Pecados Capitales 3

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Carla estaba convencida de que la visita de su hermana sólo traería inconvenientes a su vida tan pulcramente organizada. Ella vivía en Buenos Aires desde hacía siete años y, recibida ya de psicóloga, vivía sola en un departamento reciclado de San Telmo. Aunque no tenía novio, sostenía regulares relaciones sexuales con circunstanciales parejas aleatorias que la ayudaban a liberarse de tensiones pero que no la comprometían en lo absoluto. La llegada de la quinceañera amenazaba con modificar sus costumbres y, además, no estaba segura de cómo lidiar con una adolescente doce años menor que ella y a quien no veía desde que era una pequeña desdentada.

Sin embargo, y a su pesar, la muchachita la había sorprendido en dos aspectos; no sólo no era una pueblerina ignorante sino que sus conocimientos culturales superaban lo que ella imaginara y, físicamente, distaba de ser una niña, lo que la desubicaba, ya que la desenvoltura con que manejaba su exuberancia había colocado en ella un interés no habitual.

Definitivamente, las mujeres no la atraían, pero había un algo en su hermana que la hacía conspicuamente licenciosa; sin proponérselo, emanaba tal sexualidad latente, una lascivia tan naturalmente profunda, que sus gestos descarados y su cuerpo desbordante la hacían deseable. Algo que no podía manejar atraía irresistiblemente sus ojos y la hacían mirarla con pensamientos de lúbrico deseo e, inexplicablemente, no hacía nada por evitarlo.

Aquella noche le fue difícil conciliar el sueño. Recurrentemente, la imagen de la despampanante Lucía rondaba su mente y sin quererlo, se la imaginaba allá, en el pueblo pequeño, sin otra compañía que la de su padre. A pesar de no ser una estúpida, la falta de la madre debería de haberla puesto a disposición del primer hombre que se le cruzara y la consolidada opulencia de su cuerpo junto con sus desmañadas maneras le demostraba que la muchachita no sólo no era virgen sino que debía ser una entusiasta practicante del sexo.

Cuando por la mañana la interrogó con toda la discreción que su profesión le proporcionaba, Lucía, con franca desfachatez rayana en la grosería, no sólo admitió haber mantenido sexo con más de un muchacho sino que hasta comenzó a darle detalles escabrosos sobre su habilidad para practicar el sexo oral casi desde el mismo momento de convertirse en mujer. Sorprendida por el grado de degradación sexual de su hermana a tan temprana edad, trató de restarle importancia a sus confesiones y, para romper el hielo, la invitó a acompañarla al mínimo solario que había instalado en el patio de la casa.

Complacida por el refugio que los altos muros sin ventanas de los departamentos vecinos ofrecían al lugar, la muchacha se quitó el vestido y con la confianza que le daba la presencia de su hermana mayor, se instaló en una de las grandes reposeras, desprendiéndose del corpiño y la trusa con toda naturalidad.

El cuerpo de la muchachita superaba con creces cualquier especulación que ella hubiera realizado y los adjetivos de maravilloso, excelso, majestuoso, exquisito, espléndido y soberbio se quedaban cortos para expresar tanta belleza.

La combinación del todo lo hacía glorioso; unos centímetros más baja que ella, la estructura resultaba proporcionalmente perfecta. La piel, que exhibía en su totalidad un suave dorado que demostraba su afición a solearse desnuda, era tersa y traslúcida como el alabastro y el torso desplegaba la exuberancia de los senos que, gordezuelos y oscilantes, no eran caídos y se mantenían erguidos.

Su cúspide estaba cubierta por rosadas aureolas que sostenían la oscura dureza de unos pezones cortos y gruesos que mostraban en su centro la profundidad del agujero mamario. Debajo de la caja torácica que insinuaba las costillas, surgía una meseta de fuertes músculos que formaban en su centro una especie de cañadón. Superando al pequeño ombligo, se adentraba en la suave comba del bajo vientre hundiéndose luego hasta la huesuda elevación de un Monte de Venus poblado por un recortado triángulo velloso y la entrepierna mostraba la ranura casi imperceptible de la vulva. Las largas piernas, torneadamente esbeltas, daban sustento a las fuertes caderas destacando la contundencia de los redondeados glúteos.

Alelada por la revelación de aquel cuerpo sublime en una niña que recién alcanzaba los dieciséis años, tardó unos segundos en reaccionar. Contradictoriamente, se sentía intimidada por su hermana menor e, indecisa, se despojó del corpiño con cierta renuencia. Aunque su inconsciente estaba ansioso por hacerlo, mostrarse totalmente desnuda delante de otra mujer le produjo un cosquilleo de excitada vergüenza pero la indiferencia de aquella la tranquilizó y se relajó bajo de los rayos del sol.

Observó atentamente como la muchacha esparcía sobre todo su cuerpo la pátina oleosa del protector solar que le alcanzara y cuando ella se dio vuelta para recibir la tibieza del sol en las espaldas, Lucía se acuclilló a su lado y solícitamente comenzó a ponérselo sobre la piel. Por primera vez en su vida sentía las manos de una mujer en su cuerpo e instintivamente se crispó, pero inmediatamente la ternura de los dedos fue esparciéndose por todos sus músculos y con voluptuoso deleite fue abandonándose a la caricia de su hermana.

Su largo cuerpo tostado se aflojó y Lucía se acomodó arrodillada sobre la larga reposera entre sus piernas abiertas. Dejando caer sobre las espaldas una cierta cantidad del protector, comenzó un masaje de una lentitud exasperante con ambas manos a lo largo de la columna vertebral. Los largos dedos de recortadas uñas se escurrían remolones por su piel encendida, masajeando y sobando la carne que parecía derretirse en medio de los trémulos suspiros agradecidos de la mujer mayor. Nunca nadie, jamás, la había acariciado de esa forma y seguramente su predisposición física y mental la nutría de una expectante delectación.

Su hermana centraba ahora toda su atención en las piernas; contorneando los fuertes músculos desde los mismos tobillos y ascendiendo gratamente por los muslos, los dedos se esmeraron sobre la contundencia de las nalgas. Cuando finalizó con aquello, las usó para apoyar el contundente trasero y estirándose sobre sus espaldas, le masajeó hombros y brazos mientras, en su ir y venir, los senos colgantes acariciaban con sus pezones la piel abriendo surcos de oscuros deseos en su pecho. Ese pulposo contacto ponía una tumultuosa nube de mariposas en el vientre de Carla y de sus labios entreabiertos surgía un gemido de anhelante histeria en la insoportable espera de que algo se concretara, cuando la muchacha salió de encima suyo y la ayudó a darse vuelta.

Aunque cada día era más frecuente escuchar de sus pacientes la confesión de tendencias homosexuales o relaciones lésbicas, la ignorancia personal la habitaba pero, instintivamente, allá en el fondo de su subconsciente, un llamado atávico la compelía a desear el sexo con aquella niña que se le antojaba maravillosa. Mojando con la lengua sus labios resecos por la emoción y asiéndose con las manos alzadas al respaldar del asiento, aguardó con los ojos cerrados y los dientes clavados en el labio inferior la arremetida de Lucía. Eso no se produjo como ella esperaba, sino que la chica se acuclilló encima, desparramando un poco del protector sobre su vientre.

Sobando uno a uno esos músculos, presionando rítmica y suavemente el abdomen, la indujo a profundizar la hondura de su respiración y cuando ya Carla jadeaba abiertamente, las manos se dedicaron a estrujar la exaltada carne de los senos para luego concentrarse en las aureolas con el raer de las uñas. La mujer ondulaba su cuerpo agitando la pelvis con premura en un simulacro de histérico coito cuando los dedos ciñeron sus pezones e iniciaron una suave torsión que se incrementó conforme ella se crispaba.

La boca de la muchacha se enseñoreó del vientre y la lengua fue deslizándose en círculos sobre él, sorbiendo el sudor acumulado entre las oquedades para abrevar en el diminuto lago formado en el ombligo. Sádicamente, fue incrementando el retorcimiento y la presión de las uñas en la carne hasta que, acalambrada por la angustia, Carla prorrumpió con francos sollozos de pasión en un estrepitoso estallido del goce más profundo para luego derrumbarse desmadejada cuando el precoz alivio de su torrente vaginal la alcanzó.

La chiquilina acercó el rostro y ofreció sus labios al beso de la hermana mayor que aun acezaba fuertemente entre los dientes apretados por la intensidad de la eyaculación. Ella no era multiorgásmica pero, encendida como nunca lo estuviera con hombre alguno, la lengua de Carla salió de entre los labios generosos y escarbó delicadamente las encías de la niña, lo que instaló unas cosquillas profundas que le trasmitieron un fuerte escozor a los riñones. Inconscientemente su cuerpo se arqueó rozando las carnes ardientes de Lucía y conmovida por ese contacto, dejó que sus manos buscaran las nalgas para atraerla fuertemente contra sí. Los labios se unieron en dulcísimos besos de fogosa pasión y pronto estaban estrechadas en apretados abrazos mientras respiraban ruidosamente por los hollares dilatados y las manos no se daban abasto para recorrer las carnes con histérica urgencia.

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Los suaves dedos de la jovencita, provistos de cortas y afiladas uñas, comenzaron a deslizarse sobre todo su cuerpo rozándolo apenas con mínimos rasguños. La suavidad de la caricia predisponía gratamente a la piel, haciendo que el cuerpo de Carla se agitara con beneplácito pero cuando rozaba ciertas partes como aureolas, pezones, ombligo o la entrepierna, una descarga punzante la penetraba por la columna, explotando en su nuca.

La sensación era única e inédita y un tropel de caballos salvajes parecía habitar el cuerpo de la mujer que se arqueaba y ondulaba violentamente estremecida por el placer. Acompañando ese frenesí, Lucía acrecentaba el rasguño de los filos en rojizos surcos ardientes y cuando su hermana estalló en aullidos de goce, separó la tela de la mínima bombacha y fue penetrando lentamente el sexo. La aspereza desconocida de las uñas contra las carnes de la vulva puso un ronco bramido de temeroso asentimiento en boca de Carla y al tiempo que la mano iniciaba un rítmico vaivén sobre la entrada a la vagina, se dio envión con los brazos para acrecentar el ríspido roce.

Cuando la muchacha fue penetrándola con tres dedos, Carla creyó enloquecer de placer y poniendo todo el peso de su cuerpo en las piernas apoyadas a cada lado del asiento, se arqueó y corcoveó con violencia hasta que la fuerza de otra eyaculación la alcanzó, derrumbándose desmayadamente entre violentos espasmos vaginales y agónicos estertores de su garganta reseca por la pasión.

Nunca había experimentado dos eyaculaciones seguidas en tan corto tiempo y todavía yacía crispada, balbuceando entrecortadas frases de complacencia mientras sus ojos se encharcaban con lágrimas de agradecimiento, cuando la boca de Lucía se asentó en la apertura dilatada de la vagina sorbiendo con sus labios la húmeda manifestación de sus jugos. La punta engarfiada de la lengua envarada penetró tan hondo como pudo y rastrilló las febriles carnes que, en un reflejo animal, se contraían y dilataban en lento movimiento expulsando los restos de sus aromáticos caldos uterinos junto a fragantes flatulencias vaginales.

Luego y mientras la mujer se recuperaba en medio de murmullos de mimoso placer, la lengua volvió a recorrer los mojados pliegues hinchados por la inflamación. Los dedos abrían esas retorcidas aletas carnosas que se mostraban dilatadas e hinchadas hasta la desmesura y la punta afilada las excitaba en lenta maceración. Recorría curiosa las satinadas carnes del óvalo, se agitaba vibrátil sobre la suave depresión del meato y escaramuceaba en la escondida cabeza del clítoris.

Otra vez los gemidos ansiosos de Carla ponían de manifiesto su excitación y entonces, Lucía se arrodilló junto al torso hundiendo la boca entre los labios jadeantes de su hermana quien, al sentir el gusto de su propio sexo, se aferró a la nuca para profundizar el beso. Girando casi imperceptiblemente, la muchacha se colocó invertida sobre ella y animándola lascivamente a que la imitara en todo, comenzó a deslizar su boca por el cuello, lamió con gula las colinas gelatinosas de los senos y se agitó tremolante sobre el promontorio de las pulidas aureolas. Simultáneamente una mano sobó suavemente las carnes y los dedos aprisionaron dulcemente al pezón que, ante ese estímulo, volvió a erguirse.

Ya de nuevo excitada, Carla había seguido el consejo de su hermana y la boca inexperta repetía los movimientos de la otra. La tersura de la piel y el tibio calor que emanaba le hacían experimentar cosas inimaginadas. El fondo del vientre borbotaba como un caldero hirviente y una inexplicable sensación de vacío se instalaba en su pecho. Cuando la boca se asentó sobre los sólidos senos que oscilaban frente a su cara, supo que se aprestaba a vivir algo que, maravilloso o terrible, modificaría definitivamente su sexualidad. Golosa y angurrienta, su boca se abrió para engullir literalmente la dilatada aureola rosada. Un saber primitivo la llevó a chupar y estrujar entre sus labios esa excitante superficie y la lengua se acopló a esa tarea tremolando ávidamente sobre el grueso pezón.

Sin prisa, con lentitud exasperante, disfrutando mutuamente de un goce inefable, se enfrascaron durante largo rato en la hipnótica tarea de sobar, lamer, estrujar, chupar y mordisquear los pechos. A Carla todo aquello le resultaba excitantemente nuevo y confirmaba sus presunciones de estar accediendo a un tipo de sexualidad que la satisfacía como nunca antes la heterosexual lo hiciera. Una mano de Lucía había abandonado los pechos y tras rascar sobre los fuertes músculos de su vientre, hurgaba los suaves vellos del Monte de Venus, recorriendo los la vulva hasta más allá de la vagina, acariciando el perineo y excitando tiernamente los fruncidos esfínteres del ano.

Aquello provocaba un fuerte escozor en los riñones y nuca de Carla que, involuntariamente, había comenzado un suave menear de la pelvis y recibió alborozada el contacto de los dedos de la muchachita sobre los labios mayores de la vulva que ya había incrementado su volumen. Muy lentamente, aquella había ido desplazando su boca para recorrer aviesamente el transpirado surco del vientre y traspasado el ombligo, abrevaba reiteradamente en las canaletas de las ingles para luego escarbar la alfombrita velluda y recalar finalmente en la caperuza que protegía al clítoris.

Las sensaciones de placer eran tan intensas que Carla había cerrado los ojos para disfrutarlas profundamente pero un algo instintivo la llevó a abrirlos para encontrar frente a ellos la entrepierna de Lucía y enfrentó con una mezcla de curiosidad y repulsa lo que nunca hubiera imaginado desear de tal manera.

Jamás había visto un sexo de mujer de esa manera, tan próximo a su cara que debía parpadear para poder mantener el foco. En realidad, el único sexo femenino que conocía era el suyo y eso mismo, casi sólo a través del tacto. Un aroma agridulce que conocía pero al mismo tiempo ignoraba hirió su olfato y aquello, sumado a lo que la boca de su hermana ejecutaba en el sexo, la obligó a acercar la boca a aquellos pliegues ennegrecidos por la afluencia de sangre y la lengua rozó tímidamente la barnizada superficie.

El sabor que rápidamente invadió su boca la enajenó. Indice y mayor abrieron las carnes y ante sus ojos se abrió un espectáculo que no mucho tiempo atrás habría calificado de asqueroso pero que ahora le parecía profundamente excitante y maravilloso. Los labios externos de la vulva, hinchados, pulsaban dilatados y dejaban expuesta una masa interna de arrugadas exquisiteces carneas.

Las moradas tonalidades de sus bordes retorcidos se transformaban en rosadas para luego adquirir el nacarado tornasol del óvalo que cobijaba el orificio de la uretra y en la parte inferior, voluminosas crestas daban reparo al agujero de la vagina que le ofrecía la rojiza tentación de su caverna. La lengua tremolante recorrió esos pliegues mojados por los jugos que rezumaban desde la vagina y cuyo sabor la extravió. Alternándolo con el chupetear de los labios, se sumergió en un extravió de sensaciones encontradas ya que Lucía estaba sometiendo a su sexo a similar operación y el deseo de ser poseída se enfrentaba a un deseo desconocido de someter a la otra mujer.

Lucía había unido sus dedos y sin dejar de abrevar con su boca en la erección del clítoris, fue introduciendo lentamente, entrando y saliendo con morosidad pero cada vez un poco más adentro la agudeza de los dedos. Su consistencia y el arte con que la muchacha les imprimía un movimiento socavante en el que se estiraban y encogían rozando intensamente hasta los rincones más remotos del canal vaginal, provocaban que Carla ondulara sus caderas para adecuarlas al vaivén del coito mientras su boca se hundía con desesperación en el sexo de su hermana.

Convencida del placer que le estaba proporcionando y satisfecha por lo que esta realizaba en su sexo, la joven intensificó el vaivén rotativo de la mano, hundiéndola hasta que los esfínteres de la vagina le cerraron el paso a los nudillos. Esa sensación desconocida de dolor-goce enloquecía a la mujer y mientras impulsaba fuertemente la pelvis al encuentro de la mano que la martirizaba, su boca se adueño del clítoris de Lucía haciendo que los labios succionaran con fiereza y los dientes lo mordisquearon casi con saña. Su espesa saliva se entremezclaba con los cálidos jugos que manaban del sexo mientras fragantes vaharadas de flatulencias vaginales saturaban su olfato y así, en medio de los sonoros chupeteos y el ronco bramar de su garganta, hundió dos de sus dedos en la vagina de su hermana sometiéndola a un desenfrenado vaivén copulatorio.

Aquella había clavado sus dientes sobre la colina del Monte de Venus y en tanto los dedos de una mano penetraban salvajemente al sexo, la otra se deslizó por debajo de las nalgas. Rebuscando en medio de la hendedura colmada de líquidos que fluían de la vagina, halló la fruncida entrada al ano para luego ir hundiendo dos dedos en el recto. Aunque Carla no era afecta a la sodomía, tampoco se negaba a ella y los dos dedos conllevaban tal grado de satisfacción que se acomodó mejor para permitirle mayor radio de acción mientras sentía como la muchacha parecía querer devorar su sexo. Imitándola, retorció rudamente sus dedos en la vagina de la muchacha, provocándole tanto placer que esta, abriendo aun más sus piernas acuclilladas para facilitar el trabajo de su boca inexperta, comenzó la eyaculación de un orgasmo lento y profundo.

Carla estaba lejos de llegar a esa situación, pero era tanta la satisfacción que la mano le proporcionaba, involucrándola en un vendaval de sensaciones encontradas que, sin dejar de penetrarla con los dedos, recibió con delectación la abundancia de las mucosas que útero y vagina derramaban en su boca. En medio de gritos y rugidos, las mujeres se revolcaron sobre la reposera, con manos y bocas en un siniestro juego de caricias, rasguños, besos y lamidas hasta que el agotamiento pudo más y así, estrechamente abrazadas, fueron cayendo en un letargo del que saldrían fortalecidas, tiempo después.

 Historia enviada por Lisandro.

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