Pecados Capitales 2

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Pecados Capitales 2 

Aquella no había sido una buena noche para Irina. En realidad, desde hacía bastante tiempo no tenía buenas noches. Últimamente se sentía rara. Una extraña incomodidad invadía su cuerpo y la sumergía en situaciones no deseadas.

Con la vista clavada en la cuadrícula que formaba en el cielo raso la luz azulada que entraba por la ventana, dio un repaso a su situación; hija de inmigrantes rusos, había llegado al país antes de cumplir dos años y se había asimilado a las costumbres argentinas. Obtenida su nacionalización, cursó estudios hasta terminar la secundaria y allí fue cuando sus padres, que no habían abandonado sus creencias religiosas ni las viejas tradiciones rusas, la comprometieron con un coterráneo, varios años mayor que ella.

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A pesar de su empecinada oposición inicial, tuvo que aceptar esa imposición y a los diecinueve años ya era madre de un varoncito. En realidad, Sergio resultó ser un buen marido y durante estos veinte años no había hecho otra cosa que mimarla y halagarla.

Sin embargo, una sensación de frustración se había hecho carne en ella durante el último año. Durante el festejo de los quince años de su hija menor y como una revelación, había cobrado conciencia de su propia juventud perdida. Educada en una severa religión que prácticamente le negaba todo por el sólo hecho de ser mujer, había aceptado sumisamente el matrimonio y pasó, sin más a ser adulta, parir, criar hijos y sostener las responsabilidades del hogar.

Por suerte, su marido no era observante de las tradiciones ni de la religión y, como buen porteño, la convirtió en “la patrona”. Debía de reconocer que con él había comenzado a disfrutar realmente de la vida, vivir en una buena casa, disponer con el tiempo de un auto para ella sola y conocer otros países con motivo de las vacaciones. También la había iniciado en el sexo, del que desconocía todo y hasta llegó a creer que formaban una buena pareja en la cama. No obstante, y no por culpa de él, últimamente las relaciones se le antojaban sosamente rutinarias y le costaba alcanzar los orgasmos con el entusiasmo y la frecuencia a que estaba acostumbrada.

A los treinta y ocho años y como si fuera una primeriza, una especie de vaginitis dolorosa le cerraba el paso al placer. Sus músculos internos se contraían rechazando al miembro de su marido quien no pensaba que era una enfermedad y a su edad, le resultaba grato sentir el roce de su sexo contraído.

Aunque no era afecta a los médicos, sentía que indefectiblemente debería de acudir a uno de ellos, cosa que dilataba para no tener la sorpresa de estar viviendo una menopausia prematura. Sus períodos eran cada vez más cortos y el flujo menstrual le parecía más pesado. En los momentos más inoportunos, la invadían como llamaradas calientes subiendo desde el vientre y rubores intensos cubrían su pecho y cara de cálidos sudores que rápidamente se convertían en escalofríos. Su cabeza y la corta melena solían cubrirse de transpiración mientras una sofocación extrema le llenaba el pecho acompañando las agitadas palpitaciones del corazón.

También su sexo experimentaba cambios, ya que las secreciones se habían reducido notoriamente con lo que la lubricación era insuficiente y al mostrarse menos elásticos sus tejidos, las penetraciones se le hacían dolorosas o, por lo menos, incómodas. Un síntoma que no había sufrido modificaciones e incluso se había incrementado, era su pertinaz y casi permanente excitación. Cada vez más seguido y cuando no lograba alcanzar el orgasmo con su marido, debía recurrir a secretas y solitarias masturbaciones para, por lo menos, conseguir eyacular.

Todo aquello la ponía nerviosa, la mantenía en vilo y, justamente, para superar esas súbitas depresiones y los sollozos o lloriqueos sin motivo, contradiciendo todas las indicaciones lógicas, había recurrido al auxilio del café. También fumaba en exceso y, cada vez con más frecuencia, tomaba algunos tragos de vodka ya que lo insípido de esa bebida no dejaba huellas en su aliento pero ignoraba que con ello contribuía a incrementar sus extemporáneos accesos de resplandeciente alegría o sus desconcertantes pérdidas de memoria.

Esa especie de auto examen y el sempiterno latir del fondo de sus entrañas la habían desvelado. Tratando de no despertar a su marido, salió de la cama y se dirigió en la oscuridad hacia la cocina. El característico parpadear de la televisión en la oscuridad la atrajo hacia el living y se disponía a entrar en él para apagar el receptor cuando alcanzó a divisar la figura de su hijo en la penumbra. Fijando la vista en las imágenes de la pantalla, tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir una exclamación de sorprendida iracundia.

Con una realidad que se le ocurría palpable, la imagen la mostraba a ella en toda su estupenda desnudez y realizando con su marido algunos de los actos más perversamente acrobáticos a los cuales habían sido aficionados devotos hasta no mucho tiempo antes. Ella creía que aquella grabación realizada subrepticiamente por su cónyuge en un hotel de Curitiba cinco años antes y que mostraba sin clemencia toda la profundidad de lo que su lubricidad la llevaba a cometer en una cama, ya no existía y no podía imaginar como había llegado a manos de su hijo.

Alucinada por la crudeza del salvajismo que exhibía el video y cuando sus ojos se acostumbraron a la semi oscuridad, vio la actividad febril de las manos de su hijo masturbándose con aquellas imágenes. Incapaz de reaccionar, se dejó estar mirando hipnóticamente la masturbación del muchacho que mascullaba obscenidades acerca de la virtud de su madre y sus condiciones innatas para la prostitución. Cuando aquel llegó al orgasmo mientras bramaba de satisfacción eyaculando en violentas escupidas del falo que escurrieron abundantes por su mano, se deslizó silenciosamente hasta su cuarto y penetrando en el baño, refrescó el ardor de su sexo durante largo rato sobre el chorro helado del bidet.

Por la mañana y luego de que su marido partiera para el trabajo conduciendo a Catalina al club, decidió tomar el toro por las astas y hablar con su hijo. Cuando entró al cuarto dispuesta a despertarlo, Matías se dio vuelta y al apartar las sábanas quedó al descubierto la impresionante carnosidad de su pene. Aun a pesar de su estado latente, la verga tumefacta era impresionante, con toda la apariencia de una larga y gruesa morcilla.

Tal vez a causa de los problemas hormonales y ginecológicos, de su voluntaria abstinencia sexual o por que nunca había tenido la oportunidad de conocer a otro hombre más que a su marido, quedó como fascinada por tan prometedora verga.

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Como en tropel, acudieron a su mente antiguas sensaciones de tan larga data como el mismo nacimiento de su hijo. Su propia naturaleza reservada y tal vez su juventud, la habían hecho acallar el placer que le provocara el juguetear involuntariamente con los genitales del pequeño, introduciéndolos en su boca y sorbiéndolos apretadamente en un remedo inconsciente de masturbación. También evocó como la fortaleza del chupeteó del bebé a sus pezones colocaba un desasosegante escozor en su entrepierna que, sin llegar a la intensidad de un orgasmo, mojaba satisfactoriamente su sexo, especialmente en el puerperio.

Tuvo que reconocer que ya en los últimos años, la intensidad de la masculinidad de su hijo y sin que ella se lo propusiera, con su mera proximidad, instalaba un cosquilleo animal y salvaje en sus riñones y sexo, obnubilando sus sentidos con un oscuro deseo primitivo. Nunca lo había hablado con otra mujer, pero suponía que esas llamadas ancestrales hacia sus cachorros eran comunes a las hembras, aun dejando de lado al famoso complejo edípico. Arrodillándose silenciosamente junto a la cama, estiró una mano y sus yemas, ligeras, rozaron apenas al miembro dormido. Humedeciendo los dedos con saliva, recorrió tenuemente la superficie del falo que, ante esa leve caricia, lentamente, comenzó a cobrar mayor volumen.

Sudorosa por las emociones encontradas que la inundaban y temerosa de que su hijo despertara pero obsesionada hasta la obnubilación por el tamaño preanunciado de la verga, acercó su boca a ella y recorriéndola ligeramente con su lengua vibrátil, la excitó con la inconsciente esperanza de verla en toda su envergadura. O bien el muchacho sabía disimular muy bien o realmente tenía el sueño pesado. Fuera como fuere, aquello entusiasmó a Irina, quién tomando al miembro entre sus dedos lo levantó cuidadosamente y la lengua pasó a escarbar la piel arrugada de los testículos, sorbiendo el acre sabor de sus sudores.

La mujer era consciente de la monstruosidad antinatural que estaba cometiendo, pero a la vez, un instinto de salvajes reminiscencias habitaba su cuerpo conmocionado y como cualquier hembra de cualquier especie, el celo primigenio la incitaba a copular. El pene había devenido en un rígido falo de regulares dimensiones que, mediante el lento chupeteo superficial a que ella lo sometía, engrosaba ostensiblemente. Enceguecida por el deseo y una palpitante llamarada que subía desde sus entrañas, encerró entre sus labios la cabeza del miembro y, chupándolo delicadamente, lo introdujo en la boca hasta alcanzar el delicado surco.

Abrazando la verga con la mano que resbalaba sobre la espesa capa de saliva, la sometió a una lenta masturbación mientras la lengua tremolante se esmeraba azotando la punta. Dejó que la baba que llenaba su boca escurriera a lo largo del tronco y fue introduciendo al pene hasta que le resultó imposible hacerlo más hondamente. Entonces, la boca retrocedió, succionando hasta que sus mejillas se hundieron por tanta fuerza y los dientes martirizaron la delicada piel del miembro. Ella se daba cuenta que Matías había despertado por la forma en que su cuerpo se había ido envarando y eso contribuyó a excitarla más, aunque no se atrevía a alzar los ojos para no enfrentar la mirada de su hijo.

 Labios y lengua no se daban abasto para recorrer la verga en toda su extensión y una mano se había dedicado con cruel dedicación a someter a un apretado vaivén la cabeza y el prepucio humedecidos. Cuando especuló por los sordos ronquidos que el muchacho estaba próximo a la eyaculación, envolvió a la verga con sus labios y la introdujo en la boca hasta que se le hizo insoportable. Al sentirla rozar el fondo de la garganta, retenía trabajosamente la arcada pero luego la retiraba lentamente en su totalidad, volvía a repetir empecinadamente la maniobra, y así una y otra y otra vez. Acompasándola con la mano, inició un vehemente ir y venir que finalmente tuvo su fruto en la impetuosa ola espermática que inundó su boca y que deglutió con deleite hasta la última gota.

Su hijo había despertado y, como enloquecido por ese sexo con el que había soñado tantas noches, se sentó en la cama. Avergonzada por lo que había hecho y en un sollozo culpable entremezclado con el intenso jadeo de su pecho conmovido intentó una medrosa actitud de escapar pero Matías la aferró con violencia de las manos y, doblándole las muñecas dolorosamente, la derrumbó despatarrada de costado sobre la cama. Sometiéndola con su peso, le arrancó a tirones la bata para después sacarle la bombacha por los pies y asiéndola por las caderas la obligó a girar la grupa.

Cuando quedó arrodillada, su boca golosa de hundió desde atrás en la hendedura que separaba las nalgas. La lengua endurecida buscó vibrátil la negra y fruncida apertura del ano y estimulándola durante unos momentos, fue descendiendo y pasando por el perineo se alojó finalmente en el palpitante agujero de la vagina. Su mano buscó el capuchón del clítoris y mientras la lengua envarada como un pene se introducía en el sexo recogiendo las mucosas que misteriosamente habían reaparecido, los dedos se afanaron en una circular maceración del clítoris y sus adyacencias.

Luego y mientras ella meneaba conmovida sus caderas en una fingida actitud de rechazo que sin embargo no concretaba más que en repetidas negativas, volvió con la lengua al ano y tres dedos de su mano ahusada penetraron la vagina, sometiéndola a un enloquecedor vaivén que puso en su garganta incontrolables gemidos de satisfacción. Cuando menos lo esperaba, sus entrañas se disolvieron en una indescriptible sensación de vacío, mientras sentía como sus jugos vaginales bañaban la mano de Matías y, excediéndola, se deslizaban en diminutos arroyuelos por los muslos.

Irina se sacudía todavía en débiles gestos de instintiva repulsa pero no podía reprimir los agradecidos gemidos de satisfacción y el hipar de su pecho estremecido se mezclaba con los borbotones de saliva que la ahogaban. Acostándola boca arriba y abriéndole bruscamente las piernas como si fuera una chiquilina, Matías se instaló entre ellas tomando la verga con su mano e Irina se tensó involuntariamente cuando la sintió alojada contra su sexo.

Iba a ser violada, poseída sexualmente por su propio hijo y lo terrorífico de esa circunstancia era lo que precisamente la excitaba más, induciéndola a encoger voluntariamente las piernas para ofrecer su sexo palpitante a la penetración. Sorprendiéndola por su habilidad en esas cosas, el muchacho hacía que el glande, elásticamente dúctil, escarbara sobre los tejidos mojados contribuyendo a la dilatación de la vagina y con pequeños remezones de la pelvis hundía la cabeza un par de centímetros para después sacarla y reiniciar el proceso.

Azorada por las urgencias que ese roce ponía en su mente confundida y subyugada por la experiencia inédita a que prometía someterla, alzó los brazos enganchando sus piernas debajo de las axilas mientras le murmuraba roncamente con grosera franqueza que la penetrara de una vez satisfaciendo su voluptuosa incontinencia.

Ahora que había conseguido lo que soñara por años, Matías estaba decidido a conducir a su madre a un goce tal que, dejando de lado todo tipo de prejuicios morales, se hundiera con licenciosa lascivia en una siniestra vesania sin retorno. Lentamente y desoyendo sus reclamos, continuó con el suave balanceó y cada vez, el falo iba penetrándola un poco más.

A medida en que era socavada, Irina cobraba conciencia de que aquel miembro excedía largamente en tamaño la verga de su marido. Las carnes apretadas del canal vaginal parecían negarse a aquella intromisión envolviéndolo con pulsantes contracciones pero su avance era tan inexorable como profundo. Con cada empujón y como un ariete majestuoso, el falo iba desgarrando sus tejidos a pesar de la lubricación de las mucosas que, ahora sí, alfombraban su sexo.

Cuando aun sólo su mitad estaba dentro de ella, el volumen superaba todo lo conocido y el dolor la hacía alzarse como para mitigar en parte el sufrimiento que, sin embargo, la remitía a un glorioso éxtasis. Acezando fuertemente con el pecho estremecido, mojaba con la lengua y mordía sus labios afiebrados, reclamándole a su hijo por mayor intensidad, alentándolo para que la penetrara más y mejor.

Con escalofriante maldad, aquel disfrutaba del dolor de Irina, dispuesto a prolongar su histérica angustia hasta volverla loca. Meneando la pelvis con sádica lentitud, sacaba la verga, extasiado ante la dilatación de los esfínteres vaginales y recién cuando aquellos volvían a contraerse, la metía nuevamente, arrastrando a su paso los colgajos de las rosadas aletas cuyos bordes lucían ennegrecidos. Ya la cabeza se abría paso en el estrecho cuello uterino, separando brutalmente la membrana cervical cuando aun restaban más de cinco centímetros por penetrar al sexo.

Extraviada por la intensidad del placer y apoyada firmemente en sus pies contra las sábanas, Irina se erguía en un arco perfecto y sacudía las caderas sintiendo como el monstruoso grosor del pene martirizaba la elasticidad de los esfínteres. Los efluvios fogosos del pecho resecaban su garganta y los gemidos se habían convertido en estertorosos bramidos de dolor-goce cuando sintió al glande golpear en el fondo de sus entrañas. El muchacho imprimía una tenue rotación a su cuerpo, haciendo que la cabeza socavara el endometrio y el útero se rebelara en espasmódicas contracciones que ponían en su cuerpo y mente una arrebatadora y soberbia expectación.

Finalmente y cuando toda ella respondía conmocionada al coito, él imprimió un vaivén acompasado a sus caderas y la penetración se le hizo sublime. Ansiaba que aquel tronco de espantoso volumen saliera de su interior y contradictoriamente, cuando este lo hacía, las carnes fatigadas extrañaban su ríspida presencia y el cuerpo se arqueaba en procura de la penetración. Como amalgamados en la cópula, se embestían mutuamente y la habitación se llenó con los gritos, ayes y gemidos de su ansiedad insatisfecha.

Ninguno de las dos había alcanzado el orgasmo y tampoco querían hacerlo, deseando que ese coito infernal se prolongara indefinidamente. Con infinito cuidado y casi imperceptiblemente, su hijo fue colocándola de costado, alzando una de las piernas contra su cuerpo y de esa manera prosiguió penetrándola, ahora con mayor intensidad. Luego de un rato de poseerla de esa manera, la hizo arrodillarse apoyada en los brazos extendidos y colocándose acuclillado detrás de ella, la penetró nuevamente pero esa nueva posición hacía que la verga entrara totalmente sin dificultades y las ingles del joven se estrellaran en aceitosos chasquidos contra sus nalgas. 

Estupefacta por la intensidad del placer que le proporcionaba, Irina comenzó involuntariamente a hamacar su cuerpo en tanto que por todo su cuerpo una intensa ola de calor ponía su sangre en ebullición manifestándose en una profusa sudoración que iba barnizándole la piel. Desde los riñones, emanaban agudos cosquilleos que subían a lo largo de la columna, estallando en su mente con fulgurantes destellos multicolores que la cegaban y extraviaban.

Mimetizados en un solo ser que palpitaba gozosamente en la misma frecuencia del placer, sentían crecer la abrasadora urgencia de sus entrañas mientras el muchacho continuaba penetrándola rudamente con un vigor que sería envidiable en un adulto. Finalmente, los malévolos duendes que rasguñaban sus músculos, consiguieron arrastrarlos hacía el caldero hirviente de su sexo y la liberación incontenible de la satisfacción la excedió.

Derrumbada por el alivio, hundió la cara en las sábanas a la espera de que su hijo coincidiera con su orgasmo pero ignoraba lo profundo de su siniestra malevolencia. Retirando el falo aun chorreante de sus jugos de la vagina, apoyó la cabeza sobre el oscuro ano y sin hesitar, fue introduciéndolo sin más en su totalidad al recto. La intensidad del sufrimiento puso un grito estridente en su boca y mientras sus uñas parecían querer destrozar las telas humedecidas, sus dientes mordieron rabiosamente la almohada para reprimir los alaridos.

Asido a sus caderas, el muchacho se impulsaba violentamente contra ella en un arco de espectacular poderío. Su cuerpo musculoso chorreaba ríos de transpiración y su boca exhibía una sonrisa diabólica de lúbrica exaltación. Al deslizarse la verga con mayor comodidad dentro de la tripa, Irina cesó en sus lamentos acomodándose al oscilar del joven y comenzó a disfrutar de esa sodomía que, por dolorosa, no le era menos satisfactoria.

Comprobado aquello por su voluntariosa oscilación, su hijo inició algo que los conduciría a una alucinante danza de escalofriante connotación orgiástica; sacando la verga del ano, volvió a penetrarla por la vagina mientras alucinaba con la vista fija en las profundidades del recto ampliamente dilatado. Con la lenta contracción de los esfínteres, el falo nuevamente los avasalló y entonces fue el turno de la vagina para exhibir la profundidad de sus rojizas carnes inflamadas.

Con cadenciosa y sañuda alternancia, la penetró salvajemente. Esa dual penetración volvió a encender la fogosidad innata de la mujer y así, acoplados en una sobrecogedora cópula de inefables sensaciones, se balancearon a compás durante un tiempo sin medida. Contagiada por aquella locura, salió de debajo de su hijo y arrastrándolo hasta un ángulo de la cama, lo hizo acostar boca arriba.

Luego se ahorcajó sobre él y penetrándose con la verga, inició una lenta cabalgata que, conforme Matías maceraba y chupaba sus senos, fue haciéndose más violenta. Flexionando fuertemente sus piernas, imprimió a su cuerpo tan vigoroso impulso que ella misma maldecía por la violencia con que la verga se estrellaba en sus entrañas pero, como poseída de una infernal ansia de autodestrucción, aceleró aquel vaivén hasta que se le hizo insoportable tanto placer. Finalmente, emitió un espeluznante bramido de satisfacción y, en violentos remezones de la pelvis, expulsó sus jugos en violentas contracciones que se convirtieron en los últimos embates del falo en su interior.

Saciada su incontinente e infame sed de sexo, se dejó estar sobre el muchacho y azorada por el solaz pletórico que le había proporcionado el brutal coito, fue hundiéndose en un glorioso éxtasis.

Alzándola contra su pecho, su hijo la arrastró hacia la cabecera de la cama, y mientras hundía la lengua en su boca, introdujo nuevamente la verga en su ano. Haciéndole encoger las piernas, la acuclilló sobre él con los pies clavados en las sábanas y, asiéndola por la cintura, imprimió a su cuerpo un movimiento de sube y baja por el que su miembro la penetraba tan profundamente que ella sentía a la cabeza del falo restregar dolorosamente el recto.

Aferrando sus manos sobre el respaldar de la cama y sacudiendo violentamente la pelvis, acompasó su ondular al de la penetración mientras Matías escarbaba con las manos en su sexo. Absolutamente deslumbrada por la intensidad del goce, cabalgó con arrebatada satisfacción al falo hasta que, sintiendo como sus entrañas parecían desgajarse, salió presurosamente de esa posición y arrodillada entre las piernas de su hijo, fue masturbándolo con vehemencia hasta que eyaculó su orgasmo mientras saboreaba en su boca con golosa fruición las delicias de aquel semen  prohibido.

 Enviada por Lisandro.

Una respuesta para “Pecados Capitales 2”

  1. Conchi Escribe:

    Enhorabuena Lisandro por la historia!

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