We Vibe es el protagonista del programa Sex Academy

Juguetes Eroticos

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En el día de hoy presentaremos el novedoso producto We Vibe que se estrenó en el programa televisivo Sex Academy donde acudieron diferentes parejas y tres probaron este vibrador con el fin de decir sus opiniones sobre el producto.

Una de las pareja quedaron fascinados con las funciones que les brindo el We Vibe para sus relaciones sexuales, ya que al parecer estaban cansados de la misma rutina y posiciones, así que decidieron cambiar un poco la rutina con este vibrador y les resulto completamente util.

Otra pareja había mencionado que el esposo era eyaculador precoz mientras que la dama se le dificultaba alcanzar el orgasmo a raiz del parto, para sorpresa utilizaron el We Vibe y el chico pudo retardar su eyaculación, y eso no es todo, sino que además la chica pudo alcanzar orgasmos de manera simultanea.

La dama de la ultima pareja manifesto que no podía tener un orgasmo con la penetración, luego de utilizar de forma placentera el We Vibe se sintieron arrepentidos por no haberlo probado antes, exitosamente la chica pudo alcanzar multiples orgasmos y menciono lo siguiente: “¡Demasiado tarde te he descubierto!”

Pecados Capitales 3

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Carla estaba convencida de que la visita de su hermana sólo traería inconvenientes a su vida tan pulcramente organizada. Ella vivía en Buenos Aires desde hacía siete años y, recibida ya de psicóloga, vivía sola en un departamento reciclado de San Telmo. Aunque no tenía novio, sostenía regulares relaciones sexuales con circunstanciales parejas aleatorias que la ayudaban a liberarse de tensiones pero que no la comprometían en lo absoluto. La llegada de la quinceañera amenazaba con modificar sus costumbres y, además, no estaba segura de cómo lidiar con una adolescente doce años menor que ella y a quien no veía desde que era una pequeña desdentada.

Sin embargo, y a su pesar, la muchachita la había sorprendido en dos aspectos; no sólo no era una pueblerina ignorante sino que sus conocimientos culturales superaban lo que ella imaginara y, físicamente, distaba de ser una niña, lo que la desubicaba, ya que la desenvoltura con que manejaba su exuberancia había colocado en ella un interés no habitual.

Definitivamente, las mujeres no la atraían, pero había un algo en su hermana que la hacía conspicuamente licenciosa; sin proponérselo, emanaba tal sexualidad latente, una lascivia tan naturalmente profunda, que sus gestos descarados y su cuerpo desbordante la hacían deseable. Algo que no podía manejar atraía irresistiblemente sus ojos y la hacían mirarla con pensamientos de lúbrico deseo e, inexplicablemente, no hacía nada por evitarlo.

Aquella noche le fue difícil conciliar el sueño. Recurrentemente, la imagen de la despampanante Lucía rondaba su mente y sin quererlo, se la imaginaba allá, en el pueblo pequeño, sin otra compañía que la de su padre. A pesar de no ser una estúpida, la falta de la madre debería de haberla puesto a disposición del primer hombre que se le cruzara y la consolidada opulencia de su cuerpo junto con sus desmañadas maneras le demostraba que la muchachita no sólo no era virgen sino que debía ser una entusiasta practicante del sexo.

Cuando por la mañana la interrogó con toda la discreción que su profesión le proporcionaba, Lucía, con franca desfachatez rayana en la grosería, no sólo admitió haber mantenido sexo con más de un muchacho sino que hasta comenzó a darle detalles escabrosos sobre su habilidad para practicar el sexo oral casi desde el mismo momento de convertirse en mujer. Sorprendida por el grado de degradación sexual de su hermana a tan temprana edad, trató de restarle importancia a sus confesiones y, para romper el hielo, la invitó a acompañarla al mínimo solario que había instalado en el patio de la casa.

Complacida por el refugio que los altos muros sin ventanas de los departamentos vecinos ofrecían al lugar, la muchacha se quitó el vestido y con la confianza que le daba la presencia de su hermana mayor, se instaló en una de las grandes reposeras, desprendiéndose del corpiño y la trusa con toda naturalidad.

El cuerpo de la muchachita superaba con creces cualquier especulación que ella hubiera realizado y los adjetivos de maravilloso, excelso, majestuoso, exquisito, espléndido y soberbio se quedaban cortos para expresar tanta belleza.

La combinación del todo lo hacía glorioso; unos centímetros más baja que ella, la estructura resultaba proporcionalmente perfecta. La piel, que exhibía en su totalidad un suave dorado que demostraba su afición a solearse desnuda, era tersa y traslúcida como el alabastro y el torso desplegaba la exuberancia de los senos que, gordezuelos y oscilantes, no eran caídos y se mantenían erguidos.

Su cúspide estaba cubierta por rosadas aureolas que sostenían la oscura dureza de unos pezones cortos y gruesos que mostraban en su centro la profundidad del agujero mamario. Debajo de la caja torácica que insinuaba las costillas, surgía una meseta de fuertes músculos que formaban en su centro una especie de cañadón. Superando al pequeño ombligo, se adentraba en la suave comba del bajo vientre hundiéndose luego hasta la huesuda elevación de un Monte de Venus poblado por un recortado triángulo velloso y la entrepierna mostraba la ranura casi imperceptible de la vulva. Las largas piernas, torneadamente esbeltas, daban sustento a las fuertes caderas destacando la contundencia de los redondeados glúteos.

Alelada por la revelación de aquel cuerpo sublime en una niña que recién alcanzaba los dieciséis años, tardó unos segundos en reaccionar. Contradictoriamente, se sentía intimidada por su hermana menor e, indecisa, se despojó del corpiño con cierta renuencia. Aunque su inconsciente estaba ansioso por hacerlo, mostrarse totalmente desnuda delante de otra mujer le produjo un cosquilleo de excitada vergüenza pero la indiferencia de aquella la tranquilizó y se relajó bajo de los rayos del sol.

Observó atentamente como la muchacha esparcía sobre todo su cuerpo la pátina oleosa del protector solar que le alcanzara y cuando ella se dio vuelta para recibir la tibieza del sol en las espaldas, Lucía se acuclilló a su lado y solícitamente comenzó a ponérselo sobre la piel. Por primera vez en su vida sentía las manos de una mujer en su cuerpo e instintivamente se crispó, pero inmediatamente la ternura de los dedos fue esparciéndose por todos sus músculos y con voluptuoso deleite fue abandonándose a la caricia de su hermana.

Su largo cuerpo tostado se aflojó y Lucía se acomodó arrodillada sobre la larga reposera entre sus piernas abiertas. Dejando caer sobre las espaldas una cierta cantidad del protector, comenzó un masaje de una lentitud exasperante con ambas manos a lo largo de la columna vertebral. Los largos dedos de recortadas uñas se escurrían remolones por su piel encendida, masajeando y sobando la carne que parecía derretirse en medio de los trémulos suspiros agradecidos de la mujer mayor. Nunca nadie, jamás, la había acariciado de esa forma y seguramente su predisposición física y mental la nutría de una expectante delectación.

Su hermana centraba ahora toda su atención en las piernas; contorneando los fuertes músculos desde los mismos tobillos y ascendiendo gratamente por los muslos, los dedos se esmeraron sobre la contundencia de las nalgas. Cuando finalizó con aquello, las usó para apoyar el contundente trasero y estirándose sobre sus espaldas, le masajeó hombros y brazos mientras, en su ir y venir, los senos colgantes acariciaban con sus pezones la piel abriendo surcos de oscuros deseos en su pecho. Ese pulposo contacto ponía una tumultuosa nube de mariposas en el vientre de Carla y de sus labios entreabiertos surgía un gemido de anhelante histeria en la insoportable espera de que algo se concretara, cuando la muchacha salió de encima suyo y la ayudó a darse vuelta.

Aunque cada día era más frecuente escuchar de sus pacientes la confesión de tendencias homosexuales o relaciones lésbicas, la ignorancia personal la habitaba pero, instintivamente, allá en el fondo de su subconsciente, un llamado atávico la compelía a desear el sexo con aquella niña que se le antojaba maravillosa. Mojando con la lengua sus labios resecos por la emoción y asiéndose con las manos alzadas al respaldar del asiento, aguardó con los ojos cerrados y los dientes clavados en el labio inferior la arremetida de Lucía. Eso no se produjo como ella esperaba, sino que la chica se acuclilló encima, desparramando un poco del protector sobre su vientre.

Sobando uno a uno esos músculos, presionando rítmica y suavemente el abdomen, la indujo a profundizar la hondura de su respiración y cuando ya Carla jadeaba abiertamente, las manos se dedicaron a estrujar la exaltada carne de los senos para luego concentrarse en las aureolas con el raer de las uñas. La mujer ondulaba su cuerpo agitando la pelvis con premura en un simulacro de histérico coito cuando los dedos ciñeron sus pezones e iniciaron una suave torsión que se incrementó conforme ella se crispaba.

La boca de la muchacha se enseñoreó del vientre y la lengua fue deslizándose en círculos sobre él, sorbiendo el sudor acumulado entre las oquedades para abrevar en el diminuto lago formado en el ombligo. Sádicamente, fue incrementando el retorcimiento y la presión de las uñas en la carne hasta que, acalambrada por la angustia, Carla prorrumpió con francos sollozos de pasión en un estrepitoso estallido del goce más profundo para luego derrumbarse desmadejada cuando el precoz alivio de su torrente vaginal la alcanzó.

La chiquilina acercó el rostro y ofreció sus labios al beso de la hermana mayor que aun acezaba fuertemente entre los dientes apretados por la intensidad de la eyaculación. Ella no era multiorgásmica pero, encendida como nunca lo estuviera con hombre alguno, la lengua de Carla salió de entre los labios generosos y escarbó delicadamente las encías de la niña, lo que instaló unas cosquillas profundas que le trasmitieron un fuerte escozor a los riñones. Inconscientemente su cuerpo se arqueó rozando las carnes ardientes de Lucía y conmovida por ese contacto, dejó que sus manos buscaran las nalgas para atraerla fuertemente contra sí. Los labios se unieron en dulcísimos besos de fogosa pasión y pronto estaban estrechadas en apretados abrazos mientras respiraban ruidosamente por los hollares dilatados y las manos no se daban abasto para recorrer las carnes con histérica urgencia.

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Los suaves dedos de la jovencita, provistos de cortas y afiladas uñas, comenzaron a deslizarse sobre todo su cuerpo rozándolo apenas con mínimos rasguños. La suavidad de la caricia predisponía gratamente a la piel, haciendo que el cuerpo de Carla se agitara con beneplácito pero cuando rozaba ciertas partes como aureolas, pezones, ombligo o la entrepierna, una descarga punzante la penetraba por la columna, explotando en su nuca.

La sensación era única e inédita y un tropel de caballos salvajes parecía habitar el cuerpo de la mujer que se arqueaba y ondulaba violentamente estremecida por el placer. Acompañando ese frenesí, Lucía acrecentaba el rasguño de los filos en rojizos surcos ardientes y cuando su hermana estalló en aullidos de goce, separó la tela de la mínima bombacha y fue penetrando lentamente el sexo. La aspereza desconocida de las uñas contra las carnes de la vulva puso un ronco bramido de temeroso asentimiento en boca de Carla y al tiempo que la mano iniciaba un rítmico vaivén sobre la entrada a la vagina, se dio envión con los brazos para acrecentar el ríspido roce.

Cuando la muchacha fue penetrándola con tres dedos, Carla creyó enloquecer de placer y poniendo todo el peso de su cuerpo en las piernas apoyadas a cada lado del asiento, se arqueó y corcoveó con violencia hasta que la fuerza de otra eyaculación la alcanzó, derrumbándose desmayadamente entre violentos espasmos vaginales y agónicos estertores de su garganta reseca por la pasión.

Nunca había experimentado dos eyaculaciones seguidas en tan corto tiempo y todavía yacía crispada, balbuceando entrecortadas frases de complacencia mientras sus ojos se encharcaban con lágrimas de agradecimiento, cuando la boca de Lucía se asentó en la apertura dilatada de la vagina sorbiendo con sus labios la húmeda manifestación de sus jugos. La punta engarfiada de la lengua envarada penetró tan hondo como pudo y rastrilló las febriles carnes que, en un reflejo animal, se contraían y dilataban en lento movimiento expulsando los restos de sus aromáticos caldos uterinos junto a fragantes flatulencias vaginales.

Luego y mientras la mujer se recuperaba en medio de murmullos de mimoso placer, la lengua volvió a recorrer los mojados pliegues hinchados por la inflamación. Los dedos abrían esas retorcidas aletas carnosas que se mostraban dilatadas e hinchadas hasta la desmesura y la punta afilada las excitaba en lenta maceración. Recorría curiosa las satinadas carnes del óvalo, se agitaba vibrátil sobre la suave depresión del meato y escaramuceaba en la escondida cabeza del clítoris.

Otra vez los gemidos ansiosos de Carla ponían de manifiesto su excitación y entonces, Lucía se arrodilló junto al torso hundiendo la boca entre los labios jadeantes de su hermana quien, al sentir el gusto de su propio sexo, se aferró a la nuca para profundizar el beso. Girando casi imperceptiblemente, la muchacha se colocó invertida sobre ella y animándola lascivamente a que la imitara en todo, comenzó a deslizar su boca por el cuello, lamió con gula las colinas gelatinosas de los senos y se agitó tremolante sobre el promontorio de las pulidas aureolas. Simultáneamente una mano sobó suavemente las carnes y los dedos aprisionaron dulcemente al pezón que, ante ese estímulo, volvió a erguirse.

Ya de nuevo excitada, Carla había seguido el consejo de su hermana y la boca inexperta repetía los movimientos de la otra. La tersura de la piel y el tibio calor que emanaba le hacían experimentar cosas inimaginadas. El fondo del vientre borbotaba como un caldero hirviente y una inexplicable sensación de vacío se instalaba en su pecho. Cuando la boca se asentó sobre los sólidos senos que oscilaban frente a su cara, supo que se aprestaba a vivir algo que, maravilloso o terrible, modificaría definitivamente su sexualidad. Golosa y angurrienta, su boca se abrió para engullir literalmente la dilatada aureola rosada. Un saber primitivo la llevó a chupar y estrujar entre sus labios esa excitante superficie y la lengua se acopló a esa tarea tremolando ávidamente sobre el grueso pezón.

Sin prisa, con lentitud exasperante, disfrutando mutuamente de un goce inefable, se enfrascaron durante largo rato en la hipnótica tarea de sobar, lamer, estrujar, chupar y mordisquear los pechos. A Carla todo aquello le resultaba excitantemente nuevo y confirmaba sus presunciones de estar accediendo a un tipo de sexualidad que la satisfacía como nunca antes la heterosexual lo hiciera. Una mano de Lucía había abandonado los pechos y tras rascar sobre los fuertes músculos de su vientre, hurgaba los suaves vellos del Monte de Venus, recorriendo los la vulva hasta más allá de la vagina, acariciando el perineo y excitando tiernamente los fruncidos esfínteres del ano.

Aquello provocaba un fuerte escozor en los riñones y nuca de Carla que, involuntariamente, había comenzado un suave menear de la pelvis y recibió alborozada el contacto de los dedos de la muchachita sobre los labios mayores de la vulva que ya había incrementado su volumen. Muy lentamente, aquella había ido desplazando su boca para recorrer aviesamente el transpirado surco del vientre y traspasado el ombligo, abrevaba reiteradamente en las canaletas de las ingles para luego escarbar la alfombrita velluda y recalar finalmente en la caperuza que protegía al clítoris.

Las sensaciones de placer eran tan intensas que Carla había cerrado los ojos para disfrutarlas profundamente pero un algo instintivo la llevó a abrirlos para encontrar frente a ellos la entrepierna de Lucía y enfrentó con una mezcla de curiosidad y repulsa lo que nunca hubiera imaginado desear de tal manera.

Jamás había visto un sexo de mujer de esa manera, tan próximo a su cara que debía parpadear para poder mantener el foco. En realidad, el único sexo femenino que conocía era el suyo y eso mismo, casi sólo a través del tacto. Un aroma agridulce que conocía pero al mismo tiempo ignoraba hirió su olfato y aquello, sumado a lo que la boca de su hermana ejecutaba en el sexo, la obligó a acercar la boca a aquellos pliegues ennegrecidos por la afluencia de sangre y la lengua rozó tímidamente la barnizada superficie.

El sabor que rápidamente invadió su boca la enajenó. Indice y mayor abrieron las carnes y ante sus ojos se abrió un espectáculo que no mucho tiempo atrás habría calificado de asqueroso pero que ahora le parecía profundamente excitante y maravilloso. Los labios externos de la vulva, hinchados, pulsaban dilatados y dejaban expuesta una masa interna de arrugadas exquisiteces carneas.

Las moradas tonalidades de sus bordes retorcidos se transformaban en rosadas para luego adquirir el nacarado tornasol del óvalo que cobijaba el orificio de la uretra y en la parte inferior, voluminosas crestas daban reparo al agujero de la vagina que le ofrecía la rojiza tentación de su caverna. La lengua tremolante recorrió esos pliegues mojados por los jugos que rezumaban desde la vagina y cuyo sabor la extravió. Alternándolo con el chupetear de los labios, se sumergió en un extravió de sensaciones encontradas ya que Lucía estaba sometiendo a su sexo a similar operación y el deseo de ser poseída se enfrentaba a un deseo desconocido de someter a la otra mujer.

Lucía había unido sus dedos y sin dejar de abrevar con su boca en la erección del clítoris, fue introduciendo lentamente, entrando y saliendo con morosidad pero cada vez un poco más adentro la agudeza de los dedos. Su consistencia y el arte con que la muchacha les imprimía un movimiento socavante en el que se estiraban y encogían rozando intensamente hasta los rincones más remotos del canal vaginal, provocaban que Carla ondulara sus caderas para adecuarlas al vaivén del coito mientras su boca se hundía con desesperación en el sexo de su hermana.

Convencida del placer que le estaba proporcionando y satisfecha por lo que esta realizaba en su sexo, la joven intensificó el vaivén rotativo de la mano, hundiéndola hasta que los esfínteres de la vagina le cerraron el paso a los nudillos. Esa sensación desconocida de dolor-goce enloquecía a la mujer y mientras impulsaba fuertemente la pelvis al encuentro de la mano que la martirizaba, su boca se adueño del clítoris de Lucía haciendo que los labios succionaran con fiereza y los dientes lo mordisquearon casi con saña. Su espesa saliva se entremezclaba con los cálidos jugos que manaban del sexo mientras fragantes vaharadas de flatulencias vaginales saturaban su olfato y así, en medio de los sonoros chupeteos y el ronco bramar de su garganta, hundió dos de sus dedos en la vagina de su hermana sometiéndola a un desenfrenado vaivén copulatorio.

Aquella había clavado sus dientes sobre la colina del Monte de Venus y en tanto los dedos de una mano penetraban salvajemente al sexo, la otra se deslizó por debajo de las nalgas. Rebuscando en medio de la hendedura colmada de líquidos que fluían de la vagina, halló la fruncida entrada al ano para luego ir hundiendo dos dedos en el recto. Aunque Carla no era afecta a la sodomía, tampoco se negaba a ella y los dos dedos conllevaban tal grado de satisfacción que se acomodó mejor para permitirle mayor radio de acción mientras sentía como la muchacha parecía querer devorar su sexo. Imitándola, retorció rudamente sus dedos en la vagina de la muchacha, provocándole tanto placer que esta, abriendo aun más sus piernas acuclilladas para facilitar el trabajo de su boca inexperta, comenzó la eyaculación de un orgasmo lento y profundo.

Carla estaba lejos de llegar a esa situación, pero era tanta la satisfacción que la mano le proporcionaba, involucrándola en un vendaval de sensaciones encontradas que, sin dejar de penetrarla con los dedos, recibió con delectación la abundancia de las mucosas que útero y vagina derramaban en su boca. En medio de gritos y rugidos, las mujeres se revolcaron sobre la reposera, con manos y bocas en un siniestro juego de caricias, rasguños, besos y lamidas hasta que el agotamiento pudo más y así, estrechamente abrazadas, fueron cayendo en un letargo del que saldrían fortalecidas, tiempo después.

 Historia enviada por Lisandro.

Como escribir un relato erotico ?

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En esta ocacion, Lisandro, nos ha enviado una exclente guia de como escribir un relato erotico:

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En los distintos sitios, he observado muchos relatos eroticos, escritos más con voluntad que conocimiento y este no implica sapiencia, sino ordenar las ideas sobre lo que se quiere contar, pensando cómo transmitirlo al lector sin que parezca una síntesis entrecortada de un buen polvo.

Primero, sea ficción o verdad, a esta hay que adornarla con detalles morbosos que conciten la atención e imaginación de lector y en la otra dejar volar la imaginación de cómo uno lo haría personalmente; segundo, no hay que ser tan directo como en una mala película porno donde ya se encuentran instalados en la cama y lo único que se ve es la felación o la penetración y a veces una sodomía que, si no tienen el condimento del mínimo detalle y expresiones faciales de sus protagonistas, resulta tan idéntica, repetida, común y aburrida como todo en el sexo.

Partamos entonces de una idea imaginaria y tomemos por ejemplo a una mujer, determinemos su edad de acuerdo a la opulencia física que queramos otorgarle o experiencia sexual que debe poseer, busquémosle una ubicación social, ubiquémosla en ella, establezcamos -de acuerdo a lo que tenemos pensado- si es soltera, casada o viuda, insatisfecha, abstinente o simplemente gustosa de aventuras.

Pensemos un sitio donde pueda darse esa relación, inesperada o buscada, creemos un clima de seducción y para llegar al momento culminante que terminará en lo físico, démosle un juego previo que normalmente solemos practicar con quienes no son unas simples busconas, juguemos con descripciones de labios lenguas, salivas y caricias, contemos detalladamente las cualidades de los senos, el vientre toda la zona erógena y finalmente la vulva y la riqueza de su contenido.

Luego y de acuerdo a nuestra experiencia propia o lo visto en videos, describamos el momento de la penetración con toda minuciosidad, desde lo físico o lo que experimenta cada uno de los protagonistas, alarguemos la concreción de las cosas, cuestión de que cuando sucedan, sean todo un acontecimiento para lo protagonistas, para  nosotros y especialmente para el lector, que es nuestro destinatario.

Con la computadora, no es necesario ser un experto en lingüística ni mucho menos y enriquezcamos nuestro vocabulario limitado por lo cotidiano, con el uso del diccionario instalado de sinónimos, la ortografía y la gramática o finalmente, recurramos al diccionario de la Real Academia que es un excelente referente sobre costumbrismos de otros países como el mío -Argentina-.

Jueguen con las ideas, no vayan al grano directamente, piensen y proyecten en otros sus fantasías, tanto si son mujeres como hombres, traten de poner en su mente cómo actuaría un integrante del sexo opuesto ante esas situaciones, qué experimentaría, si son hombres, qué les gustaría que hiciera una mujer y viceversa, sean imaginativos y tengan en cuenta que excita más lo indirecto que lo brutal, esto es, eviten nombrar las cosas por su denominación popular y grosera, la grosería no se lleva de la mano con lo sexual sino en lo más íntimo de nuestra mente.

Si no tiene conocimiento del nombre de ciertas partes del cuerpo humano, internet te brinda hasta el hartazgo ese material en la parte de anatomía médica, con disfunciones y reacciones glandulares u hormonales, sólo hay que saber buscar, ilustrarse y utilizar.

No soy un escritor en esencia, pero sí he capitalizado las formas de construcción de lo leído, me enorgullezco de mi variado lenguaje y casi todo lo que he escrito, ha sido ficcionado desde el conocimiento de las relaciones non santas de terceras personas, vecinos, parientes y otras, que imaginamos en compañeros laborales por su comportamiento y también algunas innombrables por mi proximidad familiar, pero ciertas sí, son de relaciones directas de las que me regodeo al describirlas, ya que manifiestan mi grado de perversidad al momento de ejecutarlas y eso forma parte indisoluble del secreto sadomasoquista que llevamos dentro aun sin saberlo.

Diviértanse, jueguen con palabras y situaciones, escriban y rescriban, reléanlo unos días después y, seguro, modificaran muchas cosas, eliminarán el exceso de comas, se darán cuenta que han ido cambiando el tiempo del suceso, llevándolo del pasado al presente y, si se les ocurre poner todo en primera personal del presente, se encontraran con el serio obstáculo qué es mantener la fluidez y por el otro no poder describir las sensaciones y pensamientos del otro.

En fin, esa es mi colaboración, porque veo buenas intenciones y ciertas puntas interesantes pero que están más resueltas…Suerte…Lisandro

Historia Erotica | Pecados Capitales Nº 1

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PECADOS CAPITALES Nº1

Sobre los campos agostados por el implacable sol de enero, la quietud de la siesta parecía haber fusilado a los habitantes del lugar. Sólo el zurrar monótono de las palomas torcazas ponía una nota melancólica sobre el paisaje. A unos quinientos metros de las casas, un derrame de verdor denunciaba la presencia de un arroyo. Como una cicatriz en la llanura, una serpenteante masa de árboles poblaba la cañada que excavaran las aguas.

Un grupo apretado de lacios sauces circundaba una pequeña depresión cubierta de tréboles que llegaba justo hasta la orilla y, a la sombra protectora de los árboles, acostados sobre una lona, se alcanzaba a divisar las figuras de un hombre y una mujer.

Si bien la definición del género los alcanzaba, sólo eran dos adolescentes. Miguel era un robusto muchachote de dieciocho años que, aficionado desde niño a los trabajos del campo, había desarrollado una musculatura fuera de lo común para su edad. Su estrecha relación con los rudos trabajadores de la estancia lo había madurado antes de tiempo y ya desde los catorce años frecuentaba el único burdel del pueblo, convirtiéndose en un aventajado alumno de las solícitas prostitutas, que no escatimaban esfuerzos para satisfacer al hijo del estanciero más poderoso de la zona.

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A pesar de esa experiencia o tal vez incentivado por el hecho de que fuera un fruto prohibido, desde el mismo momento en que había comenzado a desarrollarse, la muchacha que yacía a su lado lo tenía loco. Casi con indiferencia había asistido a los abultamientos que iban rellenando sus vestidos de niña pero cuando aquellos fueron ocupando los lugares que les correspondían, contempló estupefacto el crecimiento de los pechos, el estrecho adelgazamiento de la cintura y la consiguiente prominencia contundente de sus nalgas.

Con sus quince años recién cumplidos, Mariana era una típica chica pueblerina. Educada como correspondía en el único colegio religioso del lugar, o tal vez a causa de ello, había desarrollado un suspicaz rechazo por las monjas. En realidad y sin ella saberlo, cumplía con el ritual obligado de todas las muchachas del pueblo, hastiadas de la severa disciplina de las religiosas y su hipocresía. Entre las alumnas, era un secreto a voces la relación de la superiora con el párroco y la homosexualidad manifiesta de algunas hermanas que, sin embargo, calificaban de pecaminoso a todo lo que tuviera que ver con el sexo, al que nunca se nombraba dirctamente. Las muchachas encontraban en aquello un motivo para fastidiarlas, haciendo gala de sus virtudes físicas descaradamente y escandalizándolas con rumores de supuestos romances que sostenían con muchachos de la zona.

Sin embargo, esos esfuerzos las condujeron por caminos extraños y en su afán de inventar historias, habían caído en la lectura de libros inapropiados para su edad que, si bien las proveían de temas y léxicos eróticos necesarios, incentivaban sus fantasías más allá de lo prudente. Con los ojos perdidos en los rayos de sol que filtraban entre el follaje, se preguntó con temeraria expectativa cuando su cuerpo conocería las delicias del sexo que sólo conocía a través de la literatura.

Rubios, altos, elegantes y hermosos, los dos seres que yacían lado a lado sobre la loneta semejaban a modernos dioses de un Olimpo rural que parecían hechos el uno para el otro. Poniéndose de lado, Miguel clavó sus ojos en la grácil figura de Mariana y se conmocionó al contemplar la belleza de sus rasgos todavía infantiles. Extendió su mano y el dorso de los dedos se deslizó sobre la leve vellosidad de los brazos atezados por el sol, consiguiendo que la muchacha se estremeciera ante ese simple contacto.

Sintiendo como aquel leve roce colocaba en su entrepierna el calor de algo desconocido que la rondaba desde hacía un tiempo, cerró los ojos mientras su pecho acezaba entrecortadamente y de su boca surgía un leve gemido de ansiedad. Miguel se aproximó a ella y sus manos comenzaron a acariciar lentamente y con infinita ternura el rostro de la joven, recorriendo todos y cada uno de sus rasgos, una y otra, y otra vez. Paralizada por la emoción o lo insólito de esa caricia que anhelaba pero que esquivaba desde hacía tiempo, Mariana respondía a esos estímulos cerrando los ojos, confundida por los desmayados suspiros que emanaban de su boca en vaharadas de un perfumado resuello.

Observando como un irrefrenable temblor estremecía sus carnes, Miguel deslizó las manos por todo el cuerpo rozando apenas la liviana tela del vestido, consiguiendo que la niña se agitara como azogada, encogiendo sus piernas de manera instintiva y dejando que la amplia falda se arremolinara contra la grupa. Luego, con extrema delicadeza y como si fuera algo que debería de haber hecho hacía tiempo, desabotonó la larga hilera que cerraba la blusa para, despojándola parcialmente de ella, descubrir sus pechos temblorosos para comenzar a acariciarlos sobre la tersura del corpiño satinado.

Tan excitada como él pero con la naturalidad de lo cotidiano o inevitable, Mariana llevó las manos a la espalda y facilitándole las cosas, lo desabrochó. Entonces sus manos se apoderaron de los senos en una tierna caricia que paulatinamente fue convirtiéndose en un palpar y sobar que incrementaba su excitación. A pesar de eso, ella se mantenía semiparalizada por lo que consideraba la exhibición pública de su deseo y sólo el ardor que comenzaba a sentir en el bajo vientre le permitió relajarse.

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El brillo dorado de la piel se le antojó a Miguel como el de una refinada escultura de carne sólida y los pechos tenían la apariencia de grandes peras. En su vértice, un cono más oscuro denotaba las abultadas aureolas exentas de todo tipo de gránulos y los casi inexistentes pezones apenas asomaban puntiagudos en su centro. Aquel cuerpo todavía aniñado lo turbó y sintiéndose culpable, extendió una mano que se deslizó en leve caricia sobre el torso de Mariana.

Aquella comenzó a manifestar en susurradas palabras ininteligibles la efectividad de la caricia y cuando se inclinó sobre su cara, abrió los ojos, expresando la expectativa cerval del animal acosado, hipnotizado por la presencia del predador. Miguel se consideraba experimentado pero ahora se daba cuenta que estaba tembloroso, tan excitado como nunca lo estuviera con mujer alguna y acercó su boca a la de Mariana con la garganta reseca por la emoción de ese primer beso. La lengua surgió entre los labios mojando con su saliva cálida los de la muchacha y luego los rozó tímidamente con el interior húmedo de los suyos.

Ambos jadeaban cada vez más hondo y los labios, como negándose el acceso al placer, comenzaron a unirse en pequeños besuqueos casi esbozados que ninguno de los dos se animaba a convertir en besos. Como si fueran imanes, la misma tensión que los separaba los compelió a unirlos y entonces sí, como si se hubiera gatillado un disparador, las bocas se convirtieron en ventosas que succionaban y sorbían las espesas salivas que transportaban las lenguas inquietas.

A Miguel lo excitaba la certeza de estar sometiendo a una boca virgen y al parecer, igual circunstancia vivía la muchacha, ya que su boca obedecía ciegamente al instinto y se hundía en la mareante danza del deseo. Aferrando la cara arrebolada entre sus manos, recorrió todo el rostro con menudos besos para volver a hundir la lengua en la boca gimiente. Se abrazaron tiernamente, extasiándose durante un rato en el besuqueo hasta que la boca de Miguel se escurrió por el cuello hacia los puntiagudos senos. Cubriéndolos de minúsculos chupones y, mientras la mano sobaba suavemente la carnosidad del otro, la lengua se lanzó tremolante sobre la elevación pulida de la aureola, fustigando con dulzura la insignificancia del pezón.

Mariana trataba inútilmente de sofocar con una mano los gemidos que el placer colocaba en su boca en tanto que con la otra acariciaba la cabeza de él, incitándolo a proseguir con la succión y los lambeteos. Miguel estaba extasiado, contemplando como ante la acción de sus dedos y boca el pecho de la joven se había cubierto de un granulado rubor y de los senos endurecidos, al influjo de su lengua, brotaba la carnosidad oscura de los pezones. Los labios reemplazaron a la lengua y encerrándola entre ellos, fue succionando la cada vez más dura y erecta mama.

Involuntariamente, Mariana había comenzado a tensar su cuerpo e imprimía a la pelvis un insinuado vaivén que recordó a Miguel la finalidad última de su voluntad. Mientras sus labios y lengua exploraban la tierna piel del torso, una de sus manos se escurrió debajo de la falda buscando la entrepierna. Hallando el obstáculo de la bombacha, se escurrió por debajo del elástico hacia la espesa pelambre y escarbando en ella, rozó los labios de aquella vulva prieta.

Aquello pareció aumentar la crispación de la muchacha que gemía una tímida negativa y Miguel, tras alzarle la falda hasta la cintura, se instaló entre sus piernas encogidas que abrió. Separando con los dedos el refuerzo de la prenda íntima, la abrió ampliamente acercando la cara al pubis y sus hollares se dilataron excitados por el recio aroma que exudaba el sexo, hundiendo la nariz sobre el vellón de retorcido pelo y olisqueándolo con ansias mientras lengua y labios lo recorrían ávidamente.

No era la primera vez que hacia aquello y acostumbrado a disfrutar de ese tipo de sexo, estaba dispuesto a practicarlo con toda su experiencia en la joven. La apretada rajita de la vulva comenzaba a dilatarse y en su interior entreveía la abundancia de rosados pliegues. Traspasada la maraña pilosa, los dedos recorrieron los oscurecidos labios mayores y, tras comprobar que rezumaban olorosos humores vaginales, fue separándolos para dejar al descubierto la rojiza filigrana de otros pliegues semejantes a retorcidas aletas.

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Apartadas, estas dejaron ver la intensidad rosada del óvalo en el que se destacaba el meato que, en vez de ser un pequeño agujero, poseía una fuerte elevación con una generosa boca urinaria. Inmediatamente debajo, una delicada corona epidérmica rodeaba al apretado agujero de la vagina y en la parte superior campeaba el capuchón que protegía al clítoris.

Comenzó por cubrir toda la superficie interna y externa de diminutos besos que alternaba con furtivas lamidas tremolantes de la lengua y la sensación de que esas carnes se le ofrecían en una entrega total fue tan intensa, que la boca recorrió el sexo todo mientras lo chupeteaba denodadamente. Las manos de Mariana presionaban su cabeza contra el sexo y entonces la lengua, ágil y vibrátil como la de una serpiente se instaló sobre el triángulo carneo del clítoris azotándolo duramente mientras desde arriba lo excitaba con el dedo pulgar, viendo asomar su pequeña cabecita blancuzca.

En medio de los gemidos angustiados de la muchacha, la lengua se deslizó hacia el leve promontorio del meato y lo fustigó con saña ante los reclamos desesperados de Mariana. Abrazado a los muslos, dejó que la lengua se enfrascara flameante en los bordes de la vagina para luego penetrar con su punta afilada el agujero que ahora lucía dilatado. Las carnes se negaban a esa intrusión pero la lengua escarceó nerviosa sobre ellos, llevando los jugos a su boca y, muy lentamente, fue penetrando entre los tejidos.

Mariana había asido instintivamente entre sus manos las corvas de las piernas encogiéndolas casi hasta su cabeza y el sexo se alzaba casi horizontalmente, ofreciéndose palpitante a su boca mientras con voz acongojada le suplicaba que no cesara en tan maravillosa excitación.

Entonces Miguel unió sus dedos índice y mayor, introduciéndolos con cuidado en la vagina ante los ayes doloridos de la muchacha. Cuando la penetraron en toda su extensión, rascó suavemente todo el interior a la búsqueda de aquella prominencia que sabía enloquecería a Mariana. Encontrándola con facilidad en la cara anterior, fue estimulándola con las yemas de los dedos en lentos círculos y cuando Mariana dio evidencias de responder a la excitación por la forma en que su cuerpo iba arqueándose, aceleró el vaivén de la mano convirtiendo a los gemidos en broncos bramidos de deseo insatisfecho.

La muchacha sacudía frenéticamente su pelvis en un imaginario e instintivo coito y entonces Miguel empujó sus nalgas hacia arriba. Cuando el torso estuvo casi vertical con las rodillas junto a las orejas, comenzó a intercalar el vaivén de la penetración de tres dedos ahusados con un movimiento giratorio y la punta de la lengua excitó tremolante al ano, entrando decididamente en él.

Junto con grititos de jubilosa satisfacción, la muchacha estiró bruscamente las piernas para encerrar entre sus fuertes muslos la cabeza del muchacho, quien recibió en los dedos la descarga líquida de su alivio.  Mientras Mariana se relajaba luego del orgasmo tan anhelado como desconocido, la lengua de Miguel realizó un goloso periplo desde el ano hasta el clítoris, recogiendo el agridulce contento de sus entrañas.

Calmando los jadeos que sacudían sus flancos, se estrecharon en un apretado abrazo, las piernas enredadas en las piernas y Mariana sintió en los besos húmedos de Miguel el sabor de sus propios jugos vaginales. Mimosamente se acurrucó entre sus brazos y mientras él bajaba la boca y lambeteaba sus pezones, ella dejó que su mano se deslizara instintivamente hacia la entrepierna. Abriendo el pantalón, la introdujo hasta tomar contacto con el miembro que, aun húmedo y fláccido, se escurría entre sus dedos.

La lengua había sido reemplazada por los labios que ceñían al pezón mientras él lo succionaba apretadamente en tanto que los dedos de la mano se apoderaban del otro y estregándolo suavemente entre los dedos, lo retorcían tiernamente. El pene había devenido en un rígido falo de regulares dimensiones que mediante la lenta masturbación a que ella lo sometía, engrosaba ostensiblemente.

Un leve escozor comenzaba a martirizar el fondo de su vagina y acelerando el vaivén de la mano se revolvió en la loneta. Sabia de toda la atávica sabiduría femenina, con ese conocimiento innato que nadie enseña a los seres humanos pero que llevan grabado atávicamente en sus mentes, comenzó a lamer con angurria el tronco de la verga subiendo a lo largo de ella hasta que su lengua tremolante se introdujo debajo del recogido prepucio y fustigó al surco del grande.

Mientras él acariciaba sus pechos, Mariana introdujo la punta de la cabeza ovalada entre sus labios, sorbiéndola lentamente en un suave vaivén que preparaba a la boca para su dilatación total. En tanto los músculos de su quijada se acostumbraban a la insólita expansión a que la obligaba el pene, fue metiéndolo hasta que los labios rozaron su vello púbico y un atisbo de arcada la asustó.

Retirándolo lentamente mientras lo succionaba con las mejillas hundidas, volvió a masturbarlo rudamente con la mano y finalmente, su boca se adaptó al grosor que los pequeños dedos no alcanzaban a abarcar, comenzando con un vaivén que los enloqueció a los dos. Fuera de sí, chupaba con unas ansias locas mientras lo masturbaba velozmente resbalando en la saliva que se deslizaba de su boca hasta que, sintiendo en la lengua el sabor a almendras dulces del esperma, lo aferró prietamente mientras la lechosa cremosidad se derramaba en su boca.

Con los ojos y la boca entrecerrados, jadeaba quedamente con el cuerpo arqueado por la angustia del deseo insatisfecho cuando él posó levemente sus labios sobre los suyos que aun lucían restos del pringue seminal. Un gran suspiro de alivio y el relajamiento total de su cuerpo fue la respuesta a tan maravilloso toque y, cuando la lengua de él de deslizó tremolante dentro de la boca, la suya acudió presurosa a su encuentro.

Mezclando las salivas, se sumieron en una sesión interminable de besos, quejidos, murmullos de aceptación y jadeos hasta que él posó una de sus manos sobre los pechos, sobando primero y estrujando después. Sus dedos se cerraron alrededor del ahora erguido pezón y comenzó un leve restregar que se intensificó al tiempo que el cuerpo de ella respondía voluntariamente endureciendo las carnes.

La fricción se le hacía insoportablemente deliciosa y sus piernas se abrían y cerraban sin poderlas controlar. Miguel bajó un fragmento de la falda sobre el mojado sexo, envolviendo dos dedos con la tela para restregar vigorosamente las carnes de la vulva y aumentar con su aspereza el ardor de la irritación.

Entretanto, su boca picoteaba sobre las aureolas hasta que bramando como un toro, ciñó con los labios un pezón succionándolo con tanto fervor que la hizo prorrumpir en doloridos lamentos y entonces, acelerando el estregar de los dedos enfundados sobre el clítoris, encerró entre los dientes la carnosidad de la mama. Tirando de ella como si quisiera arrancarla, fue elevando su excitación hasta niveles indescriptibles mientras ella le pedía a los gritos que no cesara de hacérselo y, sintiendo el río de los jugos arrastrando en avalancha sus entrañas, una nueva eyaculación la invadió.

Como si la expulsión de esos líquidos hubiera incrementado su sensibilidad sexual, revolviéndose debajo de Miguel se abalanzó sobre su cuerpo. Nunca había estado con un hombre y arrancándole la camisa, la sola vista de su poderoso torso desnudo la alucinó. Sus manos no daban abasto acariciando las prominencias de sus músculos y la boca golosa acudió a chupar sus tetillas mientras una mano descendía hacia las espesuras del vello púbico buscando la fuerte rigidez de la verga. Aventurándose aun más allá, acarició cuidadosamente la rugosa textura de los testículos y subiendo otra vez por el falo, lo masturbó lentamente en procura de la erección total.

Su boca fue recorriendo los meandros que las venas dibujaban en el músculo y así, lamiendo y succionando la piel del tronco, llegó hasta la fragante selva de su pelambre enmarañada y, después de un momento, hundirse en ella para succionar la base del pene. Luego bajó hasta los testículos y, atrapándolos entre los labios, fue chupeteando y sorbiendo el acre sabor de la piel en tanto que la mano estregaba la monda cabeza deslizándose por el tronco con sañuda presión.

Al comprobar que había alcanzado el máximo de su rigidez y volumen, labios y lengua recorrieron lentamente el camino que los llevaría hasta el glande, lamiendo y chupeteando la venosa superficie. Corrió con los dedos el frágil prepucio y la lengua socavó el surco con aviesa premura para luego trepar, ágil y vibrante por la tersa superficie y mojándola con su saliva, fue metiéndola entre los labios que la sorbieron con delicadeza e introduciéndola en la boca, ciñó entre ellos al surco.

Sus mejillas se hundían por la fuerza de la succión y, mientras la lengua acariciaba la testa, ambas manos rodearon al falo e iniciaron un movimiento giratorio encontrado, masturbándolo fuertemente. Como si el hecho de estar con un hombre hubiera sublimado todas sus necesidades sexuales reprimidas, se sentía capaz de encarar las situaciones más críticas para satisfacerlas. Metiendo poco a poco la rígida verga entre sus labios que se dilataban complacientes a la desmesura del tronco, la sintió rozando el fondo de la garganta y, cuando el ahogo se insinuaba, fue retirándola en tanto que los dedos clavaban sus uñas en la carne acompañando el vaivén.

Miguel no había permanecido ocioso y al ver el denodado entusiasmo de la núbil muchacha, fue acomodando su cuerpo y giró hasta quedar debajo de ella en forma invertida. Lamiendo la suave piel de sus muslos interiores, fue haciéndola abrir de piernas y luego su lengua tremolante recorrió la hendedura profunda que formaban las nalgas poderosas: Separándolas con sus manos, dejó al descubierto el fruncido y oscuro ano e inmediatamente debajo la apertura de la vagina levemente dilatada, dejando entrever el interior rosado entre los hinchados labios de la vulva por los cuales escurrían abundantes fluidos glandulares. El sexo de la muchacha era realmente grande y toda la zona adyacente a la vulva estaba oscuramente inflamada, destacando los oscurecidos labios y la presencia de tiernas carnosidades que como arabescos carnosos, pugnaban por salir al exterior.

En tanto que la joven se afanaba con su miembro y tras despojarla de la inútil bombacha, él fue deslizando la lengua tremolante a todo lo largo de la hendedura, escarbando en la entrada al recto y escurriendo sobre los labios ennegrecidos por la afluencia de sangre hasta donde comenzaba a hacerse evidente la hinchazón del delicado clítoris. Los dedos separaron los labios y el sexo se le ofreció en todo su esplendor. Las aletas abiertas, dejaban libre el camino hacía el delicioso óvalo nacarado donde se destacaban las crestas carnosas que orlaban la entrada a la vagina, el agujero de la uretra y la naciente cabeza del clítoris asomando debajo de la caperuza de pliegues que lo protegía.

Labios y lengua iniciaron un lento recorrido por todo aquel ámbito excitando las carnes y sorbiendo los jugos que exudaba el sexo. En un redundante movimiento ascendente y descendente, se fueron ensañando en la succión conforme la niña lo hacía con el falo. Ambos bramaban y rugían ante la inminencia de ese algo que los elevaría a la gloria del goce, ondulando los cuerpos unidos por la fortaleza de sus manos. Mientras él introducía la larga punta de su lengua envarada en la vagina incorrupta, ella le hacía sentir el roce del filo de sus dientes que acompañaban el vaivén enloquecido de la cabeza alternándolo con los hondos gemidos que la proximidad de una tercera eyaculación le hacía proferir.

El tomó entre sus labios la carnosidad erecta del clítoris y mientras lo chupaba y mordisqueaba apretadamente, dejó que la punta de su dedo pulgar llevara hasta el ano los jugos que rezumaba la vagina y excitándolo suavemente, fue introduciéndola suave y profundamente en él en tanto que su boca sorbía las mucosas que expulsara el útero. Ella meneaba con desesperación sus caderas y entonces, cuando Miguel presintió que estaba cercana a su satisfacción, presionó fuertemente su boca como una ventosa contra el sexo de Mariana que descargó en ella la abundancia de su alivio. Los dos estaban tan conmovidos que siguieron por algunos momentos prodigándose al otro, degustando con deleite los líquidos genitales entre amorosas caricias y rumorosas exclamaciones de placer.

Transcurrido un tiempo, Mariana aun seguía estremecida por los espasmos y contracciones de su vientre cuando percibió como Miguel se incorporaba. Quitándole la falda arrollada en la cintura, se colocó entre sus piernas, las abrió y encogiéndolas contra su pecho, estregó la punta de la verga contra el sexo saturado de líquidos. Mariana todavía espiraba afanosamente tratando de recuperar el aliento y poder inhalar libremente a través de su boca abierta. Esa punta no del todo dura escarbando la vulva le hizo recuperar parte de su cordura e insinuó un brusco movimiento de rechazo pero la profundidad de la excitación le hizo comprender que el momento por el que había estado esperando todos esos años había llegado.

Sabia de todo instinto y hembra primigenia al fin, aferrando sus muslos, abrió aun más las piernas encogiéndolas enganchadas debajo de sus brazos hasta que las rodillas rozaron sus orejas, ofreciéndose voluntariamente a la penetración mientras él continuaba por un momento más hasta que consideró que la verga tenía la rigidez y el tamaño adecuado.

Apoyando la cabeza ovalada sobre la húmeda entrada a la vagina, fue presionando lenta e inexorablemente, introduciéndola centímetro a centímetro. Tal vez por su delicada tersura, la entrada del glande no la molestó y, como ella no sabía dónde se encontraba el ubicuo símbolo de su virginidad, esperó tensa el momento de su desgarro pero; o nunca había existido y si era así lo había perdido de manera casual en la práctica de algún deporte o era tan débil que ni había notado su ruptura.

Lo que sí la estaba preocupando era el enorme tamaño de la verga que iba separando las carnes inexploradas de la vagina. Aquello que la socavaba se le antojaba monstruoso pero eso se modificaba ante la gozosa sensación de plenitud que la embargaba y la dicha de sentirse mujer, superaba el dolor de las excoriaciones.

Entre lágrimas de sufrimiento y dicha, miraba el torso poderoso de Miguel y se le antojaba un dios mitológico que la estaba introduciendo en el elíseo del amor. Entre ayes y maldiciones, clavaba sus dientes en el labio inferior respirando afanosamente por sus hollares dilatados y, hundiendo la cabeza sobre el muelle trebolar, se dio impulso para proyectar su cuerpo hacia el príapo que la penetraba.

Al sentir como la cabeza de la verga penetraba imprudentemente hasta el fondo de la vagina estremeciendo dolorosamente a la muchachita, Miguel retiró el miembro y reinició todo con una cierta mesura cadenciosa. Cada vez era como la primera y Mariana sentía como el falo iba destrozando los delicados tejidos pero simultáneamente descubría que cada una de aquellas penetraciones le procuraba un disfrute como ni siquiera hubiera imaginado experimentar. De manera instintiva, su cuerpo se amoldó al ritmo con que él la penetraba y comenzó a ondular en forma cada vez más violenta.

Comprendiendo su angustiosa necesidad, Miguel salió de ella y acostándose boca arriba, la instruyó para que, en cuclillas, se ahorcajara sobre él, guiándola para que fuera descendiendo lentamente su cuerpo mientras embocaba la verga en su sexo. Conseguido un buen equilibrio, Mariana comenzó a bajar su cuerpo y pronto sintió al falo penetrándola con la contundencia de la primera vez pero ahora la posición facilitaba la intrusión total del pene, ya que Miguel había dilatado sus nalgas hacia los costados con las manos y la vulva se estrelló, finalmente, contra el velludo pubis masculino.

Apoyando las manos en las rodillas, inició un suave galopar, ayudada por la presión de él separando los glúteos y pronto se encontró en un rítmico jinetear a la verga mientras con uno de sus brazos trataba de aminorar el dolor que le provocaban sus pechos saltarines golpeando contra el torso. Eso mismo la llevó a estrujarlos entre sus dedos y clavar las uñas en los pezones. Ya el galopar se había hecho frenético y ella sentía como la saliva acumulada en su boca se deslizaba en delgados hilos a través de las comisuras de la boca entreabierta, escurriendo en leves gotas sobre sus senos.

Una tormenta de sensaciones se gestaba en su interior y le era dable discernir como olas de una fantástica materia se deslizaban por los intersticios de los músculos y en su vientre una macabra bandada de pájaros espantados la destrozaban con sus garras y espolones. Jadeando con los broncos estertores de una enloquecedora pasión, le suplicaba a Miguel que no dejara de penetrarla y que la hiciera gozar aun más. Aquel no dudó en complacerla y, apartándola, la hizo colocar arrodillada con todo el peso de su cuerpo descansando en los brazos cruzados apoyados en el suelo.

La verga se deslizó a lo largo del sexo hasta la separación de las nalgas y utilizándola como un pincel, Miguel fue desparramando los jugos que rezumaba la vagina cubriéndolo de un espeso barniz brillante y finalmente, la embocó en el ahora dilatado agujero con tanta violencia que sus carnes chasquearon en el brutal entrechocar. La cabeza del enorme falo se estrelló contra en fondo del útero y Mariana sentía como si golpeara directamente en su estómago. Gimiendo por el sufrimiento, clavó su frente sobre la lona y elevó el trasero en un vano intento de alivio a tanto martirio pero, tomándola por las caderas, él la hizo hamacarse y en tanto que proyectaba su cuerpo hacia delante, inició un vaivén que la hizo olvidar el sufrimiento y comenzar a disfrutar la penetración.

El tronco del miembro era grueso, tal vez demasiado, de manera que cuando se abría paso entre las carnes, rozaba duramente aquel sitio de la cara anterior que enviaba un fuerte escozor a sus riñones y derivaba en una sensación de vacío angustiosa en el vientre. Sus carnes desgarradas y laceradas recibían con beneplácito esa refriega e instintivamente se ceñían a su alrededor como una mano, procurándole tales sensaciones de placer que oscurecían su vista.

Los cuerpos parecían haber alcanzado un ritmo natural que los hacía moverse y complementarse al unísono. Los gritos gozosos de la muchacha manifestaban el placer con que acogía la desmesura del sexo y cuando Miguel retiró la verga de la vagina, le suplicó enardecida que volviera a penetrarla porque aun no había obtenido satisfacción.

Miguel tomó entre sus dedos al falo chorreante de los jugos vaginales y apoyándolo sobre el apretado haz de frunces del ano, presionó con todo el peso de su cuerpo. En medio de los estridentes ayes de Mariana, fue penetrándola por el recto hasta que la verga desapareció por entero dentro de la tripa y sus testículos golpearon contra el inflamado sexo.

Algo parecido a un vómito se gestó en el fondo del pecho de Mariana y en su boca se acumuló una cantidad impresionante de baba que sofocó en parte la potencia de sus roncas exclamaciones de dolor mientras sus uñas se clavaban arañando la loneta. El dolor de los esfínteres destrozados la golpeó en la nuca con la consistencia de una masa e, instintivamente, estiró los brazos para alzar el torso en la búsqueda de alivio y ese movimiento coincidió con el de Miguel retirando el miembro.

Extasiado con el espectáculo que le ofrecía ese ano virgen hasta hacía instantes y que ahora se abría dilatado dejando entrever lo rosado del recto, Miguel volvió a penetrarlo para tornar a retirarlo y observar como ese enorme agujero recuperaba lentamente su estrechez. Y así, una y otra vez entre los sollozantes gritos de Mariana hasta que esta dejó de percibir el dolor y comenzó a disfrutarlo, imprimiendo a su cuerpo un balanceo que la llevaba a sentir cada vez con mayor placer como la verga la socavaba.

El calor abrumador de la tarde parecía haberse condensado en sus pieles y los dos exudaban verdaderos ríos de transpiración. Miguel había tomado sus cabellos como si fueran riendas y sostenía ahora la continuidad del coito tirando fuertemente de la cabeza y el golpetear de los testículos contra el clítoris añadía un nuevo elemento de excitación para la joven. Como si fuera un caballo, Mariana equilibraba el peso empujando con la cabeza hacia delante y sus manos asían los senos para estrujarlos con verdadera saña mientras sentía gestarse en su vientre una nueva concentración de jugos que la hacía ansiar la satisfacción.

Abrazándose a su torso, Miguel fue dejándose caer hacia atrás y ella quedó ahorcajada sobre él. Acuclillando sus piernas y aferrándose a las rodillas de las piernas encogidas, inició una nueva cabalgata que, conforme Miguel clavaba sus dedos en las nalgas e incrementaba el movimiento copulatorio de su pelvis, se hacía más oscilante y profunda. Lentamente, la fue recostando sobre su pecho y el ángulo de la verga penetrando el ano se le hizo insoportablemente dichoso. Mientras gemía broncamente de placer, sintió como las manos de él excitaban al sexo, una restregando al clítoris y la otra penetrando con tres dedos la vagina.

Mariana nunca había ni siquiera imaginado que el sexo podría practicarse de esa manera y muchos menos que aquel dolor pudiera desencadenar en una dicha tan inmensa. Meneando fuertemente sus caderas acompañó con todas las fibras de su ser esa sensación inefable. El retiró el miembro del ano y, volviendo a penetrarla por el sexo, se prodigó en un vehemente golpetear de la pelvis que los enardeció y los rugidos de ambos llenaron el silencio de la ribera. Los diques que contenían sus líquidos se rompieron y con gozosas exclamaciones de felicidad, fue hundiéndose en una bruma rojiza que la acogió con un maternal abrazo mientras sentía por primera vez el derrame espermático de su hermano  en las entrañas.

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Historia enviada por Lisandro

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Al vivir en los suburbios durante toda su vida y viajando al centro de Buenos Aires ocasionalmente para pasear con su marido, ir a cine o teatros o realizar algunas compras que en los centros comerciales cercanos no le es posible, Carolina desconoce en que condiciones se viaja en los horarios pico, tanto a la mañana como al regreso.

Debiendo realizar trámites ineludibles que por jurisdicción le corresponden a los Tribunales nacionales y como el viaje es largo, decide hacerlo lo más temprano posible para regresar pronto a su casa.

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Cuando se levanta y observa por la ventana las nubes bajas que dejan caer una imperceptible llovizna a pesar del calor que en esa mañana de enero ya cubre de una fina capa de transpiración su bozo, se pregunta cómo vestirse y finalmente decide hacerlo en forma equilibrada para la circunstancia; eligiendo una remera liviana y una minifalda, se resguarda con un viejo piloto en desuso que la cubre hasta muy por debajo de la rodilla.

Tratando de hacer el menor ruido posible para no despertar a su marido, baja del dormitorio y después de tomar un café con leche, sale de su casa para tomar el colectivo que la llevará donde termina el subterráneo de la línea A. Al cesar la llovizna y como el calor empieza a apretar, se quita el piloto para llevarlo en el brazo. Ya al ascender al ómnibus, se percata de cuanta gente viaja a esa hora, debiendo hacer verdaderos esfuerzos para conseguir un lugar y a medida en que más gente va ascendiendo al vehículo, se siente comprimida contra el respaldo de asiento al cual se aferra para minimizar los empujones, con lo cual se percata de lo equivocada que estuviera al elegir esa pollera que, sin ser demasiado corta, al ser tableada como las de las colegialas, deja en evidencia la contundencia de sus caderas y glúteos, haciéndola blanco de los manoseos y refregones de entrepiernas masculinas.

Diciéndose  que ha sido una tonta al pretender viajar tan temprano, sobrelleva los veinte minutos del viaje y las groserías de los hombres le retrotraen a cuando viajaba camino al colegio. En aquella época no se viajaba tan hacinado pero igualmente ellos se la rebuscaban para hacerle sentir su masculinidad o toquetear sus nalgas a través de la pollera del uniforme, muy parecida a la que hoy viste, pero en ese momento no le desagradaba esa experiencia ya que por su edad carecía casualmente de ella y esos rozamientos avivaban sus fantasías con respecto a los hombres y el sexo.

Al bajar en Liniers y descender al subte, se da cuenta que la situación se repite pero magnificada y que los andenes se cubren de una marea interminable de gente que parece potenciarse a medida en que pasan los minutos, por lo que decide colocarse el impermeable para hacer menos evidente su grupa.

Después de ver partir tres formaciones, consigue acercarse hasta un metro más o menos del lugar de ascenso y cuando se abren las puertas del coche, es introducida en él por una corriente humana que la transporta casi sin tocar el suelo.

Finalmente es empujada hacia la parte opuesta y prácticamente empotrada contra el hueco que rodea a ese asiento individual que está al costado de las puertas. Pidiéndole disculpas al hombre allí sentado, el apretujamiento la lleva a que se sostenga con una mano apoyada en el borde de la ventanilla y abriendo las piernas para colocar una a cada lado de las del hombre, soportar inclinada los embates que la misma oscilación del coche somete a los pasajeros.

El calor dentro de ese tubo se va haciendo sentir y ella se arrepiente de haber elegido aquel largo impermeable por si acaso lloviera. Sumida en ese pensamiento y en que deberá sacar fotocopias antes de acceder al juzgado, acompaña el mecer del coche cuando siente en su muslo el suave contacto de una mano que no puede corresponder sino al hombre al que virtualmente oprime con su vientre.

Cuando baja su mirada en una mezcla de azoramiento con furia, él esboza una leve sonrisa cómplice y volviendo a dejar que su mirada se pierda en la nada, va ascendiendo por el muslo con lentitud de caracol pero acariciándola ostensiblemente.

Un borbollón de ira la inflama y cuando está punto de reprimirle su acción, cae en la cuenta que sólo conseguirá ponerse en evidencia y que ella quedará como una loca ante los demás pasajeros, ya que no tendrá prueba alguna de lo que supuestamente le hiciera.

Respirando fuertemente con las narinas dilatadas por la vergüenza y la rabia, comprueba que él ahora asciende ostensiblemente por el muslo transpirado, palpando con evaluadora caricia la consistencia de la carne. Lentamente, los dedos alcanzan la entrepierna y luego de verificar la carnadura de las nalgas, rascan curiosos el refuerzo de la bombacha.

Ella trata de juntar las piernas pero él se lo impide abriendo aun más las suyas y como reprendiéndola por su actitud, escarba con un dedo para separar el elástico e introducirse sobre la vulva.

Carolina observa enfurecida el rostro impasible del hombre y comprueba como aquel ha separado la bombacha a un lado para palpar suavemente a lo largo de la raja. En medio de su indignación, cobra conciencia que la delicadeza del roce ha colocado una brasita allá en el fondo de sus entrañas y que aquello no la disgusta.

Cerrando los ojos como para aislarse, se abstrae en el periplo que los dedos van haciendo a lo largo del sexo y su mente adoctrinada largamente en el sexo oral por parte de los hombres, goza de la caricia y comienza a disfrutarla.

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Hábilmente, los dedos se abren camino entre los labios mayores para encontrar los lábiles frunces de los menores ya mojados por sus exudaciones glandulares; sin quererlo concientemente, Carolina se inclina más como para hacerle lugar y entonces los dedos inician un delicioso viaje a lo largo de todo el sexo.

Ella ya sabe que la excitación la domina y ahora es quien desea que él prosiga con esa maravillosa masturbación que el largo y amplio piloto oculta a los ojos de los demás. Flexionando involuntariamente las piernas, da a entender al hombre que ya está lista y este hace que índice y mayor tienten en la boca de la vagina para luego ir introduciéndose despaciosamente en ella.

Carolina no esperaba que él excediera las caricias, pero el restregar de las falanges en sus tejidos humedecidos por las mucosas se le hace maravilloso y, asiéndose férreamente al caño con la derecha y la izquierda apoyada contra el vidrio, se abre ostensiblemente de piernas al tiempo que inclina el torso hasta casi rozar la cara del hombre con su busto.

Los largos y robustos dedos se introducen hasta que los nudillos de la mano los frenan y entonces comienza con un escarbar disparejo por el cual se estiran y encogen individualmente mientras rascan los estrechos tejidos de la vagina. El hombre es verdaderamente un habilidoso y ella está gozándolo como pocas veces en su vida, cuando él busca establecer contacto con la callosidad del Punto G y, estregándola reciamente, hace que Carolina deba morder sus labios para reprimir los ayes de satisfacción que llenan su pecho.

Al parecer el hombre ha comprobado su aquiescencia y comienza un vaivén de la mano arriba y abajo que se asemeja a un coito. El placer le es tan grande que no puede sino convertir la mordedura en amplia sonrisa que parece congelarse cuando el hombre retira los dedos de la vagina y empapados por sus jugos, los lleva a explorar la hendidura entre las nalgas.

Ella comprende su intención y hasta deja escapar una susurrada negativa, pero él encuentra prestamente al haz fruncido de los esfínteres y presionando levemente, va introduciendo en índice dentro de la tripa. A Carolina las sodomías no le son extrañas, ya que con ellas mantuviera a raya por años a sus pretendientes para no perder la mentada virginidad y el ano expresa su memoria muscular distendiéndose para permitir que el dedo la penetre en toda su extensión.

Observando su expresión de gata satisfecha, el hombre agrega un segundo dedo a la sodomía e introduce el largo pulgar en la vagina para formar una apretada tenaza con la que va sometiéndola deliciosamente; inclinando la cabeza como para mirar por la ventanilla, ella le murmura su asentimiento al tiempo que le pide la haga acabar.

Exagerando los vaivenes que la marcha del tren produce con al flexión de las rodillas, separa cuando puede las piernas y entonces él acelera el ir y venir de los dedos en ano y vagina hasta que el torrente de sus jugos escurre por los dedos y ella lanza un hondo suspiro de satisfacción.

Gentilmente, el hombre vuelve a correr la entrepierna de la bombacha y en tanto esta restaña los caldos del sexo, él seca sus dedos en la pollera para después levantarse y descender del tren; Carolina se deja caer agradecida en el asiento y hamacada por las sacudidas del subte, permanece con los ojos entrecerrados mientras rememora la fabulosa masturbación hasta que los carteles de la estación le indican que ha llegado.

Cumplidos los trámites que no le llevaran tanto tiempo como suponía, regresa a su casa y luego de darse un baño para borrar todo vestigio de sudores y fluidos, vistiendo una larga remera como única prenda, se dirige a la cocina con el propósito de prepararse un sandwich.

Abstraída en la tarea de separar el fiambre y el queso, no deja de revivir lo que acaba de ocurrirle y se dice que después de todo, aquello le ha sido útil, ya que ha comprobado que el tener sexo ocasional con otra persona a la que no la una un vínculo amoroso, no la hace serle infiel a su marido y a ella le ha proporcionado un tipo de sexo inédito que por lo inusual, le resultara inmensamente placentero.

Tan ensimismada está por el recuerdo y las sensaciones, que no escucha cuando Inés abre la puerta corrediza que da al jardín. Esta muchacha se ha mudado a la casa vecina cerca de un año atrás y estableciendo rápidamente una amistad que su misma edad contribuye a consolidar, la ha visto regresar del centro y pasando a su jardín trasero por la abertura que existe en la ligustrina sin alambrado que separa ambos chalets, decidió visitarla para invitarla a pasar un rato en su pileta de natación.

Viéndola tan absorta y aplicada en prepararse esa merienda, se acerca de puntillas con sus pies descalzos y repentinamente hunde sus dos índices en los dorsales, provocando que Carolina profiera un grito agudo mientras las partes del sandwich vuelan por toda la cocina; en medio de sus carcajadas por la sorpresa que le ha dado y también haciéndose eco de su alegría, Carolina le reprocha por el susto mientras le pide que la ayude a recoger el enchastre del piso y la mesada.

Al tiempo que lo hacen y limpian todo, la vecina la interroga sobre su gestión y entonces Carolina le dice que jamás imaginará lo que le ha ocurrido; en sus veinticinco años, Inés es la primera amiga-amiga que verdaderamente ha tenido y, siendo ambas recientemente casadas, han encontrado una especie de alter-ego en la otra, con un grado tal de afecto y confianza que no sólo se confían hasta los más mínimos detalles de su sexualidad matrimonial, sino que intercambian conocimientos e información sobre técnicas y de la manera de proponérselas a  sus maridos sin quedar como putas.

Conduciéndola hacia la frescura del living, va relatándole sus peripecias en el transporte hasta que casi vergonzosamente, sentadas lado a lado en un sillón, le cuenta hasta el más nimio detalle de la masturbación del hombre y su subsecuente eyaculación.

Como ella conserva la vista fija en sus rodillas, aparentando estar amedrentada por lo vivido, Inés tiende una mano para apoyarla afectuosamente en la suya que descansa sobre el almohadón, al tiempo que le dice cuanto la comprende pero que debe superarlo en beneficio de la pareja; sorpresivamente, Carolina levanta la cabeza con una pícara sonrisa esplendorosa iluminándole el rostro y en tanto le estrecha nerviosamente las manos, le confiesa que esa  ha sido una de sus mejores experiencias sexuales y que la ha disfrutado en plenitud.

Interrogándola confundida, le pregunta cómo puede ser posible que haya disfrutado tanto en medio de una multitud  y a manos de un desconocido, pero Carolina le manifiesta entusiasmada que ha sido precisamente eso lo que la excitara tanto como para hacerla acabar públicamente; volviendo a relatarle punto por punto la masturbación y la sodomía, intenta convencerla de que el ser sometida de esa manera por alguien que no es su marido la ha llenado de sueños locos y que tal vez ella también pueda formar parte de esas fantasías.

Queriendo no entenderla, Inés le expresa su disgusto por pensar en ella de esa manera pero Carolina, estregando acariciante sus manos entre las suyas, le pregunta en tono picarescamente cómplice por qué no, si las dos se quieren, saben de la otra lo que nadie y en definitiva, serían las únicas protagonistas y testigos.

Evidentemente, aquel sexo desviado y único ha puesto en su amiga pensamientos impropios de una señora, a tal punto que, manteniéndola aferrada por las manos y mientras las lleva hacia su boca para depositar en ellas diminutos besos húmedos, va aproximando su cuerpo sobre el asiento hasta que el paulatino escape de Inés es frenado por el brazo del sillón.

La lubricidad en los ojos de Carolina es tan grande que mientras le separa el pulgar de los demás y lo introduce en su boca para lamerlo y chuparlo como si fuera un pene, Inés no puede evitar un inconsciente estremecimiento recorriéndole la columna vertebral pero evidentemente no es de frío sino que en su nuca estalla un sorpresivo deseo que la hace emitir un involuntario gemido.

Ante esa respuesta primitiva, Carolina la presiona con todo el cuerpo al tiempo que le conduce las manos hacia su entrepierna mientras se inclina sobre ella para envolver con la boca el pezón que cubre el minúsculo corpiño de la bikini; a Inés no le disgusta tener relaciones con una mujer, ya que en su adolescencia ha compartido con varias amigas su curiosidad sexual en satisfactorias relaciones con que aprendieran a conocer sus cuerpos en beneficio del placer que después obtendrían de los hombres, pero lo que la impresiona en Carolina es la desaforada respuesta a ese sexo sucio con el hombre que pareciera haber hecho un click en su cerebro, despertando a una hembra primaria de cuya incontinencia ni ella misma debe de tener cabal conciencia; sintiendo como sus dedos son conducidos por Caro al vértice entre las piernas, comprueba que su amiga no se ha vestido después del baño y la prominencia monda de la vulva esta cubierta de lo que puede ser sudoración o flujo.

Poniendo una mano a guiar sus dedos sobre la piel ardiente, su amiga lleva la otra hacia el pecho y deslizando a un costado la débil tela del corpiño por el cordoncito que la sostiene, deja en libertad al seno que se expande  sobre el tórax, ocasión en que la lengua busca tremolante la granulosa superficie amarronada de la aureola. Esa caricia siempre la ha desarmado y a su relajamiento contribuye el accionar de la otra mano que conduce sus dedos mayor e índice para que recorran la vulva a todo lo largo.

El hecho de haberse casado hace poco más de un año, no ha hecho que su cuerpo joven y su mente fértil e imaginativa no valoren especulativamente a otros hombres y así como fantasea en forma inconsciente sobre sus dones físicos, no deja de admirar con cierta gula las virtudes anatómicas de otras mujeres; de hecho, antes que desarrollaran su amistad, Carolina había ejercido una inmediata atracción sobre ella por su cuerpo estupendamente bien dotado.

Altas, delgadas y con las cosas en el lugar debido, las dos son un arquetipo de las nuevas mujeres que, por dietas o gimnasio, lucen como las modelos, sólo que en el caso de Caro, sus pechos y glúteos superan la media  como para hacer dar vuelta a la gente.

Rememorando sus escaramuzas de ocho años atrás y el placer que había encontrado en ellas, Inés se repite mentalmente la pregunta de su amiga y reconociendo que ya las dos han jugado sus cartas, otorga a sus dedos una dócil elasticidad que hace comprender a Carolina su aceptación.

Acariciando el rubio cabello lacio de Caro mientras se lo separa a un lado para que no moleste, le susurra que no hay prisa y que vayan despacio, sintiendo a su mano sobar suavemente al seno en tanto el viborear de la lengua es acompañado de los labios que encierran al pezón en delicadas chupadas; más que el goce obtenido por esas aventuras con otras mujeres que nunca fueron lésbicas porque no suponían una inclinación homosexual, lo que realmente le gustaba era la belleza de los cuerpos y esa suavidad que no encontrara en ningún hombre para hacerla disfrutar cómo, dónde, cuándo y cuánto que sólo una mujer conoce por reciprocidad.

Aunque a pesar de la confianza irrestricta con que ambas se han confiado – y siguen haciéndolo – las cosas más sensibles de su intimidad, ella no ha llegado hasta el límite de confesarle aquellas relaciones de su adolescencia y supone entonces, que Carolina tal vez haya vívido circunstancias similares, habida cuente de la habilidad con que maneja a labios y lengua.

Sensibilizada ella misma quizás por la situación, por el calor, por esa apetencia sexual soterrada que siempre la mantiene en vilo, por el afecto, por la belleza de su amiga o por los flashbacks que bombardean su mente con aquellos exquisitos acoples, conocedora de qué y cómo hacerlo, deja que sus dedos se hundan entre la terneza de los labios mayores y el calor del interior la sorprende gratamente después de tanto tiempo.

Tienta delicadamente la consistencia de los labios menores y su lábil abundancia la provoca a continuar verificándolo. Resbalando sobre los frunces, los recorre de arriba abajo para complacencia de su amiga que manifiesta su placer con mimosos ronroneos mientras la boca se esmera en chupar al pezón al tiempo que la mano eleva la categoría del sobar a  fuertes estrujamientos.

Rememorando a la mano del hombre esa mañana, la dulce caricia de los dedos de Inés provocan en Carolina un deseo de hacer algo que, por prohibido, no ha dejado de anhelar desde sus primeras masturbaciones; abandonando los pechos de su amiga e inspirada en esos videos porno con que su marido matiza las relaciones sexuales, se deja deslizar hacia el piso y, arrodillada, tras desatar la cinta que mantiene al reducido triangulito de la bikini, le separa una pierna a Inés para engancharla en el brazo del sillón y encogiendo la otra, coloca el pie sobre los almohadones.

Con esa separación, el sexo de Inés luce estupendamente dilatado y teniendo por primera vez un sexo de mujer “en vivo” ante sus ojos, siente en la boca del estómago un inusitado aletear de pájaros asustados y acercando la cara, observa la comba del sexo cubierto por un velo oscuro de vello recortado cuidadosamente por el cavado y los rojizos bordes de la raja que muestran a través de su dilatación el rosado asomar de los labios menores.

Alzando la vista, encuentra la mirada entre anhelante y temerosa de su vecina pero también el esbozo de una sonrisa maliciosa y un aletear de sus narinas que delata la ansiedad que la invade.

Acostumbrada a los olores femeninos desde su primera menstruación, los aromas que brotan desde el sexo no sólo no le dan repulsa sino que estimulan sus sentidos y aunque nunca  conociera el sabor de otra mujer, una especie de gula coloca abundante saliva en su boca y, extendiendo la lengua para encorvar su punta en un gancho tremolante, lo utiliza para recorrer la cumbre de la vulva.

Carolina conoce sobradamente el gusto de sus fluidos vaginales por haberlos degustado al chupar falos después de que habitaran su vagina y, definitivamente, las exudaciones glandulares de Inés son bien distintas, imperando en ellas la dulzura que al deglutirlas cobran un regusto ácido; su pituitaria lanza una orden al cerebro que la hace inspirar profundamente la fragancia venérea y entonces es la boca toda la que, abriéndose con gula animal, se apodera de la comba, succionando fuertemente al tiempo que la lengua vibrante trata de introducirse entre los labios mayores.

Echando su cabeza hacia atrás contra el respaldo al tiempo que extiende una mano para apretar contra su entrepierna la cabeza de la rubia,

Alentada por la respuesta, Caro deja aflorar qué cosas le gusta hagan en su sexo y, abriendo los labios mayores con índice y mayor, descubre a un sexo femenino cómo nunca lo viera ni en los más cercanos primeros planos de los videos; fascinada, ve surgir del interior las dos crestas fruncidas de los labios menores rodeando la iridiscente lisura del óvalo, en cuyo centro se destaca el agujero de la uretra rodeado de minúsculos pellejitos y en el vértice, la presencia insoslayable de un clítoris medianamente erguido.

Vibrante como la de un reptil, la lengua se agita primero a lo largo de los festoneados colgajos para luego recorrer la resbalosa superficie interior, esmerándose en estimular la uretra; Inés menea instintivamente la pelvis y ya sus manos no incitan la cabeza de su amiga sino que atrapan entre los dedos la oscilante masa de sus pechos para ir sobándolos tiernamente al tiempo que los suspiros devienen en cortos jadeos de ansiedad.

Jamás hubiera supuesto que chupar y lamer una vulva iba a procurarle tan exquisitos placeres y enceguecida, Carolina encierra entre los labios los colgajos para macerarlos con la lengua contra el interior de los dientes, enviando al dedo pulgar a estregar reciamente al clítoris desde su mismo nacimiento. La tierna masa de los tejidos en la boca termina por desquiciarla y entonces, como se quisiera devorarlos con angurria, da una serie de bocanadas por las que los encierra con la boca inmensamente abierta para luego cerrarla y macerar las carnes con lengua y dientes.

Los gemidos de Inés y el retorcimiento del cuerpo mientras  fustiga sus propios pechos con dureza, ponen en la mira de Caro la presencia insoslayable del clítoris que su dedo pulgar  ha contribuido a inflamar y alcanzándolo con la lengua lo azota en búsqueda de mayor erección, escarbando bajo el capuchón epidérmico para incitar la punta rosada que oculta un tejido membranoso.

La ciencia admite y la cotidianeidad demuestra, que todos los seres humanos, sin distinción de género, poseen en el cerebro una información genética, atávica e instintiva que los llevan a practicar el sexo sin que nadie les enseñe por qué, cómo y de qué manera hacerlo, tanto para procurarse un placer primitivo como para proporcionárselo al otro, cuya exteriorización completa el círculo del propio goce; en el caso de Carolina, la costumbre de que otros le proporcionaran ese placer por el que realmente obtenía sus orgasmos y no por la penetración como le sucede al setenta por ciento de las mujeres, más la observación minuciosa y repetida en los videos, le otorga una sapiencia natural y envolviendo entre sus labios al pequeño apéndice, comienza a chuparlo como lo hiciera con el pezón.

Con gula y empeño de un bebé hambriento, envuelve al tubito musculoso recubierto de piel entre los labios para ceñirlo entre ellos y como si fuera una felación a un hombre, da un suave vaivén a la cabeza y cuando el clítoris adquiera la consistencia del verdadero pene femenino que es, se aplica en la mamada mientras que índice y pulgar lo encierran desde la base para darle apretadas torsiones.

Sus amigas habían sido hábiles en las exploraciones, pero hasta ahora Caro le demuestra a Inés que el entusiasmo, el descubrimiento de lo nuevo, la hace superar su inexperiencia con creces y ya esa minetta se está transformando en una de las mejores que le proporcionaran en su vida y ese mismo goce la lleva a suplicarle que la penetre simultáneamente con los dedos.

Carolina estaba demorando ese momento a propósito pero el ruego junto a los flashes del hombre haciéndoselo a ella, le llevan a colocar su mano sobre la vulva que mantiene dilatada y en tanto restriega la parte huesuda de la palma contra los colgajos, su dedo mayor hurga en la boca de la vagina para ir introduciéndose muy lentamente en misión exploratoria, encontrando que los tersos tejidos emanan un fortísimo calor y se mantienen tan estrechamente unidos como en una virgen.

Ella no imagina que, nada más lejos de aquello, es su amiga quien los comprime haciendo gala de un don o virtud que posee de poder manejar los músculos vaginales a su antojo, tanto para dilatarlos hasta permitir el paso de una botella de Coca, como ceñirlos hasta que ni una paja de escoba los separe, llegando en una de sus más fervorosas prácticas, a cortar limpiamente una banana.

A Inés la complace ese afán de su amiga y lentamente, va aflojando la presión para permitir que la punta del dedo vaya introduciéndose en la vagina pero a los pocos centímetros, vuelve a comprimirlos contra el dedo en procura de un mayor goce con el rozamiento.

Sin embargo, Carolina es prudente porque cree que su amiga, sin bien no parece sufrir de vaginitis a pesar de la hinchazón y el calor provocado por la afluencia de sangre, posiblemente padezca de esa restricción psicosomática que hace a ciertas mujeres rechazar la penetración por cualquier objeto, sin importar origen ni tamaño y, tratando de no molestarla, retira  el dedo hacia la boca carnosa y luego de estimularla suavemente para distenderla, vuelve a meterlo delicadamente.

Esta vez sí, excitada ella misma por lo que promete ser un acople lésbico en toda la regla, lo que lo haría insuperable para alguien que no lo disfruta desde hace más de ocho años, Inés va permitiendo que paulatinamente el dedo entre a la vagina y allí, precozmente sabio, hurga a la búsqueda de la callosidad del punto G; decidida a facilitarle la cosa, se mece un poco hasta que la yema ubica el pequeño bultito que con el devenir de la excitación, cobrará el aspecto de un sólida media almendra.

Al establecer contacto, una dicha nueva conmueve a la entusiasta rubia y en tanto multiplica los chupones y retorcimientos a la excrecencia del ya crecido clítoris, introduce al índice en auxilio del mayor y así, encogiéndose y estirándose, van estregando no sólo la callosidad sino casi todo el interior cubierto de mucosas del canal vaginal, a lo que Inés responde ejerciendo un movimiento de sístole-diástole a los músculos, acrecentando el disfrute de la penetración.

Ya ninguna de las dos disimula su alegría por estar satisfaciéndose de esa manera y en tanto la voz enronquecida por el deseo de Inés la alienta a que la haga acabar de esa manera, Carolina no da crédito a la lujuria que la invade al cometer ese acto antinatural pero inmensamente grato y añadiendo la presencia del anular, da a la mano no sólo un movimiento de vaivén copulatorio que sólo frena la presencia de los nudillos sino que también le otorga una oscilación a la muñeca para friccionar en semi círculos todo el interior.

Los verdaderos rugidos con que en medio de su hondo jadeo su amiga y vecina le manifiesta reiterada e insistentemente su asentimiento, un duende maligno que habita inesperadamente su mente, lleva al índice de la

beso lesbico

El  deseo las va exaltando y a medida que se prodigan en lambeteos y chupones, como un ansia destructiva las invade y ya no son solamente los labios quienes martirizan agradablemente las carnes, sino que se suma la actividad de los dientes en incruentos mordiscones y la presión de los dedos que encierran entre ellos a las mamas para pellizcarlas o retorcerlas imitando inconscientemente el trabajo de los obstetras al estimular a las parturientas a pujar, pero el efecto es casi el mismo, ya que ambas, incitadas por esas recias exquisiteces, sacuden sus vientres en instintivas contracciones.

En la medida en que se incrementa el tesón de dientes y dedos que ya añaden el filo de sus uñas, como una desesperación por consumar en la otra lo que cada una desea para sí, las hace ir deslizándose por los vientres estremecidos y en tanto los dedos se engarfian en los dorsales, las bocas parecen multiplicarse el recorrer succionantes cada hueco y protuberancia abdominal; recalando por unos momentos en el cráter cuajado de sudor del ombligo, se entretienen en un delicioso juego de lengua y labios mientras las manos se escurren avariciosas hasta las ingles y por ellas arriban a la carnosidad de las vulvas.

Cada una conoce lo que quisiera experimentar en sí misma y pone a trabajar sus dedos con la esperanza de que la otra imite su proceder; como si escarbaran la más delicada de las superficies, recorren lentamente la base de la colina que supone la vulva y desde allí van ascendiendo hasta tropezar con el costurón de los labios mayores que, ya dilatados, no ofrecen resistencia al

paso de la yemas que escudriñan laboriosas en busca de los fruncidos colgajos interiores.

La excitación de descubrir la melosidad de las mucosas que los bañan, pone en sus mentes la promesa del más exquisito de los manjares y entonces las bocas se deslizan por la comba del vientre, resbalan por la depresión que precede al Monte de Venus, escalan este mismo y labios y lenguas se abocan a la tarea de lamer, besar y chupetear a lo largo de la rendija.

La que está fascinada con las nuevas sensaciones que experimenta es Carolina quien, a pesar de haber abrevado casi perentoriamente en ese mismo sexo minutos antes, ahora y descansando boca arriba, observa arrobada la belleza que sorpresivamente supone para ella una concha vista de esa manera y con una nueva perspectiva erótica; la delgadas pero sólidas piernas de la morocha, al estar abiertas en ese ángulo, exhiben en la parte interior del muslo los tensionados aductores que sobresalen como para indicar su unión, justo donde la vulva cobra mayor dimensión y esta misma constituye todo un espectáculo para su mente ya invadida por el mas vicioso de los deseos; el bulto parece rajarse al medio como hendido por un corte feroz cuya herida muestra bordes negruzco-sanguinolentos que se dilatan para dejar ver como desde el interior, pugnan los filos rugosamente plegados de los labios interiores.

Con índice y mayor vence la lábil resistencia y entonces sí, el interior se le ofrece como una cornucopia de promesas; los labios menores, ya henchidos de sangre y bañados por las abundantes exudaciones glandulares, se ven como una gloriosa puntilla de enrevesados meandros que, en la medida que bajan  se convierten en dos colgajos como lóbulos que parecieran querer proteger al próximo agujero vaginal y por arriba, convergen para formar el arrugado capuchón que trata de proteger vanamente la pujanza de clítoris que, blancuzca y puntiaguda como el pene de un gato, empuja la traslúcida membrana que lo ciega. Pero lo que termina por obnubilar su entendimiento de gula es el óvalo que, nacarado como el interior del molusco que le da nombre vulgar, muestra una lisura extraordinaria y en cuya parte baja, muy cerca de la vagina, enseña el agujero de la uretra bordeado por infinidad de pequeños pellejitos.

Toda esa apreciación se produce en su mente en fracciones de segundo y entonces su atención se fija en la misma apertura del sexo; por haber hecho estudios de enfermería ginecológica, conoce anatómicamente cómo es una vagina y sabe que, lejos de como cree la gente, esa boca alienígena de borde mórbidos no es más que el comienzo del órgano y que los verdaderos esfínteres están más adentro después de un breve vestíbulo alrededor de los cuales se aloja la glándula de Bartolin que secreta mucosas lubricantes y odoríferas.

Ciertamente la teoría de las feromonas que exudan naturalmente las mujeres para atraer al sexo opuesto se veían confirmadas, porque las fragancias que emana Inés no sólo la incitan sino que la provocan. Con los ojos entrecerrados por la lujuria, se abraza a las nalgas y hace que la lengua tremolante se escurra entre los colgajos para recorrer indagatoria la pulida superficie y sabiendo cuanto le place a ella, escarcea repetidamente sobre la uretras hasta sentir la hiriente acidez de la orina y entonces son los labios quienes se aplican succionantes sobre el diminuto agujero urinario.

Como si algo mimético las uniera, la una parece actuar en consecuencia con la otra y de pronto encuentra que, sin proponérselo de intento, Inés esta ejecutando semejante acto en su uretra.

Ninguna de las dos cobra conciencia de ello, pero de sus gargantas surgen gemidos, ronquidos, hondas aspiraciones y mimosas quejas y así, al tiempo que restriegan sus cuerpos en una especie de denodada lid por la que de sus pieles empapadas de transpiración escapan sonoros chasquidos, las manos rodean a glúteos y muslos en tenaces abrazos en tanto que las bocas se afanan vertiginosas en mortificar, restregar, lamer, chupar y sorber las carnes deliciosamente inflamadas y que desprenden toda la pujanza sanguínea que se acumula en ellas.

Carolina jamás hubiera supuesto que hacerle una minetta a una mujer fuera algo tan delicioso; ahora comprende ese ansia casi obsesiva de los hombres y en tanto su boca se obstina en esa especie de masticación golosa a los tejidos, instintivamente lleva a índice y mayor de una mano a explorar la apertura vaginal para luego ir hundiéndose en ese túnel caliginoso.

El caldo tibio que baña las carnes la incita aun más, por lo que profundiza la penetración hasta que la mano misma le impide ir más allá y encorvando las falanges, inicia un lerdo rascado que, aun sin buscarlo, la lleva a tomar contacto con la protuberancia del Punto G, a esa altura ya en plenitud y que a sus insistentes roces, hace distraer la boca de Inés de su sexo para decirle que así es cómo lo quiere y que profundice aun más la cópula manual.

Agregando la presencia del anular, forma una cuña a la que imprime un vaivén que provoca en su amiga idéntica respuesta y así, ensambladas en una cópula recíproca, se prodigan durante unos minutos, hasta que es Inés quien se separa un momento de ella para estirarse hacia la mesita próxima al brazo del sillón y de un grupo de seis velones que la adornan, toma a los dos más grandes.

Habiéndolos comprado personalmente y tal vez porque forman parte de una tendencia estética, Carolina nunca se ha detenido a considerarlos de otra manera y recién relaciona su apariencia con algo fálico; verdaderamente, los dos cirios de más de veinte centímetros de largo, rectos y pulidos, de unos tres centímetros de grosor que recién en la punta se redondean para alojar en su vértice al pabilo, cobran súbitamente la vívida apariencia de un pene y al ver como Inés retorna con ellos en las manos, no puede evitar regodearse con la fantasía de sentirlo dentro suyo.

Entregándole uno mientras la guía para que recobren la posición invertida pero ahora de costado, Inés le dice que lo deje sobre el asiento y que recomiencen donde había quedado; acercando los cuerpos, las cabezas descansan sobre el muslo de la pierna encogida de abajo y alzan la otra aun más encogida para dar lugar a las bocas.

Tornando a recorrer todo su sexo con entusiastas chupeteos, lambidas y succiones, Inés consigue que la rubia la imite y en tanto se enfrascan en sonoros juegos bucales sobre las carnes empapadas de salivas y fluidos, los dedos encuentran lugar para hurgar en el agujero y perineo para luego ir introduciéndose a la vagina, en donde rascan con vehementes jugueteos.

De manera imperceptible, los cuerpos van acomodándose mejor y pronto forman un ensamble de formidable justeza, por el que bocas y manos son capaces de alcanzar cualquier rincón que se propongan; los dedos de una mano escarban reciamente sobre las espesas mucosas que cubren el canal vaginal al tiempo que los de la otra, rodeando las nalgas, se hunden en la hendidura para buscar tomar contacto con los esfínteres anales y las bocas que se dedican afanosamente a chupetear al clítoris y los colgajos, se distraen para prorrumpir en roncas exclamaciones por las que expresan su contento a la vez que alaban las naturales condiciones prostibularias de la otra.

Lentamente, los dedos superan el obstáculo de los esfínteres e índice y mayor se introducen profundamente en la tripa para dar inicio a una serie de mínimas sodomías que dejan traslucir el lascivo sadismo que las habita, toda vez que no se conforman con vaivenes copulatorios sino que se engarfían para rascar con el filo de sus uñas romas la mucosa natural que expele el intestino.

Es tal la consubstanciación física que semejan una monstruosa araña cuyos ocho miembros se sacuden y enredan como formando un solo ser que se agrede a sí mismo; es entonces que Inés toma el velón y tras apoyarlo sobre las carnes que sus dedos dilatan, empuja muy lentamente.

Ni el tamaño ni la forma de la cabeza significan para Carolina algo extraordinario, ya que ha soportado gozosamente vergas que superan en grosor al de la vela, pero es posiblemente la rígida consistencia que convierte a la penetración en algo único; es que Inés no la introduce en forma paralela sino que, tomando el borde como eje, le da un ángulo por el que la ovalada punta va raspando toda la cara anterior hasta ubicar la hinchazón de Punto G y una vez allí, presiona y roza duramente la callosidad en pequeños vaivenes que la hacen bramar de excitación.

Casi como en una vindicta, Carolina encuentra placer en reproducir el mismo acto en su vecina y a poco ambas se sacuden y restriegan fervorosamente mientras los dedos se hunden impiadosamente en los anos y al tiempo que las bocas se escarnecen sobre los sensibilísimos clítoris, reclaman y proclaman la necesidad de sus evacuaciones.

El sudor hace correr chirleras por las irritadas pieles y sus músculos se sacuden  y enredan en espasmódicas contracciones que encuentran su correlato en la saña con que ahora los consoladores penetran las vaginas hasta que los pabilos rozan la estrechez del cuello uterino; bramidos, ayes, sollozos, quejas y risas pueblan el cuarto conjuntamente con los sonoros chas-chas de las manos estrellándose en los empapados sexos hasta que casi al unísono, Inés y Carolina dejan escapar hondas exclamaciones de contento en una especie de canto póstumo de amor antes de caer enredadas una en la otra en la dulce pequeña muerte de sus orgasmos.

Su mano escarba reciamente sobre las espesas mucosas que cubren el canal vaginal al tiempo que los de la otra, rodeando las nalgas, se hunden en la hendidura para buscar tomar contacto con los esfínteres anales y las bocas que se dedican afanosamente a chupetear al clítoris y los colgajos, se distraen para prorrumpir en roncas exclamaciones por las que expresan su contento a la vez que alaban las naturales condiciones prostibularias de la otra.

Lentamente, los dedos superan el obstáculo de los esfínteres e índice y mayor se introducen profundamente en la tripa para dar inicio a una serie de mínimas sodomías que dejan traslucir el lascivo sadismo que las habita, toda vez que no se conforman con vaivenes copulatorios sino que se engarfían para rascar con el filo de sus uñas romas la mucosa natural que expele el intestino.

Es tal la consubstanciación física que semejan una monstruosa araña cuyos ocho miembros se sacuden y enredan como formando un solo ser que se agrede a sí mismo; es entonces que Inés toma el velón y tras apoyarlo sobre las carnes que sus dedos dilatan, empuja muy lentamente.

Ni el tamaño ni la forma de la cabeza significan para Carolina algo extraordinario, ya que ha soportado gozosamente vergas que superan en grosor al de la vela, pero es posiblemente la rígida consistencia que convierte a la penetración en algo único; es que Inés no la introduce en forma paralela sino que, tomando el borde como eje, le da un ángulo por el que la ovalada punta va raspando toda la cara anterior hasta ubicar la hinchazón de Punto G y una vez allí, presiona y roza duramente la callosidad en pequeños vaivenes que la hacen bramar de excitación.

Casi como en una vindicta, Carolina encuentra placer en reproducir el mismo acto en su vecina y a poco ambas se sacuden y restriegan fervorosamente mientras los dedos se hunden impiadosamente en los anos y al tiempo que las bocas se escarnecen sobre los sensibilísimos clítoris, reclaman y proclaman la necesidad de sus evacuaciones.

Ahora sí los rugidos de la otra muchacha se convierten en verdaderos gritos de placer y en tanto se aferra con los brazos tirados hacia atrás al respaldo del sillón, da a su pelvis una frenética proyección copulatoria al tiempo que proclama el próximo advenimiento de su orgasmo, hasta que, en medio del frenesí con que Caro la penetra rudamente por ambos orificios mientras añade al chupeteo fuertes tirones de los dientes al clítoris, una potente explosión se produce en sus entrañas y en medio de fuertes contracciones uterinas, derrama su líquido alivio entre los dedos de Caro quien, dejando a los dedos el sometimiento del órgano, desciende con la boca a recibir esos fluidos que se le antojan maravillosos.

La una por la descarga del orgasmo y la otra por la fatiga que le supusiera aquella violenta cópula, las dos permanecen desmayadamente en su lugar, Inés descansando recostada en el respaldo y Carolina sentada en el suelo con la cabeza aun apoyada sobre el muslo de su amiga.

Progresivamente van saliendo de ese estupor amodorrado y cuando Inés deja que una de sus manos acaricie tiernamente la melena dorada, Caro reacciona y retrepando como una gata por el vientre y los pechos de su amiga, llega a la altura de la cara para depositar el más amoroso beso de que tuviera memoria.

Los labios de la estupenda morocha se contraponen a los de la deliciosa rubia, resecos por las emanaciones afiebradas de su pecho los de la una y cubiertos de saliva y flujo los de la otra; delicadamente, Caro hace que el suave interior de los suyos envuelva primero en labio inferior de Inés para luego hacer lo mismo con el superior.

Sintiendo en su boca el añorado sabor de sus mucosas vaginales, la muchacha procede recíprocamente y los labios se unen y separan en tiernos acoples que las lenguas se encargan de lubricar con la espesura de las salivas y así, aferradas suavemente por las nucas, se dejan estar en una prolongada sesión de besos y lengüetazos que paulatinamente las vuelve a enardecer.

Musitándole que vuelvan a hacerlo pero esta vez juntas, Inés la despoja de la remera que los restregones han subido por encima de la cabeza, realizándole hábilmente una torzada al largo y lacio cabello para formar un rodete en la nuca que no las moleste y tras hacerlo con su mismo cabello castaño al que la planchita le ha otorgado tanta lisura como al de su amiga, la ayuda a acomodarse para que queden enfrentadas de lado sobre el asiento pero invertidas.

En esa posición, estrechan sus cuerpos suavemente mientras bocas y lenguas vuelven a buscarse con golosa delectación, al tiempo que las manos se deslizan acariciantes sobre la pieles transpiradas. Ya no hay barrera física que las separe y la temperatura ambiente es largamente superada por la que emanan sus cuerpos excitados y de a poco, los dedos ya no deambulan al azar sino que buscan zonas específicas para hurgar en esas oquedades que normalmente están vinculadas con la sensorialidad y el placer.

Finalmente, es la incontinencia de Inés la que predomina y, mientras se dedica a sobar concienzudamente a un seno, va recorriendo con su boca el cuello y la planicie ruborosa del pecho para luego sumarse a los dedos con labios y lengua. Carolina sabe que aquello es el inicio de un clásico sesenta y nueve, pero como nunca lo ha realizado con otra mujer, deja a su vecina tomar la iniciativa, acto que aquella emprende al ir recostándola para que quede boca arriba y entonces, ahorcajándose sobre ella, dedica ambas manos a ceñir y manosear la masa oscilantes de los senos, mientras su boca va recorriéndolos primero con la agudeza de la lengua serpenteante para que luego los labios se apliquen a enjugar mimosamente la saliva, rematando cada recorrido con ardorosos chupones que colocan rojizas escarapelas en la delicada piel de la rubia.

Si bien eso no difiere en mucho a lo que realiza desde sus primeras relaciones sexuales, el hecho de que sea una mujer quien se lo está haciendo, le otorga al trabajo de dedos, labios y lengua una característica especial que hace mucho más excitante y dulce el contacto; viendo las macizas peras no demasiado grandes pero si poderosamente atractivas por su pendular y el aspecto desconocido para ella de unas aureolas totalmente pulidas que abultan en el vértice como otro pequeño seno al quepreside un largo y grueso pezón Carolina no puede evitar la tentación e imitando a su nueva amante, soba suavemente la sólida musculatura al tiempo que lengua y labios realizan similar cometido sobre los senos.

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Tal vez a causa del aspecto gelatinoso que adquieren los pechos de Caro al achatarse por su propio peso o las chatas aureolas rosadas propias de las rubias auténticas pobladas por un sinnúmero de diminutas excrecencias y los puntiagudos pezones que se yerguen erectos, Inés se ve desbordada por el deseo y en tanto incrementa el accionar de los dedos en un vigoroso estrujar, se dedica a fustigar las anfractuosidades sebáceas que luego encierra entre los labios en ceñidos chupones que incrementan más aun el tono subidamente rosado de las aureolas.

La que está fascinada con las nuevas sensaciones que experimenta es Carolina quien, a pesar de haber abrevado casi perentoriamente en ese mismo sexo minutos antes, ahora y descansando boca arriba, observa arrobada la belleza que sorpresivamente supone para ella una concha vista de esa manera y con una nueva perspectiva erótica; la delgadas pero sólidas piernas de la morocha, al estar abiertas en ese ángulo, exhiben en la parte interior del muslo los tensionados aductores que sobresalen como para indicar su unión, justo donde la vulva cobra mayor dimensión y esta misma constituye todo un espectáculo para su mente ya invadida por el mas vicioso de los deseos; el bulto parece rajarse al medio como hendido por un corte feroz cuya herida muestra bordes negruzco-sanguinolentos que se dilatan para dejar ver como desde el interior, pugnan los filos rugosamente plegados de los labios interiores.

Con índice y mayor vence la lábil resistencia y entonces sí, el interior se le ofrece como una cornucopia de promesas; los labios menores, ya henchidos de sangre y bañados por las abundantes exudaciones glandulares, se ven como una gloriosa puntilla de enrevesados meandros que, en la medida que bajan se convierten en dos colgajos como lóbulos que parecieran querer proteger al próximo agujero vaginal y por arriba, convergen para formar el arrugado capuchón que trata de proteger vanamente la pujanza de clítoris que, blancuzca y puntiaguda como el pene de un gato, empuja la traslúcida membrana que lo ciega. Pero lo que termina por obnubilar su entendimiento de gula es el óvalo que, nacarado como el interior del molusco que le da nombre vulgar, muestra una lisura extraordinaria y en cuya parte baja, muy cerca de la vagina, enseña el agujero de la uretra bordeado por infinidad de pequeños pellejitos.


Historia enviada por Lisandro.

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