle tan exquisitos placeres y enceguecida, Carolina encierra entre los labios los colgajos para macerarlos con la lengua contra el interior de los dientes, enviando al dedo pulgar a estregar reciamente al clítoris desde su mismo nacimiento. La tierna masa de los tejidos en la boca termina por desquiciarla y entonces, como se quisiera devorarlos con angurria, da una serie de bocanadas por las que los encierra con la boca inmensamente abierta para luego cerrarla y macerar las carnes con lengua y dientes.

Los gemidos de Inés y el retorcimiento del cuerpo mientras  fustiga sus propios pechos con dureza, ponen en la mira de Caro la presencia insoslayable del clítoris que su dedo pulgar  ha contribuido a inflamar y alcanzándolo con la lengua lo azota en búsqueda de mayor erección, escarbando bajo el capuchón epidérmico para incitar la punta rosada que oculta un tejido membranoso.

La ciencia admite y la cotidianeidad demuestra, que todos los seres humanos, sin distinción de género, poseen en el cerebro una información genética, atávica e instintiva que los llevan a practicar el sexo sin que nadie les enseñe por qué, cómo y de qué manera hacerlo, tanto para procurarse un placer primitivo como para proporcionárselo al otro, cuya exteriorización completa el círculo del propio goce; en el caso de Carolina, la costumbre de que otros le proporcionaran ese placer por el que realmente obtenía sus orgasmos y no por la penetración como le sucede al setenta por ciento de las mujeres, más la observación minuciosa y repetida en los videos, le otorga una sapiencia natural y envolviendo entre sus labios al pequeño apéndice, comienza a chuparlo como lo hiciera con el pezón.

Con gula y empeño de un bebé hambriento, envuelve al tubito musculoso recubierto de piel entre los labios para ceñirlo entre ellos y como si fuera una felación a un hombre, da un suave vaivén a la cabeza y cuando el clítoris adquiera la consistencia del verdadero pene femenino que es, se aplica en la mamada mientras que índice y pulgar lo encierran desde la base para darle apretadas torsiones.

Sus amigas habían sido hábiles en las exploraciones, pero hasta ahora Caro le demuestra a Inés que el entusiasmo, el descubrimiento de lo nuevo, la hace superar su inexperiencia con creces y ya esa minetta se está transformando en una de las mejores que le proporcionaran en su vida y ese mismo goce la lleva a suplicarle que la penetre simultáneamente con los dedos.

Carolina estaba demorando ese momento a propósito pero el ruego junto a los flashes del hombre haciéndoselo a ella, le llevan a colocar su mano sobre la vulva que mantiene dilatada y en tanto restriega la parte huesuda de la palma contra los colgajos, su dedo mayor hurga en la boca de la vagina para ir introduciéndose muy lentamente en misión exploratoria, encontrando que los tersos tejidos emanan un fortísimo calor y se mantienen tan estrechamente unidos como en una virgen.

Ella no imagina que, nada más lejos de aquello, es su amiga quien los comprime haciendo gala de un don o virtud que posee de poder manejar los músculos vaginales a su antojo, tanto para dilatarlos hasta permitir el paso de una botella de Coca, como ceñirlos hasta que ni una paja de escoba los separe, llegando en una de sus más fervorosas prácticas, a cortar limpiamente una banana.

A Inés la complace ese afán de su amiga y lentamente, va aflojando la presión para permitir que la punta del dedo vaya introduciéndose en la vagina pero a los pocos centímetros, vuelve a comprimirlos contra el dedo en procura de un mayor goce con el rozamiento.

Sin embargo, Carolina es prudente porque cree que su amiga, sin bien no parece sufrir de vaginitis a pesar de la hinchazón y el calor provocado por la afluencia de sangre, posiblemente padezca de esa restricción psicosomática que hace a ciertas mujeres rechazar la penetración por cualquier objeto, sin importar origen ni tamaño y, tratando de no molestarla, retira  el dedo hacia la boca carnosa y luego de estimularla suavemente para distenderla, vuelve a meterlo delicadamente.

Esta vez sí, excitada ella misma por lo que promete ser un acople lésbico en toda la regla, lo que lo haría insuperable para alguien que no lo disfruta desde hace más de ocho años, Inés va permitiendo que paulatinamente el dedo entre a la vagina y allí, precozmente sabio, hurga a la búsqueda de la callosidad del punto G; decidida a facilitarle la cosa, se mece un poco hasta que la yema ubica el pequeño bultito que con el devenir de la excitación, cobrará el aspecto de un sólida media almendra.

Al establecer contacto, una dicha nueva conmueve a la entusiasta rubia y en tanto multiplica los chupones y retorcimientos a la excrecencia del ya crecido clítoris, introduce al índice en auxilio del mayor y así, encogiéndose y estirándose, van estregando no sólo la callosidad sino casi todo el interior cubierto de mucosas del canal vaginal, a lo que Inés responde ejerciendo un movimiento de sístole-diástole a los músculos, acrecentando el disfrute de la penetración.

Ya ninguna de las dos disimula su alegría por estar satisfaciéndose de esa manera y en tanto la voz enronquecida por el deseo de Inés la alienta a que la haga acabar de esa manera, Carolina no da crédito a la lujuria que la invade al cometer ese acto antinatural pero inmensamente grato y añadiendo la presencia del anular, da a la mano no sólo un movimiento de vaivén copulatorio que sólo frena la presencia de los nudillos sino que también le otorga una oscilación a la muñeca para friccionar en semi círculos todo el interior.

Los verdaderos rugidos con que en medio de su hondo jadeo su amiga y vecina le manifiesta reiterada e insistentemente su asentimiento, un duende maligno que habita inesperadamente su mente, lleva al índice de la

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El  deseo las va exaltando y a medida que se prodigan en lambeteos y chupones, como un ansia destructiva las invade y ya no son solamente los labios quienes martirizan agradablemente las carnes, sino que se suma la actividad de los dientes en incruentos mordiscones y la presión de los dedos que encierran entre ellos a las mamas para pellizcarlas o retorcerlas imitando inconscientemente el trabajo de los obstetras al estimular a las parturientas a pujar, pero el efecto es casi el mismo, ya que ambas, incitadas por esas recias exquisiteces, sacuden sus vientres en instintivas contracciones.

En la medida en que se incrementa el tesón de dientes y dedos que ya añaden el filo de sus uñas, como una desesperación por consumar en la otra lo que cada una desea para sí, las hace ir deslizándose por los vientres estremecidos y en tanto los dedos se engarfian en los dorsales, las bocas parecen multiplicarse el recorrer succionantes cada hueco y protuberancia abdominal; recalando por unos momentos en el cráter cuajado de sudor del ombligo, se entretienen en un delicioso juego de lengua y labios mientras las manos se escurren avariciosas hasta las ingles y por ellas arriban a la carnosidad de las vulvas.

Cada una conoce lo que quisiera experimentar en sí misma y pone a trabajar sus dedos con la esperanza de que la otra imite su proceder; como si escarbaran la más delicada de las superficies, recorren lentamente la base de la colina que supone la vulva y desde allí van ascendiendo hasta tropezar con el costurón de los labios mayores que, ya dilatados, no ofrecen resistencia al

paso de la yemas que escudriñan laboriosas en busca de los fruncidos colgajos interiores.

La excitación de descubrir la melosidad de las mucosas que los bañan, pone en sus mentes la promesa del más exquisito de los manjares y entonces las bocas se deslizan por la comba del vientre, resbalan por la depresión que precede al Monte de Venus, escalan este mismo y labios y lenguas se abocan a la tarea de lamer, besar y chupetear a lo largo de la rendija.

La que está fascinada con las nuevas sensaciones que experimenta es Carolina quien, a pesar de haber abrevado casi perentoriamente en ese mismo sexo minutos antes, ahora y descansando boca arriba, observa arrobada la belleza que sorpresivamente supone para ella una concha vista de esa manera y con una nueva perspectiva erótica; la delgadas pero sólidas piernas de la morocha, al estar abiertas en ese ángulo, exhiben en la parte interior del muslo los tensionados aductores que sobresalen como para indicar su unión, justo donde la vulva cobra mayor dimensión y esta misma constituye todo un espectáculo para su mente ya invadida por el mas vicioso de los deseos; el bulto parece rajarse al medio como hendido por un corte feroz cuya herida muestra bordes negruzco-sanguinolentos que se dilatan para dejar ver como desde el interior, pugnan los filos rugosamente plegados de los labios interiores.

Con índice y mayor vence la lábil resistencia y entonces sí, el interior se le ofrece como una cornucopia de promesas; los labios menores, ya henchidos de sangre y bañados por las abundantes exudaciones glandulares, se ven como una gloriosa puntilla de enrevesados meandros que, en la medida que bajan  se convierten en dos colgajos como lóbulos que parecieran querer proteger al próximo agujero vaginal y por arriba, convergen para formar el arrugado capuchón que trata de proteger vanamente la pujanza de clítoris que, blancuzca y puntiaguda como el pene de un gato, empuja la traslúcida membrana que lo ciega. Pero lo que termina por obnubilar su entendimiento de gula es el óvalo que, nacarado como el interior del molusco que le da nombre vulgar, muestra una lisura extraordinaria y en cuya parte baja, muy cerca de la vagina, enseña el agujero de la uretra bordeado por infinidad de pequeños pellejitos.

Toda esa apreciación se produce en su mente en fracciones de segundo y entonces su atención se fija en la misma apertura del sexo; por haber hecho estudios de enfermería ginecológica, conoce anatómicamente cómo es una vagina y sabe que, lejos de como cree la gente, esa boca alienígena de borde mórbidos no es más que el comienzo del órgano y que los verdaderos esfínteres están más adentro después de un breve vestíbulo alrededor de los cuales se aloja la glándula de Bartolin que secreta mucosas lubricantes y odoríferas.

Ciertamente la teoría de las feromonas que exudan naturalmente las mujeres para atraer al sexo opuesto se veían confirmadas, porque las fragancias que emana Inés no sólo la incitan sino que la provocan. Con los ojos entrecerrados por la lujuria, se abraza a las nalgas y hace que la lengua tremolante se escurra entre los colgajos para recorrer indagatoria la pulida superficie y sabiendo cuanto le place a ella, escarcea repetidamente sobre la uretras hasta sentir la hiriente acidez de la orina y entonces son los labios quienes se aplican succionantes sobre el diminuto agujero urinario.

Como si algo mimético las uniera, la una parece actuar en consecuencia con la otra y de pronto encuentra que, sin proponérselo de intento, Inés esta ejecutando semejante acto en su uretra.

Ninguna de las dos cobra conciencia de ello, pero de sus gargantas surgen gemidos, ronquidos, hondas aspiraciones y mimosas quejas y así, al tiempo que restriegan sus cuerpos en una especie de denodada lid por la que de sus pieles empapadas de transpiración escapan sonoros chasquidos, las manos rodean a glúteos y muslos en tenaces abrazos en tanto que las bocas se afanan vertiginosas en mortificar, restregar, lamer, chupar y sorber las carnes deliciosamente inflamadas y que desprenden toda la pujanza sanguínea que se acumula en ellas.

Carolina jamás hubiera supuesto que hacerle una minetta a una mujer fuera algo tan delicioso; ahora comprende ese ansia casi obsesiva de los hombres y en tanto su boca se obstina en esa especie de masticación golosa a los tejidos, instintivamente lleva a índice y mayor de una mano a explorar la apertura vaginal para luego ir hundiéndose en ese túnel caliginoso.

El caldo tibio que baña las carnes la incita aun más, por lo que profundiza la penetración hasta que la mano misma le impide ir más allá y encorvando las falanges, inicia un lerdo rascado que, aun sin buscarlo, la lleva a tomar contacto con la protuberancia del Punto G, a esa altura ya en plenitud y que a sus insistentes roces, hace distraer la boca de Inés de su sexo para decirle que así es cómo lo quiere y que profundice aun más la cópula manual.

Agregando la presencia del anular, forma una cuña a la que imprime un vaivén que provoca en su amiga idéntica respuesta y así, ensambladas en una cópula recíproca, se prodigan durante unos minutos, hasta que es Inés quien se separa un momento de ella para estirarse hacia la mesita próxima al brazo del sillón y de un grupo de seis velones que la adornan, toma a los dos más grandes.

Habiéndolos comprado personalmente y tal vez porque forman parte de una tendencia estética, Carolina nunca se ha detenido a considerarlos de otra manera y recién relaciona su apariencia con algo fálico; verdaderamente, los dos cirios de más de veinte centímetros de largo, rectos y pulidos, de unos tres centímetros de grosor que recién en la punta se redondean para alojar en su vértice al pabilo, cobran súbitamente la vívida apariencia de un pene y al ver como Inés retorna con ellos en las manos, no puede evitar regodearse con la fantasía de sentirlo dentro suyo.

Entregándole uno mientras la guía para que recobren la posición invertida pero ahora de costado, Inés le dice que lo deje sobre el asiento y que recomiencen donde había quedado; acercando los cuerpos, las cabezas descansan sobre el muslo de la pierna encogida de abajo y alzan la otra aun más encogida para dar lugar a las bocas.

Tornando a recorrer todo su sexo con entusiastas chupeteos, lambidas y succiones, Inés consigue que la rubia la imite y en tanto se enfrascan en sonoros juegos bucales sobre las carnes empapadas de salivas y fluidos, los dedos encuentran lugar para hurgar en el agujero y perineo para luego ir introduciéndose a la vagina, en donde rascan con vehementes jugueteos.

De manera imperceptible, los cuerpos van acomodándose mejor y pronto forman un ensamble de formidable justeza, por el que bocas y manos son capaces de alcanzar cualquier rincón que se propongan; los dedos de una mano escarban reciamente sobre las espesas mucosas que cubren el canal vaginal al tiempo que los de la otra, rodeando las nalgas, se hunden en la hendidura para buscar tomar contacto con los esfínteres anales y las bocas que se dedican afanosamente a chupetear al clítoris y los colgajos, se distraen para prorrumpir en roncas exclamaciones por las que expresan su contento a la vez que alaban las naturales condiciones prostibularias de la otra.

Lentamente, los dedos superan el obstáculo de los esfínteres e índice y mayor se introducen profundamente en la tripa para dar inicio a una serie de mínimas sodomías que dejan traslucir el lascivo sadismo que las habita, toda vez que no se conforman con vaivenes copulatorios sino que se engarfían para rascar con el filo de sus uñas romas la mucosa natural que expele el intestino.

Es tal la consubstanciación física que semejan una monstruosa araña cuyos ocho miembros se sacuden y enredan como formando un solo ser que se agrede a sí mismo; es entonces que Inés toma el velón y tras apoyarlo sobre las carnes que sus dedos dilatan, empuja muy lentamente.

Ni el tamaño ni la forma de la cabeza significan para Carolina algo extraordinario, ya que ha soportado gozosamente vergas que superan en grosor al de la vela, pero es posiblemente la rígida consistencia que convierte a la penetración en algo único; es que Inés no la introduce en forma paralela sino que, tomando el borde como eje, le da un ángulo por el que la ovalada punta va raspando toda la cara anterior hasta ubicar la hinchazón de Punto G y una vez allí, presiona y roza duramente la callosidad en pequeños vaivenes que la hacen bramar de excitación.

Casi como en una vindicta, Carolina encuentra placer en reproducir el mismo acto en su vecina y a poco ambas se sacuden y restriegan fervorosamente mientras los dedos se hunden impiadosamente en los anos y al tiempo que las bocas se escarnecen sobre los sensibilísimos clítoris, reclaman y proclaman la necesidad de sus evacuaciones.

El sudor hace correr chirleras por las irritadas pieles y sus músculos se sacuden  y enredan en espasmódicas contracciones que encuentran su correlato en la saña con que ahora los consoladores penetran las vaginas hasta que los pabilos rozan la estrechez del cuello uterino; bramidos, ayes, sollozos, quejas y risas pueblan el cuarto conjuntamente con los sonoros chas-chas de las manos estrellándose en los empapados sexos hasta que casi al unísono, Inés y Carolina dejan escapar hondas exclamaciones de contento en una especie de canto póstumo de amor antes de caer enredadas una en la otra en la dulce pequeña muerte de sus orgasmos.

Su mano escarba reciamente sobre las espesas mucosas que cubren el canal vaginal al tiempo que los de la otra, rodeando las nalgas, se hunden en la hendidura para buscar tomar contacto con los esfínteres anales y las bocas que se dedican afanosamente a chupetear al clítoris y los colgajos, se distraen para prorrumpir en roncas exclamaciones por las que expresan su contento a la vez que alaban las naturales condiciones prostibularias de la otra.

Lentamente, los dedos superan el obstáculo de los esfínteres e índice y mayor se introducen profundamente en la tripa para dar inicio a una serie de mínimas sodomías que dejan traslucir el lascivo sadismo que las habita, toda vez que no se conforman con vaivenes copulatorios sino que se engarfían para rascar con el filo de sus uñas romas la mucosa natural que expele el intestino.

Es tal la consubstanciación física que semejan una monstruosa araña cuyos ocho miembros se sacuden y enredan como formando un solo ser que se agrede a sí mismo; es entonces que Inés toma el velón y tras apoyarlo sobre las carnes que sus dedos dilatan, empuja muy lentamente.

Ni el tamaño ni la forma de la cabeza significan para Carolina algo extraordinario, ya que ha soportado gozosamente vergas que superan en grosor al de la vela, pero es posiblemente la rígida consistencia que convierte a la penetración en algo único; es que Inés no la introduce en forma paralela sino que, tomando el borde como eje, le da un ángulo por el que la ovalada punta va raspando toda la cara anterior hasta ubicar la hinchazón de Punto G y una vez allí, presiona y roza duramente la callosidad en pequeños vaivenes que la hacen bramar de excitación.

Casi como en una vindicta, Carolina encuentra placer en reproducir el mismo acto en su vecina y a poco ambas se sacuden y restriegan fervorosamente mientras los dedos se hunden impiadosamente en los anos y al tiempo que las bocas se escarnecen sobre los sensibilísimos clítoris, reclaman y proclaman la necesidad de sus evacuaciones.

Ahora sí los rugidos de la otra muchacha se convierten en verdaderos gritos de placer y en tanto se aferra con los brazos tirados hacia atrás al respaldo del sillón, da a su pelvis una frenética proyección copulatoria al tiempo que proclama el próximo advenimiento de su orgasmo, hasta que, en medio del frenesí con que Caro la penetra rudamente por ambos orificios mientras añade al chupeteo fuertes tirones de los dientes al clítoris, una potente explosión se produce en sus entrañas y en medio de fuertes contracciones uterinas, derrama su líquido alivio entre los dedos de Caro quien, dejando a los dedos el sometimiento del órgano, desciende con la boca a recibir esos fluidos que se le antojan maravillosos.

La una por la descarga del orgasmo y la otra por la fatiga que le supusiera aquella violenta cópula, las dos permanecen desmayadamente en su lugar, Inés descansando recostada en el respaldo y Carolina sentada en el suelo con la cabeza aun apoyada sobre el muslo de su amiga.

Progresivamente van saliendo de ese estupor amodorrado y cuando Inés deja que una de sus manos acaricie tiernamente la melena dorada, Caro reacciona y retrepando como una gata por el vientre y los pechos de su amiga, llega a la altura de la cara para depositar el más amoroso beso de que tuviera memoria.

Los labios de la estupenda morocha se contraponen a los de la deliciosa rubia, resecos por las emanaciones afiebradas de su pecho los de la una y cubiertos de saliva y flujo los de la otra; delicadamente, Caro hace que el suave interior de los suyos envuelva primero en labio inferior de Inés para luego hacer lo mismo con el superior.

Sintiendo en su boca el añorado sabor de sus mucosas vaginales, la muchacha procede recíprocamente y los labios se unen y separan en tiernos acoples que las lenguas se encargan de lubricar con la espesura de las salivas y así, aferradas suavemente por las nucas, se dejan estar en una prolongada sesión de besos y lengüetazos que paulatinamente las vuelve a enardecer.

Musitándole que vuelvan a hacerlo pero esta vez juntas, Inés la despoja de la remera que los restregones han subido por encima de la cabeza, realizándole hábilmente una torzada al largo y lacio cabello para formar un rodete en la nuca que no las moleste y tras hacerlo con su mismo cabello castaño al que la planchita le ha otorgado tanta lisura como al de su amiga, la ayuda a acomodarse para que queden enfrentadas de lado sobre el asiento pero invertidas.

En esa posición, estrechan sus cuerpos suavemente mientras bocas y lenguas vuelven a buscarse con golosa delectación, al tiempo que las manos se deslizan acariciantes sobre la pieles transpiradas. Ya no hay barrera física que las separe y la temperatura ambiente es largamente superada por la que emanan sus cuerpos excitados y de a poco, los dedos ya no deambulan al azar sino que buscan zonas específicas para hurgar en esas oquedades que normalmente están vinculadas con la sensorialidad y el placer.

Finalmente, es la incontinencia de Inés la que predomina y, mientras se dedica a sobar concienzudamente a un seno, va recorriendo con su boca el cuello y la planicie ruborosa del pecho para luego sumarse a los dedos con labios y lengua. Carolina sabe que aquello es el inicio de un clásico sesenta y nueve, pero como nunca lo ha realizado con otra mujer, deja a su vecina tomar la iniciativa, acto que aquella emprende al ir recostándola para que quede boca arriba y entonces, ahorcajándose sobre ella, dedica ambas manos a ceñir y manosear la masa oscilantes de los senos, mientras su boca va recorriéndolos primero con la agudeza de la lengua serpenteante para que luego los labios se apliquen a enjugar mimosamente la saliva, rematando cada recorrido con ardorosos chupones que colocan rojizas escarapelas en la delicada piel de la rubia.

Si bien eso no difiere en mucho a lo que realiza desde sus primeras relaciones sexuales, el hecho de que sea una mujer quien se lo está haciendo, le otorga al trabajo de dedos, labios y lengua una característica especial que hace mucho más excitante y dulce el contacto; viendo las macizas peras no demasiado grandes pero si poderosamente atractivas por su pendular y el aspecto desconocido para ella de unas aureolas totalmente pulidas que abultan en el vértice como otro pequeño seno al quepreside un largo y grueso pezón Carolina no puede evitar la tentación e imitando a su nueva amante, soba suavemente la sólida musculatura al tiempo que lengua y labios realizan similar cometido sobre los senos.

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Tal vez a causa del aspecto gelatinoso que adquieren los pechos de Caro al achatarse por su propio peso o las chatas aureolas rosadas propias de las rubias auténticas pobladas por un sinnúmero de diminutas excrecencias y los puntiagudos pezones que se yerguen erectos, Inés se ve desbordada por el deseo y en tanto incrementa el accionar de los dedos en un vigoroso estrujar, se dedica a fustigar las anfractuosidades sebáceas que luego encierra entre los labios en ceñidos chupones que incrementan más aun el tono subidamente rosado de las aureolas.

La que está fascinada con las nuevas sensaciones que experimenta es Carolina quien, a pesar de haber abrevado casi perentoriamente en ese mismo sexo minutos antes, ahora y descansando boca arriba, observa arrobada la belleza que sorpresivamente supone para ella una concha vista de esa manera y con una nueva perspectiva erótica; la delgadas pero sólidas piernas de la morocha, al estar abiertas en ese ángulo, exhiben en la parte interior del muslo los tensionados aductores que sobresalen como para indicar su unión, justo donde la vulva cobra mayor dimensión y esta misma constituye todo un espectáculo para su mente ya invadida por el mas vicioso de los deseos; el bulto parece rajarse al medio como hendido por un corte feroz cuya herida muestra bordes negruzco-sanguinolentos que se dilatan para dejar ver como desde el interior, pugnan los filos rugosamente plegados de los labios interiores.

Con índice y mayor vence la lábil resistencia y entonces sí, el interior se le ofrece como una cornucopia de promesas; los labios menores, ya henchidos de sangre y bañados por las abundantes exudaciones glandulares, se ven como una gloriosa puntilla de enrevesados meandros que, en la medida que bajan se convierten en dos colgajos como lóbulos que parecieran querer proteger al próximo agujero vaginal y por arriba, convergen para formar el arrugado capuchón que trata de proteger vanamente la pujanza de clítoris que, blancuzca y puntiaguda como el pene de un gato, empuja la traslúcida membrana que lo ciega. Pero lo que termina por obnubilar su entendimiento de gula es el óvalo que, nacarado como el interior del molusco que le da nombre vulgar, muestra una lisura extraordinaria y en cuya parte baja, muy cerca de la vagina, enseña el agujero de la uretra bordeado por infinidad de pequeños pellejitos.


Historia enviada por Lisandro.

Una respuesta para “Historia Erotica Carolina e Ines”

  1. fernanda toledo Escribe:

    Hola, me agustado mucho tu blog, las novelas eroticas son una parte fundamental de la imagenería y me gustaría mucho poder incluirla en mi directorio a cambio de que enlaces mi pagina de videos, que dice?
    Suerte en tu blog

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